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Del derecho humano a un medio ambiente sano al

reconocimiento de los derechos de la naturaleza

Susana Borràs Pentinat

Sumario: I. Introducción: sobre la destrucción del ambiente y la violación de


los derechos humanos.—II. Humanizar el ambiente. II.1. La configuración ju-
rídica del derecho al medio ambiente. II.1.1. Ámbito internacional de recono-
cimiento. II.1.2. Ámbito regional de reconocimiento. II.1.3. Ámbito nacional
de reconocimiento. II.2. Principales obstáculos para el reconocimiento del de-
recho humano al medio ambiente.—III. Naturalizar al ser humano. III.1. Los
cimientos de la protección de los derechos de la naturaleza. III.2. El recono-
cimiento legal y constitucional de los derechos de la naturaleza. III.3. Hacien-
do realidad los derechos de la naturaleza.—IV.Conclusiones.—V. Referencias
bibliográficas.

I. Introducción: sobre la destrucción del ambiente y la violación de los


derechos humanos

El modelo de desarrollo imperante se ha caracterizado por la explotación intensiva


de los recursos naturales demandando de éstos una máxima rentabilidad a corto
plazo minimizando las consecuencias ecológicas del deterioro ambiental y la pérdida
gradual de los recursos naturales. El resultado ha sido la generación de problemas
ambientales que condicionan el bienestar del ser humano: el cambio climático produ-
cido por calentamiento global por las emisiones de gases de efecto invernadero; la
contaminación del agua, el suelo y el aire por el deterioro de su calidad original debido
a la adición de sustancias y/o acciones de origen antropogénico; la deforestación y
pérdida de la biodiversidad por la demanda de terrenos de cultivo, la ganadería inten-
siva, los incendios y la contaminación; y la pérdida de la capa de ozono por la produc-
ción y uso de cloroflurocarbonos, halones y otros gases utilizados como refrigerantes,
son solo algunas de las consecuencias de la interferencia antropogénica sobre el sis-
tema natural.
Los problemas generados han sido en cierto modo por la concepción misma del
modelo de desarrollo. El concepto de desarrollo es aún equívoco. Según el contexto
donde se utilice puede significar aumento, progreso, adelanto, mejora, crecimiento,
desarrollo, incremento, ampliación, bienestar, prosperidad, riqueza, perfecciona-
miento, avance, auge... en todo caso, el desarrollo experimentado a lo largo de estos
años se ha centrado en el incremento económico e irracional basado en la sobreex-
plotación de los recursos, que no solo tienen implicaciones ambientales, sino también

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genera desigualdades económicas y sociales, acrecentando la brecha entre países de-


sarrollados y países menos desarrollados, alimentando las bolsas de pobreza.
Otro problema ha sido la perspectiva tradicional antropocéntrica sobre la que se
ha protegido el medio ambiente: la indefinición de «medio ambiente» o «ambiente»
ha trascendido jurídicamente en el reconocimiento de derechos apropiación y explota-
ción sobre lo que «nos rodea» y si bien la mayoría de los Estados del mundo han pro-
mulgado leyes encaminadas a reducir este derecho de intervención humana, el resul-
tado final han sido normas que tienden a limitar el daño sobre el medio ambiente,
como la contaminación atmosférica y del agua, reglamentar las sustancias tóxicas y
preservar los recursos naturales, entre otros objetivos, asumiendo así cierto grado de
permisividad o normalidad en la degradación ambiental como propia de la actividad
humana.
El impacto económico, social y ambiental es especialmente preocupante ya que
afecta a las libertades fundamentales y los derechos humanos, entre ellos los dere-
chos a la vida, la salud, la alimentación, el agua y el saneamiento. A todo ello, pese a la
creciente consideración del medio ambiente como un bien común de la humanidad, el
derecho a un medio ambiente sano, equilibrado y seguro no figura entre los derechos
humanos reconocidos por el Derecho internacional con carácter general (1). En reali-
dad, la función del Estado con respecto al medio ambiente no es la de procurarlo
—dado que las condiciones medioambientales adecuadas para la vida humana las pro-
porciona, a priori, la propia naturaleza— sino la de respetarlo, protegerlo y conservarlo.
En consecuencia, el objetivo del presente trabajo es analizar, mediante dos partes
diferenciadas, las diversas perspectivas desarrolladas jurídicamente para articular la
protección ambiental: una, la antropocéntrica, basada en el reconocimiento de un
«derecho humano al medio ambiente» y, la otra, la biocéntrica, con el reconomiento
de un deber que tiene la sociedad internacional de proteger el medio ambiente, espe-
cialmente, mediante el reconocimiento de los derechos de la naturaleza, que es
quién, en definitiva, brinda el sustento necesario para el desarrollo de la vida humana
en el Planeta.

II. Humanizar el ambiente

«1. El hombre es a la vez obra y artífice del medio ambiente que lo rodea, el
cual le da el sustento material y le brinda la oportunidad de desarrollarse inte-
lectual, moral social y espiritualmente. En la larga y tortuosa evolución de la raza
humana en este planeta se ha llegado a una etapa en que, gracias a la rápida
aceleración de la ciencia y la tecnología, el hombre ha adquirido el poder de
transformar, de innumerables maneras y en una escala sin precedentes, cuanto
lo rodea. Los dos aspectos del medio ambiente humano, el natural y el artificial,

(1) Vid. HERRERO DE LA FUENTE, A. A.; «La protección internacional del derecho a un medio ambiente
sano», en Blanc Altemir, A. (Ed.): La protección internacional de los Derechos Humanos a los cincuenta años
de la Declaración Universal, ed. Tecnos, Madrid, 2001, p. 93. También consultar a TORROJA MATEU, H., «El re-
conocimiento internacional del derecho al medio ambiente en el ámbito universal» en Declaración de Bizkaia
sobre el Derecho al Medio Ambiente, IVAP ed., Bilbao, 1999, pp. 408-409.

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son esenciales para el bienestar del hombre y para el goce de los derechos
humanos fundamentales, incluso el derecho a la vida misma.»

