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Fª de la Naturaleza

CARTA ENCICLICA
LAUDATO SI
DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
SOBRE EL CUIDADO DE LA COMÚN

Resumen del capítulo cuarto: Una ecología integral

El Papa Francisco toma la invocación de San Francisco de Asís “Laudato


si, mi Signore” del Cántico de las creaturas para comenzar su encíclica,
tomando así su nombre. En ella reflexiona sobre la situación del planeta, que él
llama casa común, de los factores que afectan a esta degradación que se está
produciendo, ofreciendo algunas reflexiones y posibles soluciones, y sobre
todo, de qué clase de mundo queremos dejar a los que nos suceden, a las
generaciones futuras.
En el capítulo cuarto, titulado Una ecología integral, que es el que nos
ocupa, la propuesta que realiza el Santo Padre es la de una “ecología integral,
que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales”, y que para el
Papa Francisco se encuentran directamente relacionadas con la situación
ambiental.
I. Ecología ambiental, económica y social.
En las relaciones entre los organismos vivientes y el ambiente en el que se
desarrollan, todo está relacionado, y los distintos sistemas se influyen
recíprocamente, ya sean de carácter biológico, social, económico o cultural. Por
eso, una visión parcial y fragmentaria de la realidad sería incorrecta.
Hablar de “medio ambiente” implica hablar de la relación entre la
naturaleza y la sociedad que la habita. De esta relación surge la necesidad de
una visión integral, con respecto al problema de la contaminación
medioambiental, que analice las interacciones de los sistemas naturales entre sí
como con los sistemas sociales. “No hay dos crisis separadas, una ambiental y
otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental”.
El papel de los investigadores se vuelve fundamental, no sólo para
conocer el uso racional que se puede hacer de los ecosistemas, sino también el
valor que poseen en sí mismos. “Así como cada organismo es bueno y
admirable en sí mismo por ser una criatura de Dios, lo mismo ocurre con el
conjunto armonioso de organismos en un espacio determinado, funcionando

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como sistema”. Cobra vital importancia que las personas tomen conciencia de la
realidad que “nos ha sido previamente regalada” y que es anterior a nuestra
propia existencia. El “uso sostenible” incorpora la capacidad de regeneración de
cada ecosistema.
Otro aspecto a tener en cuenta en la ecología es el económico, pues el
medio ambiente debe de ser tenido en cuenta dentro del proceso de desarrollo.
Se hace necesario un humanismo, con una mirada integral e integradora, que
convoque a los distintos saberes.
Una ecología de las instituciones también debe de ser incorporada a esta
perspectiva integral. “Si todo está relacionado, también la salud de las
instituciones de una sociedad tiene consecuencias en el ambiente y en la calidad
de vida humana: “Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo
produce daños ambientales””. Todo aspecto que dañe las instituciones que
regulan las relaciones humanas tendrá efectos nocivos, como la pérdida de
libertad, la injusticia y la violencia. Si continuamente se están produciendo
violaciones de las leyes por parte del propio Estado, no es de extrañar que la
legislación en materia de medio ambiente sea ineficaz.
II. Ecología cultural.
La ecología supone el cuidado de las riquezas de la humanidad, teniendo
en cuenta no sólo el patrimonio natural, sino también el histórico, el artístico y
el cultural. De esta forma se hace necesaria una dialéctica entre el lenguaje
científico-técnico con el lenguaje popular.
Tratar de homogeneizar las distintas culturas con normativas uniformes y
esquemas globales es un error, pues los problemas medioambientales requieren
de la participación activa de los habitantes que forman la cultura local, y no ser
impuestos desde afuera. “Hace falta incorporar la perspectiva de los derechos
de los pueblos y las culturas, y así entender que el desarrollo de un grupo social
supone un proceso histórico dentro de un contexto cultural y requiere del
continuado protagonismo de los actores sociales locales desde su propia
cultura”.
La explotación y degradación del medio ambiente no sólo puede llevar a
la desaparición de una especie animal o vegetal, sino incluso, a lo que puede ser
mucho más grave, la desaparición de una cultura. Por eso las comunidades
aborígenes deben de ser tenidas en cuenta a la hora de avanzar en proyectos
que afecten a sus espacios. La tierra, para estas comunidades, “no es un bien
económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un
espacio sagrado”. A pesar de que son quienes mejor cuidan de sus propias
tierras, se les presiona para que las abandonen, con el fin de realizar proyectos
que no preservan ni el espacio natural ni el cultural.