Principio 1 de la Declaración de Estocolmo; Acta final de la Conferencia de


las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, A/CONF.48/14/Rev. 1, de 16 de
junio de 1972.

«Humanizar el medio ambiente», así se titulaba un artículo períodístico que el pro-


fesor Demetrio Loperena Rota publicó con motivo de la reunión preparatoria a la Con-
ferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible, celebrada en Bali y en el
que resalta el debate sobre el incumplimiento de los acuerdos de Río de Janeiro de
hace 10 años por parte de los Estados y denunciaba a su vez la impunidad del detrioro
ambiental y su afectación a los derechos más fundamentales de las personas (2).
En efecto, el medio ambiente sano es inherente a la dignidad de toda persona y
está necesariamente vinculado a la garantía de otros derechos humanos, incluido, en
especial, al derecho a la vida y al desarrollo humano. La indivisibilidad e interdepen-
dencia que ejerce el el medio ambiente sobre el resto de derechos humanos es no-
toria: refuerza y extiende el significado de derechos ya garantizados o derechos, que
como el derecho al medio ambiente, están en proceso de configuración, por ello que
sea necesario entenderlo como un derecho también. Por ejemplo, el derecho al me-
dio ambiente refuerza el contenido del derecho a la vida, es decir, como derecho a
una vida digna que se desenvuelva en unas condiciones ambientalmente aptas, salu-
dables para propiciar el desarrollo humano. Respecto al derecho al desarrollo debe
entenderse como el derecho a un desarrollo sostenible, es decir, el progreso unido a
un medio ambiente sano y equilibrado (3). Asimismo, parece innegable que el dere-
cho a un medio ambiente sano equilibrado y seguro forma parte, sin duda, de ese
derecho a vivir. No es de estrañar, que desde muy temprano, la Asamblea General,
en la Resolución de 1968, por la que decidió convocar la Conferencia de Estocolmo
(Resolución 2398 (XXIII)), señalara, en el preámbulo, su preocupación por los efectos
de «la deterioración constante y acelerada de la calidad del medio humano... en la
condición del hombre, su bienestar físico, mental y social, su dignidad y su disfrute
de los derechos humanos básicos, tanto en los países en desarrollo como en los de-
sarrollados».
El hecho que exista esta interdependencia entre el derecho al medio ambiente y
otros derechos fundamentales ha dividido la doctrina, en el sentido que unos entien-
den que el derecho al medio ambiente refuerza el contenido de otros derechos y lo
que debe hacerse es integrar los aspectos ambientales en la definición de los demás
derechos humanos; mientras que otra doctrina, sustenta la necesidad de reconocer
un derecho al medio ambiente indivisible y sustantivo, por ser el reflejo de una de-
manda social presente de vivir en un ambiente digno y adecuado ecológicamente,
donde la persona pueda desarrollarse en armonía con la naturaleza.
El principio de indivisibilidad e interdependencia se halla contenido en la Declara-
ción Universal de Derechos Humanos de 1948, cuando en su Preámbulo proclama

(2) Publicado en El País, el 10 de junio de 2002, disponible en línea en: http://elpais.com/diario/2002/06/10/


sociedad/1023660006_850215.html.
(3) En este sentido, vid. ORAA, J., GÓMEZ ISA, F., La Declaración Universal de los Derechos Humanos. Un
breve comentario en su 50 aniversario, Universidad de Deusto, Bilbao, 1997, p. 54.

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el vínculo existente entre el progreso social y los derechos humanos, al manifes-


tarse en su párrafo 5.º que: «(...) los pueblos de las Naciones Unidas (...) se han de-
clarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de
un concepto más amplio de libertad». Mediante la concepción amplia de libertad es-
tablecida en la Declaración se entiende que debe incluirse las condiciones de vida
de las personas, es decir, debe darse un desarrollo económico y social para el ade-
cuado disfrute de los derechos humanos (4). Siguiendo con esta argumentación, el
artículo 22 de la Declaración caracteriza a los derechos económicos, sociales y cul-
turales como indispensables para la dignidad de la persona y el desarrollo de su pro-
pia personalidad. Asimismo, el artículo 28 de la Declaración constituye la base jurí-
dica de los derechos de tercera generación en tanto que declara que «Toda persona
tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en los que los de-
rechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente
efectivos» (5). Por lo tanto, los derechos de tercera generación, como son el dere-
cho a la paz, a la calidad de vida, al desarrollo, a la autodeterminación de los pue-
blos, a la propiedad del patrimonio común de la humanidad, al medio ambiente ade-
cuado..., son derechos que comparten todos los Estados y la comunidad
internacional en su conjunto, por representar valores e intereses comunes de toda
la humanidad y por mejorar la definición de los derechos humanos ya garantizados,
pasando de la esfera individual de derechos a la colectiva (6), y de la protección pre-
sente a la futura, con un marcado carácter preventivo y no reactivo. Es decir, estos
derechos de tercera generación aportan no sólo la libertad y la igualdad de los seres
humanos, sino también la solidaridad generacional e intergeneracional. Por lo tanto,
además de la interdependencia, los derechos de tercera generación también se ca-
racterizan por la solidaridad, como principio jurídico que genera obligaciones comu-
nes, generacionales e intergeneracionales y, consecuentemente, genera responsa-
bilidades compartidas (7).

(4) Ibid., p. 54.


(5) Ibid., p. 68.
(6) La indivisibilidad e interdependencia de los derechos humanos ha sido reconocida por la Asamblea Gene-
ral de Naciones Unidas en numerosas ocasiones, por ejemplo, la Declaración de Teherán de 1968 (Acta Final
de la Conferencia Internacional sobre Derechos Humanos, Teherán, 22 de abril a 13 de mayo de 1968, A/ Conf.
32/41); la Declaración sobre el Derecho al Desarrollo de 1986 (Res. AGNU 41/128, de 4 de diciembre de 1986);
y la Declaración y Programa de acción de Viena de 1993 (Documento Final de la Conferencia Mundial de De-
rechos Humanos, Viena, 14 a 25 de junio de 1993, A/CONF. 157/23).
(7) Vid. DE LUCAS, J., «El principio de solidaridad como fundamento del derecho al medio ambiente», Revista
de Derecho Ambiental, n.º 12, 1994, p. 64. Esta responsabilidad compartida debe matizarse en el sentido de
que no es la misma para todos. Vid. Declaración de Río de Janeiro (A/CONF. 151/26/Rev. 1, vol. 1), Principio 7,
«Los estados deberán cooperar con espíritu de solidaridad mundial para conservar, proteger y restablecer la
salud y la integridad del ecosistema de la Tierra. En vista de que han contribuido en distinta medida a la degra-
dación del medio ambiente mundial, los Estados tienen responsabilidades comunes pero diferenciadas. Los
países desarrollados reconocen la responsabilidad que les cabe en la búsqueda internacional del desarrollo
sostenible, en vista de las presiones que sus sociedades ejercen en el ambiente mundial y de las tecnologías
y recursos financieros de que disponen». De forma similar se refiere el Principio 27, según el cual: «Los Esta-
dos y los Pueblos deberán cooperar de buena fe y con espíritu de solidaridad en la aplicación de los principios
consagrados en esta Declaración y en el ulterior desarrollo del Derecho internacional en la esfera del desarrollo
sostenible».

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II.1. La configuración jurídica del derecho al medio ambiente

La existencia de una creciente preocupación social sobre el estado del medio am-
biente y las alarmas científicas preconizando las graves consecuencias del desarrollo
económico sin límites, requirió la necesidad de establecer una protección del medio
ambiente a través de la adopción de instrumentos jurídicos tanto internacionales,
como regionales y nacionales.
Sin embargo, la positivización de un derecho universal a un medio ambiente ade-
cuado tropieza con una serie de obstáculos que han dado lugar a que un sector de la
doctrina niegue su existencia. La tradicional noción de soberanía de los Estados, la falta
de instrumentos jurídicamente vinculantes y la justiciabilidad de este derecho debido a
la indeterminación jurídica del objeto protegido y de la legitimación de los titulares del
mismo, así como por la ausencia de medios efectivos para su defensa y realización han
representado los principales obstáculos. No obstante, esto no ha impedido que se de-
clare la protección del medio ambiente como parte del contenido de un nuevo derecho
humano en diferentes instrumentos internacionales. Si bien es verdad que actualmente
no existe un instrumento internacional, jurídicamente vinculante, que declare el derecho
humano al medio ambiente, sí existe un consenso generalizado de la necesidad de pro-
teger el medio ambiente para la realización de los demás derechos fundamentales.

II.1.1. ÁMBITO INTERNACIONAL DE RECONOCIMIENTO

La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, si bien es un documento


que no se refiriere explícitamente al medio ambiente, es conveniente recordar que en-
contramos una primera base jurídica sobre la que se podría asentar el derecho al medio
ambiente adecuado, cuando se dice, en su artículo 25, que «toda persona tiene el dere-
cho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bien-
estar...». Posteriormente, el Pacto de Derechos civiles y políticos y el Pacto Internacio-
nal de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 siguen haciendo referencia
indirecta al derecho humano a un medio ambiente saludable, con relación al derecho a
la vida que, como apostilla el artículo 6 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Po-
líticos, mediante disposiciones expresas a la necesidad de mejorar el medio ambiente
como uno de los requisitos para el adecuado desarrollo de la persona (8). A este res-
pecto, el Comité de Derechos Humanos ha afirmado: «La expresión “el derecho a la
vida es inherente a la persona humana” no puede entenderse de manera restrictiva (...)
la protección de este derecho exige que los Estados adopten medidas positivas. A este
respecto, el Comité considera que sería oportuno que los Estados parte tomaran todas
las medidas posibles para disminuir la mortalidad infantil y aumentar la esperanza de
vida, en especial adoptando medidas para eliminar la malnutrición y las epidemias» (9).

(8) Por ejemplo, el artículo 11 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, cuando
reconoce el derecho de todas las personas a un adecuado nivel de vida y a una mejora continua de las condi-
ciones de vida; o el artículo 6 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, cuando se hace referen-
cia al derecho universal a la vida.
(9) Observación General n.º 6 del Comité de Derechos humanos sobre el Derecho a la vida (artículo 6) de
30.04.1982, 16.º período de sesiones, pfo. 5.

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En este sentido también se postula el profesor Loperena cuando dice que «el medio
ambiente adecuado no es un fruto del desarrollo social sino un prius para su existencia
(…). El medio ambiente adecuado precede lógicamente al propio Derecho: sin medio
ambiente adecuado no hay hombre, ni sociedad, ni Derecho» (10)
La primera vez que se produce un reconocimiento expreso del derecho al medio
ambiente se produce en la Declaración de Naciones Unidas sobre el Medio Humano,
de Estocolmo de 1972 (11), la cual establece, en su Principio I, que la persona tiene el
derecho fundamental a la libertad, la igualdad y el disfrute de «condiciones de vida sa-
tisfactorias en un medio ambiente cuya calidad le permita vivir con dignidad y bienes-
tar», y tiene la solemne obligación, como contrapartida a este derecho, «... de prote-
ger y mejorar el medio ambiente para las generaciones presentes y futuras». Este
principio manifiesta que además de los derechos de primera y de segunda genera-
ción, el hombre tiene el «derecho fundamental» a disfrutar de unas condiciones de
vida adecuadas en un medio de calidad tal que le permita llevar una vida digna y gozar
de bienestar, es decir, que le permita desarrollar los derechos de las generaciones fu-
turas. Esta idea ya se manifiesta en el Preámbulo de la Declaración, en los párrafos 1
y 2, al establecer que «los dos aspectos del medio humano, natural y artificial, son
esenciales para el bienestar del hombre y para el goce de los derechos humanos fun-
damentales, incluso el derecho a la vida», añadiendo a continuación que «la protec-
ción y mejora del medio humano es una cuestión fundamental que afecta al bienestar
de los pueblos y al desarrollo económico del mundo entero, (...) y un deber de todos
los gobiernos». A pesar de este reconocimiento expreso en un documento internacio-
nal, la Declaración no prevé los mecanismos de control necesarios para hacerlos efec-
tivos y además, se trata de un documento sin fuerza jurídica vinculante.
Diez años más tarde de la celebración de la Conferencia de Estocolmo, la Asam-
blea General de Naciones Unidas proclama la Carta Mundial de la Naturaleza (1982) (12),
donde se establece que «la Humanidad es una parte de la naturaleza y la vida depende
del funcionamiento ininterrumpido de los sistemas naturales que aseguran el suminis-
tro de energía y nutrientes» y estipula una serie de principios a tener en cuenta por el
hombre en su modo de proceder con respecto al medio ambiente. En este sentido, el
artículo 24 establece el deber de cada persona de actuar de acuerdo con las provisio-
nes de la Carta y de asegurar que los objetivos establecidos en la Carta.
En la reunión mundial de Asociaciones de Derecho ambiental celebrada en Limo-
ges entre el 13 y el 15 de noviembre de 1990 se aprobó una declaración en la que se
establece que «La Conferencia recomienda que el derecho del hombre al medio am-
biente debe ser reconocido en el ámbito nacional e internacional de una manera explí-
cita y clara y los Estados tiene el deber de garantizarlo» (13). En términos parecidos se
expresa el artículo 1 del Proyecto de Carta sobre derechos y obligaciones ambientales