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III. Ecología de la vida cotidiana.
El auténtico desarrollo debe de llevar implícito el análisis del espacio
donde trascurre la existencia de las personas, ya que las personas usan el
ambiente donde se desenvuelven para expresar su propia identidad. Las
situaciones de pobreza y precariedad, o de dificultad, no deben de llevar
aparejada una vida caótica o desordenada. La ecología humana que pueden
desarrollar los pobres en medio de sus limitaciones puede “derramar luz sobre
un ambiente aparentemente desfavorable”. Así, “cualquier lugar deja de ser un
infierno y se convierte en el contexto de una vida digna”, favoreciendo los lazos
de pertenencia y de convivencia que superan las barreras del egoísmo.
La encíclica propone que en el diseño urbano se tenga en cuenta “la
calidad de vida de las personas, su adaptación al ambiente, al encuentro y la
ayuda mutua”, no sólo la belleza estética, y acrecentar así, nuestro sentimiento
de “estar en casa”. Como consecuencia es necesario preservar algunos lugares,
tanto en el ambiente urbano como en el rural, de modificaciones constantes.
Otra cuestión primordial de la ecología humana es el acceso a una
vivienda digna. La posesión de una vivienda en propiedad está directamente
relacionada con la dignidad de las personas y con el desarrollo de las familias.
El transporte y el acceso a los servicios es otra de las claves para alcanzar una
calidad de vida aceptable.
“La ecología humana implica también algo muy hondo: la necesaria
relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia
naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno”. Benedicto XVI
nos habla de una “ecología del hombre”, por la que no se puede disponer del
propio cuerpo a nuestro antojo, pues es un don de Dios. Actuar contra la propia
naturaleza es un intento muy sutil de dominio sobre la creación.
IV. El principio del bien común.
La noción de bien común, que va estrechamente unido a la ecología
integral, es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posibles a las
asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la
propia perfección”.
La sociedad, y en particular el Estado, tienen la obligación de defender y
promover el bien común, respetando a la persona humana, el bienestar social, el
desarrollo de los diversos grupos intermedios y la paz. En medio de un mundo
de desigualdades y de una sociedad del descarte, el bien común nos invita a “la
solidaridad y a una opción preferencial por los más pobres”, convirtiéndose en
“una exigencia ética fundamental”.
V. Justicia entre las generaciones.

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La referencia a las generaciones futuras forma parte intrínseca del bien
común, por lo tanto, “no puede hablarse de desarrollo sostenible sin una
solidaridad intergeneracional”. En el momento en que pensamos la tierra como
don, no nos sirven los criterios utilitaristas de eficiencia y productividad, sino
que se trata de una cuestión de justicia para con “los que vendrán”. Cuando
pensamos en el mundo que queremos dejar a las generaciones futuras no sólo
nos referimos al ambiente sino a su orientación general, su sentido, sus valores.
Una reflexión profunda nos lleva a plantearnos que “está en juego nuestra
propia dignidad” y cuál es el sentido de nuestro paso por esta tierra.
El estilo de vida actual es insostenible y previsiblemente catastrófico, por
eso ahora es el momento de evitarlo, antes de que sea demasiado tarde.
Entonces, si todos tenemos una responsabilidad frente a la situación actual,
¿por qué no se toma en serio este desafío? La respuesta del Papa Francisco es
que acompañando al deterioro ecológico se ha producido un deterioro ético y
cultural. El estilo de vida posmoderno afecta a las relaciones tanto sociales
como familiares, fomenta el individualismo y el egoísmo, donde el otro
prácticamente no se reconoce. La actitud de los padres, de consumo inmediato
y excesivo, afecta a los hijos, creando impedimentos a la hora de adquirir una
casa o de formar una familia. No sólo nos encontramos con una incapacidad de
pensar en las generaciones futuras, sino también en las contemporáneas. No
sólo en los pobres del futuro sino también en los de hoy, en los que nos rodean.
Por eso, “además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la
urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional”.