(10) LOPERENA ROTA, Demetrio, «Los derechos al medio ambiente adecuado y a su protección», Revista
electrónica de Derecho Ambiental, n.º 3, 1999.
(11) Vid. Declaration on the Human Environment, Report of the United Nations Conference on the Human En-
vironment, New York, 1973, UN. Doc. A/CONF. 48/14/Rev. 1, adoptada mediante Res. AGNU 2997 (XXVII) de
1972.
(12) AGNU. Res. 37/7, de 28 de octubre de 1982.
(13) La Declaración de Limoges está publicada por el Centro Internacional de Derecho Comparado del Medio
Ambiente de la Universidad de Limoges, en 1990.

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de los individuos, grupos y organizaciones, adoptada en Ginebra en 1991 y que esta-


blece lo siguiente: «All the human beings have the fundamental right to an environ-
ment adequate for their health and well being and the responsability to protect the
environment for the benefit of present and future generations» (14).
Posteriormente, la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de
la ONU proponía como principio jurídico: «Todos los seres humanos tienen el derecho
fundamental a un medio ambiente adecuado para su salud y bienestar» (15). La Decla-
ración de Río de Janeiro sobre el medio ambiente y el desarrollo de 1992 (16) conso-
lidó esta evolución al señalar en el Principio primero que todos los seres humanos
constituyen el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible
y que tienen derecho a una vida saludable y productiva en armonía con la natura-
leza (17). Sin embargo, este Principio de la Declaración de Río pierde rotundidad en re-
lación con lo establecido en la Declaración de Estocolmo, y al igual que sucede con la
Declaración de Estocolmo no se prevén los medios precisos para hacer efectivos los
principios de la Declaración. A pesar de estas carencias, tanto la Declaración de Esto-
colmo como la de Río suponen un paso muy importante en el proceso de reconoci-
miento de los problemas ambientales y en el desarrollo de la legislación ambiental in-
ternacional. Tampoco en las conferencias posteriores sobre el desarrollo sostenible,
en Johannesburgo en 2002 y en Río de Janeiro en 2012, se logró proclamar el dere-
cho a un medio ambiente saludable.
Un año después, en 1993, se celebra en Viena la Conferencia Mundial de Dere-
chos Humanos. En esta Conferencia se adoptaron una Declaración y un Programa de
Acción (18), que aunque no se pronuncien expresamente sobre un derecho humano al
medio ambiente, vincula el derecho fundamental al desarrollo con el medio ambiente
(párrafo 11) y reconoce que el vertido ilícito de determinadas sustancias puede atentar
contra los derechos a la vida y a la salud (19).

(14) La propuesta del Proyecto de Carta fue presentada al Comité Preparatorio de la Conferencia de Bergen
durante la reunión celebrada en Ginebra del 5 al 9 de marzo de 1990, pero no fue aceptada. Se adaptó pos-
teriormente por las organizaciones no gubernamentales como apéndice a la resolución que presentaron a la
Conferencia de Bergen de mayo de 1990. Vid. DÊJEANT-PONS, M., PALLEMAERTS, M., Human Rights and
the Environment, editions du Conseil de l'Europe, 2002, pp. 248-249.
(15) Doc. UNEP/GC/14/13, de 14 de abril de 1987, Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente
y el Desarrollo. En 1990, en su resolución 45/94, la Asamblea General aprobó una versión más suave de esta
formulación: «[T]oda persona tiene derecho a vivir en un medio ambiente adecuado para su salud y su bienes-
tar».
(16) Vid. Declaration on Environment and Development, Report of the UN Conference on Environment and
Development, New York, 1992, UN. Doc. A/CONF.151/26/Rev.1.
(17) Vid. LOPERENA ROTA, Demetrio, «Balance de la Conferencia de Río sobre medio ambiente y desarrollo»,
en Revista Vasca de Administración Pública, n. 35, 1993.
(18) Vid. UN Doc. A/Conf.157/24, 1993, en 32 I.L.M. 1661 (1993).
(19) Específicamente se establece lo siguiente: «El derecho al desarrollo debe realizarse de manera que satis-
faga equitativamente las necesidades en materia de desarrollo y medio ambiente de las generaciones actuales
y futuras. La Conferencia Mundial de Derechos Humanos reconoce que el vertimiento ilícito de sustancias y
desechos tóxicos y peligrosos puede constituir una amenaza grave para el derecho de todos a la vida y a la sa-
lud. Por consiguiente, la Conferencia Mundial de derechos humanos hace un llamamiento a todos los Estados
para que aprueben y apliquen rigurosamente las convenciones existentes en la materia de vertimiento de pro-
ductos y desechos tóxicos y peligrosos y cooperen en la prevención del vertimiento ilícito».

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Paralelamente a estos avances del reconocimiento del derecho humano al medio


ambiente, en el ámbito del Consejo Económico y Social (ECOSOC) de las Naciones
Unidas, la Subcomisión sobre Prevención de Discriminación y Protección de Minorías,
dependiente de la Comisión de Derechos Humanos, ha llevado a cabo importantes
trabajos sobre los efectos nocivos para el goce de los derechos humanos del traslado
y vertimiento ilícitos de productos y desechos tóxicos y peligrosos, así como sobre el
tema de los derechos humanos y medio ambiente, a través de la labor realizada por la
Relatora Especial Mme. Zhora Fatma Ksentini. Los trabajos de Mme. Ksentini, en rela-
ción con esta última cuestión, se remontan a 1989, año en que la mencionada Subco-
misión concluye que la información de la que disponían sobre derechos humanos y
medio ambiente, incluida la «Perspectiva Medioambiental para el Año 2000 y Des-
pués», justificaba la necesidad de un estudio sobre el medio ambiente y sus relacio-
nes con los derechos humanos (20). A raíz de los estudios realizados, en 1994 Mme.
Ksentini presenta un informe final (21), en el cual se ofrece una concepción de los de-
rechos humanos y del medio ambiente mucho más próxima al Principio I de la Decla-
ración de Estocolmo de 1972 que al Principio I de la Declaración de Río de 1992. Las
conclusiones de este Informe están basadas en el examen de las normas jurídicas na-
cionales e internacionales relativas a los derechos humanos y del Derecho internacio-
nal del medio ambiente (22). El informe entiende que los problemas ambientales y
sus soluciones no son cuestiones exclusivas de las sociedades industrializadas del
hemisferio norte sino que transcienden globalmente en su extensión y su impacto. La
conclusión fundamental de este informe es que se ha producido un cambio des del
Derecho ambiental hacia al derecho a un medio ambiente saludable y decente. Este
derecho forma parte del Derecho internacional existente y posee la capacidad de im-
plementación inmediata a través de los órganos dedicados a la protección de los de-
rechos humanos. De acuerdo con este informe, los elementos sustantivos del dere-
cho al medio ambiente incluyen el derecho al desarrollo, a la vida, y a la salud y
también posee aspectos procedimentales como la participación pública y el acceso a
las soluciones nacionales efectivas. Anexo a este informe aparece el borrador de la
Declaración de Principios sobre Derechos Humanos y Medio Ambiente, una visión de
conjunto de las consultas mantenidas con ONG’s entre 1990 y 1994, y un sumario de

(20) Vid. E/CN.4/Sub.2/1989/58 (Dec. 1989/108, de 31 de agosto).


(21) La Subcomisión encargó a Mme. Ksentini la elaboración de una metodología sobre este estudio. Dos
años después, Mme. Ksentini presenta un informe preliminar (E/CN.4/Sub.2/1991/8, de 2 de agosto de 1991).
En este informe se examinan las disposiciones de varios instrumentos internacionales y nacionales de dere-
chos humanos relativos al medio ambiente, su relación con otros derechos tales como los derechos de las co-
munidades indígenas y el derecho al desarrollo, las violaciones de derechos humanos y la degradación del me-
dio ambiente, los derechos ecológicos y la aplicación de procedimientos de protección ambiental. A petición
de la Subcomisión, Mme. Ksentini presenta dos informes, uno en 1992 (E/CN.4/Sub. 2/1992/7, de 2 de julio de
1992 y Add.1) y otro en 1993 (E/CN.4/Sub.2/1993/7, de 26 de julio de 1993). El informe final fue presentado en
1994 (E/CN.4/Sub.2/1994/9).
(22) En este sentido, también cabe destacar la labor desarrollada sobre el tema Derechos humanos y Medio
Ambiente en el seno de la Subcomisión de Prevención de Discriminaciones y Protección de las Minorías, que
culminó con el Proyecto de principios sobre los derechos humanos y el medio ambiente, anexo al Informe fi-
nal que la Relatora Especial, Sra. Fatma Zohra Zsentini, presentó en el 46.º período de sesiones de la Subco-
misión. En este texto, se afirma que «todas las personas tienen derecho a un medio ambiente seguro, sano
y ecológicamente racional. Este derecho y otros derechos humanos, entre los cuales los derechos civiles,
culturales, económicos, políticos y sociales, son universales, interdependientes e ndivisibles» (doc. E/CN.4/
Sub.2/1994/9, de 6 de julio de 1994, p. 72).

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la legislación nacional y de las prácticas recopiladas por la relatora especial, basado en


las contestaciones recibidas por 67 Gobiernos.
Este Proyecto de Principios sobre Medio Ambiente y Derechos Humanos consta de
un preámbulo y 5 partes. En la primera parte se proclama que todos los derechos hu-
manos, el medio ambiente, el desarrollo sostenible y la paz son interdependientes e in-
divisibles. En este texto se declara que todas las personas tienen el derecho a un am-
biente saludable que satisfaga equitativamente las necesidades de las generaciones
presentes y futuras y a no ser discriminados en las acciones y decisiones que afecten al
medio ambiente. En la segunda parte se contempla, entre otros, el derecho de todas
las personas a no ser expuestos a la contaminación y a aquellas actividades que afecten
al medio ambiente, amenacen la vida, la salud, el bienestar o el desarrollo sostenible; el
derecho a la protección y conservación del aire, el suelo, las aguas, la flora y la fauna, y
los procesos esenciales para mantener la diversidad biológica y los ecosistemas; dere-
cho a alimentos y agua saludables, adecuados para su bienestar; y derecho a benefi-
ciarse equitativamente de la conservación y uso sostenible de los recursos naturales.
En la tercera parte recoge los derechos de las personas necesarios para la realización
del derecho a un medio ambiente adecuado. Estos se concretan en el derecho a la in-
formación, derecho a la participación, derecho de expresión, derecho de asociación y
derecho a los remedios efectivos y reparaciones en procedimientos administrativos y ju-
diciales. El deber de todas las personas, individual o colectivamente, de proteger y pre-
servar el medio ambiente se establece en la cuarta parte. En esta parte se impone a los
Estados la obligación de respetar y asegurar un ambiente saludable, para lo cual debe-
rán adoptar las medidas administrativas, legislativas u otras necesarias para aplicar efec-
tivamente los derechos contenidos en la Declaración. También los Estados evitarán la
utilización del medio ambiente como arma de guerra o causar perjuicios generales o a
largo plazo en el medio ambiente y deberán respetar la legislación internacional propor-
cionando protección para el medio ambiente en tiempos de conflictos armados y coo-
perar en su mayor desarrollo. En la última parte, es decir, la quinta, establece que la rea-
lización de los derechos y deberes enunciados se deberá prestar especial atención a los
grupos y personas vulnerables. Estos derechos sólo pueden verse restringidos en los
casos previstos por la ley para proteger el orden público, la salud y los derechos y liber-
tades fundamentales de otros. Finalmente se proclama el derecho de todas las perso-
nas a ser titulares de un orden social e internacional en el que los derechos contenidos
en esta Declaración puedan ser realizados.
A pesar del importante contenido de este documento, no ha habido ningún in-
tento de aprobación de este Proyecto, ni por parte de la Asamblea General, ni por la
Comisión de Derechos Humanos y ni por el Consejo Económico y Social (23).
Siguiendo con el progresivo reconocimiento de un derecho humano al medio am-
biente, la Asamblea General de Naciones Unidas en su Resolución 45/1994, aprobada
el 14 de diciembre de 1990, declara que toda persona tiene el derecho a vivir en un
medio ambiente adecuado para garantizar su salud y su bienestar. Expresiones simila-
res se encuentran en diferentes tratados multilaterales dedicados a la protección am-

(23) De aprobarse este Proyecto, constituiría el primer texto internacional no regional que establece de forma
explícita, la relación entre medio ambiente y derechos humanos en un derecho a un medio ambiente saluda-
ble. Naturalmente, la traducción legal de este documento dependerá, en última instancia, de la forma en que
se articule jurídicamente.

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biental, como son la Convención sobre la diversidad biológica de 1992; la Convención


marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático de 1992; la Convención de
las Naciones Unidas de lucha contra la desertización a los países afectados por la se-
quía grave y /o la desertización, sobre todo del África, de 1994; y, el Convenio 169 de
la Organización Internacional del Trabajo sobre pueblos indígenas y tribales de países
independientes, de 1989. Además es necesario añadir que el Instituto de Derecho In-
ternacional, en su 68.ª sesión de Estrasburgo de 1997, declaró en el artículo 2 de su
Resolución n. 1, de 4 de septiembre de 1997 que «... todo ser humano tiene derecho
a vivir en un medio ambiente sano» (24).
Con posterioridad, el Objetivo 7 de los Objetivos de Desarrollo del Milenio se cen-
tra en garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, entre otras cosas incorporando
los principios del desarrollo sostenible en las políticas y los programas nacionales, y
reducir la pérdida de recursos del medio ambiente (25).
En marzo de 2012 el Consejo de Derechos Humanos decidió establecer un man-
dato sobre los derechos humanos y el medio ambiente (26) que tiene como propósito,
entre otras tareas, estudiar las obligaciones de derechos humanos relacionadas con el
disfrute de un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible, y promover
las mejores prácticas relativas a la utilización de los derechos humanos en la formula-
ción de políticas medioambientales (27). En su primer Informe sobre la cuestión de las
obligaciones de derechos humanos relacionadas con el disfrute de un medio am-
biente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible, de 22 de diciembre de 2012 (28)
insta a los Estados y a los demás interesados a que recuerden que la falta de un en-
tendimiento total del contenido de todas las obligaciones de derechos humanos rela-
cionadas con el medio ambiente no se debe interpretar en el sentido de que tales
obligaciones no existen.

(24) Vid. Annuaire de l’Institut de Droit International, Sesión d’Estrasbourg, vol. 67-II, París, 1998, p. 479.
(25) Los Objetivos de Desarrollo del Milenio se establecieron en la Declaración del Milenio, firmada por 189
países en septiembre de 2000. Vid. Res. A/55/2.2 Declaración del Milenio.
(26) Basándose en varias otras resoluciones relacionadas con los derechos humanos y el medio ambiente y
los derechos humanos y el cambio climático, el Consejo de Derechos Humanos, durante su 19.° periodo de
sesiones, estableció, mediante la Resolución 19/10, el mandato del Experto independiente sobre derechos
humanos y medio ambiente. Disponible en: http://daccess-dds-ny.un.org/doc/RESOLUTION/GEN/G12/131/59/
PDF/G1213159.pdf?OpenElement (consultado el 1 de agosto 2014).
(27) El Sr. John Knox fue nombrado en agosto de 2012, por un periodo de tres años, como el primer Experto
independiente sobre la cuestión de las obligaciones de derechos humanos relacionadas con el disfrute de un
medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible. Sus principales tareas de acuerdo con la Resolución
19/10, que establece el mandato se pide al Experto independiente, entre otras cosas, lo siguiente: estudiar las
obligaciones de derechos humanos relacionadas con el disfrute de un medio ambiente sin riesgos, limpio, salu-
dable y sostenible, en consulta con las partes interesadas relevantes; identificar y promover prácticas óptimas, e
intercambiar opiniones al respecto, en el desempeño de las obligaciones y los compromisos de derechos huma-
nos para fundamentar, apoyar y reforzar la formulación de políticas ambientales, especialmente en la esfera de la
protección ambiental; elaborar un compendio de prácticas óptimas; formular, en el marco de su mandato, reco-
mendaciones que puedan contribuir al logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, en particular el séptimo
Objetivo; y, tener en cuenta los resultados de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sosteni-
ble (Rio +20), y aportar una perspectiva de derechos humanos a los procesos de seguimiento. ibid.
(28) Informe del Experto independiente sobre la cuestión de las obligaciones de derechos humanos rela-
cionadas con el disfrute de un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible, John H. Knox, A/
HRC/22/43, de 22 de diciembre de 2012. Disponible en línia en: http://daccess-dds-ny.un.org/doc/UNDOC/
GEN/G12/189/75/PDF/G1218975.pdf?OpenElement (consultado el 1 de agosto de 2014).

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En junio de 2012, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo


Sostenible, los Estados renovaron su compromiso en favor de «la promoción de un
futuro económico, social y ambientalmente sostenible para nuestro planeta y para las
generaciones presentes y futuras» (29).

II.1.2. ÁMBITO REGIONAL DE RECONOCIMIENTO

También otros instrumentos internacionales de carácter regional han desarrollado


la concepción de un derecho humano al medio ambiente. Este ámbito regional de re-
conocimiento se extiende tanto en Europa, África y América, a través de la acción de
diferentes organizaciones internacionales de ámbito regional que trabajan en materia
de derechos humanos. Sin embargo, en el continente asiático no se ha establecido
ningún régimen de reconocimiento y protección jurídica de los derechos humanos
comparable al existente en otros continentes, con lo cual no existe ningún plantea-
miento respecto a la existencia de un derecho humano a un medio ambiente ade-
cuado y saludable.
Con anterioridad los Pactos internacionales de Derechos, y en el ámbito europeo,
se firmó en Roma la Convención Europea de Protección de los Derechos del Hombre
y de las Libertades Fundamentales (30), instrumento por el que se crearon tanto la
Comisión Europea de Derechos Humanos como el Tribunal Europeo de Derechos Hu-
manos, instancias ante las cuales, si bien no se puede alegar directamente el derecho
a un medio ambiente adecuado (31), éste ha obtenido su protección al ser conectado
con la defensa de otros derechos ejercitables directamente (32). Con anterioridad a
1972, en este ámbito de protección regional de los derechos humanos, el Consejo de
Europa proclamó en 1970 el Año de la Naturaleza, movilizando la opinión pública y es-
timulando la celebración de la Conferencia de Estocolmo, y además, durante ese año
se gestó la idea de añadir un nuevo Protocolo a la Convención Europea de Protección

(29) Resolución I de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, «El futuro que que-
remos», recogida en su informe, A/CONF/216/16, párr. 1, refrendada por la Asamblea General en su resolución
66/288.
(30) De 4 de noviembre de 1950, 213 U.N.T.S., p. 221.
(31) No se reconoce, expresamente, un derecho humano a un medio ambiente saludable, ni en la Convención
Europea de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales ni en la Carta Social Europea, de 18 de octubre
de 1961 ( 529 U.N.T.S. 89). Tampoco en el ámbito de la Unión Europea, la versión final del Tratado de Amster-
dam, que modifica el Tratado de la Unión Europea, ha introducido el reconocimiento de este derecho, a pesar
de las discusiones que precedieron a la adopción de este Tratado. Vid. «Foreign Ministers to Formally Approve
IGC Results: Environmentalists Cite Concerns», en International Environmental Rep., n.º 20 (BNA), 1 de octu-
bre 1997, p. 909. Vid. También, Draft Treaty of Amsterdam, European Commission Document, CONF/4001/97,
de 1997. El Tratado de Amsterdam entró en vigor el 1 de mayo de 1999.
(32) STEDH, Caso López Ostra contra España, 9 de diciembre de 1994. En este caso se invocó los artículos
3 y 8 de la Convención Europea de Derechos Humanos referidos a los tratos inhumanos o degradantes y al
derecho a la vida privada y familiar así como la libertad de elección de domicilio, respectivamente. Asimismo,
la petición número 7407/76 de la Comisión Europea de Derechos Humanos, se invoca el art. 2 de la Conven-
ción en el que se recoge el derecho a la vida. Sobre este tema consultar el artículo de DÉJEANT-PONS, M.,
«Le Droit de l’Homme á l’Environnement, Droit Fondamental au Niveau Europèen dans le Cadre du Conseil de
l’Europe, et la Convention Europèenne de Sauvegarde des Droits de l’Homme et des Libertés Fondamenta-
les», Revue Juridique de l’Environnement, n. 4, 1994.

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de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales para garantizar el dere-


cho a un ambiente puro y limpio (33).
En 1971 se celebró en Viena una Conferencia Parlamentaria sobre Derechos Hu-
manos en la que se propuso incluir nuevos derechos, como el derecho a un medio
ambiente adecuado, en un instrumento legal adicional (como un Protocolo a la Con-
vención Europea de Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Funda-
mentales o a la Carta Europea de 1961). Otros intentos por parte del Consejo de Eu-
ropa de establecer un derecho al medio ambiente fueron la propuesta de añadir un
Protocolo a la Convención Europea de Protección de los Derechos Humanos, el lla-
mado Proyecto Steiger de 1973, o más recientemente, la propuesta de la Asamblea
Parlamentaria de 1990, referente a la formulación de una Carta Europea y una Con-
vención Europea sobre protección ambiental y desarrollo sostenible (34). El artículo
primero de este texto afirma que: «Todas las personas tienen el derecho fundamental
al medio ambiente y a vivir en condiciones propicias para su buena salud, bienestar y
pleno desarrollo de la personalidad humana». A pesar de estas propuestas, el Con-
sejo de Europa no ha avanzado en ninguna de ellas.
Si bien el sistema de derechos humanos europeo no incluye un derecho explícito
a un medio ambiente saludable, en el marco de la Comisión Económica para Europa
(ECOSOC-NN.UU), la adopción del Convenio sobre el acceso a la información, la parti-
cipación pública en la toma de decisiones y el acceso a la justicia en cuestiones am-
bientales, aprobado por la IV Conferencia Ministerial para el Medio Ambiente en Eu-
ropa, celebrada en Aarhus, Dinamarca, del 23 al 25 de junio de 1998, reconoce el
derecho humano a un medio ambiente adecuado, cuando hace referencia al «derecho
de cada persona, de las generaciones presentes y futuras, a vivir en un medio am-
biente que permita garantizar su salud y su bienestar» (art. 1) (35).
Además de la contribución regional europea en este proceso de reconocimiento
del derecho al medio ambiente, en el ámbito regional, es muy importante hacer refe-
rencia a la Carta Africana de los Derechos Humanos y de los Pueblos, (Carta de Ban-
jul), adoptada en Nairobi en de 27 de junio de 1981 (36), y al Protocolo Adicional de San
Salvador al Convenio Americano sobre Derechos Humanos en el área de los derechos
económicos, sociales y culturales de 1969, en el área de derechos económicos, socia-
les y culturales, de 17 de noviembre de 1988, por ser los únicos textos internacionales
jurídicamente vincluantes que reconocen el derecho humano a un medio ambiente
sano. En concreto, la Carta de Banjul en su artículo 24 (Capítulo I) reconoce el derecho
de «todos los pueblos a disfrutar de un medio ambiente satisfactorio y global, propicio

(33) Vid. GORMLEY, W.P., Human Rights and Environment: The Need for International cooperation, Sijhoff/Ley-
den, 1976, p. 76.
(34) Recomendación 1130(1990), Doc. AREC 1130- 28/9/90- 27 E.
(35) También el Comité Europeo de Derechos Sociales ha interpretado que el derecho a la protección de la
salud recogido en el artículo 11 de la Carta Social Europea incluye el derecho a un medio ambiente saludable.
Véase la demanda N.º 30/2005, Marangopoulos Foundation for Human Rights vs. Greece, decisión sobre el
fondo (2006), párr. 195.
(36) La llamada Carta de Banjul no sólo establece derechos, sino también obligaciones para los pueblos africa-
nos. El derecho reconocido en el artículo 24 (Capítulo I), se refiere tanto a un derecho individual como colecti-
vo. La Carta de Banjul entró en vigor el 21 de octubre de 1986 y en marzo del año 2000, 52 Estados africanos
habían aceptado ser Partes en dicha Carta.

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para su desarrollo» (37). En el ámbito americano, el Protocolo de San Salvador regula


en su artículo 11.1 el derecho de todos a vivir en un ambiente saludable (38), para lo
cual los Estados Partes promoverán la protección, preservación y mejora del medio
ambiente (art. 11.2) (39) .
Posteriormente, en el marco de la Conferencia Hemisférica sobre Desarrollo Sos-
tenible (40), celebrada por la Organización de Estados Americanos, se adoptó la Decla-
ración de Santa Cruz (41), un documento no vinculante que reafirma los objetivos es-
tablecidos tanto en la Declaración de Río como en la Agenda 21, específicamente,
pone especial énfasis en el Principio I de la Declaración.
En 2003, la Unión Africana aprobó el Protocolo de la Carta Africana de Derechos
Humanos y de los Pueblos relativo a los derechos de la mujer en África, en el que se
dispone que las mujeres «tendrán derecho a vivir en un entorno saludable y sosteni-
ble» (art. 18), y «el derecho a disfrutar plenamente de su derecho al desarrollo soste-
nible» (art. 19). En la Carta Árabe de Derechos Humanos de 2004 figura un derecho a
un medio ambiente saludable como parte del derecho a un nivel de vida adecuado
que asegure el bienestar y una vida digna (art. 38). Análogamente, en la Declaración
de Derechos Humanos aprobada por la Asociación de Naciones del Asia Sudoriental
en noviembre de 2012 se incorpora un derecho a un medio ambiente sin riesgos, lim-
pio y sostenible como elemento del derecho a un nivel de vida adecuado (párr. 28 f)).

II.1.3. ÁMBITO NACIONAL DE RECONOCIMIENTO

En el ámbito del Derecho comparado, cada vez más constituciones nacionales pro-
claman el derecho al medio ambiente. A finales de 1998, 50 naciones habían recono-
cido explícitamente el derecho a un medio ambiente adecuado y saludable en sus res-
pectivas constituciones, y otras 33 reconocían un deber constitucional de defender o
proteger el medio ambiente (42).

(37) Actualmente, casi todos los países africanos son parte en la Carta de Banjul, incluyendo naciones especial-
mente influyentes en el ámbito político como Nigeria, Egipto y Sudáfrica y, además, no existen reservas formuladas
en relación con este artículo 24. El principal problema de esta disposición de la Carta Africana es que el derecho a
un medio ambiente sano no se trata de un derecho individual sino colectivo, siendo bastante difícil de delimitar.
(38) Este artículo no ha sido objeto de ninguna reserva. Este Protocolo entró en vigor el 16 de noviembre del 1999
y en marzo del 2000 contaba sólo con 18 Estados Parte, sin contar con la participación de Estados Unidos que no
ha firmado el Protocolo. Los Estados que, en marzo del 2000, habían depositado el instrumento de ratificación
eran: Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México, Panamá, Paraguay, Perú, Surinam y Uruguay. Y
los Estados firmantes eran: Argentina, Bolivia, República Dominicana, Guatemala, Haití, Nicaragua y Venezuela.
(39) Esta obligación de los Estados a adoptar las medidas necesarias para la realización de los derechos con-
tenidos en el Protocolo se encuentra limitada por lo dispuesto en el artículo 1, en el que se establece que se
tendrán en cuenta los recursos disponibles y el grado de desarrollo. Además, el Protocolo de San Salvador
aunque recoge un derecho al medio ambiente sano, éste se excluye del recurso ante la Corte interamericana
de derechos humanos.
(40) Celebrada en Bolivia, el 7 y 8 de diciembre de 1996. En esta Conferencia asistieron 34 Estados miem-
bros, incluyendo Estados Unidos, además de Brasil, Argentina, México y Canadá. Vid. Newsletter of the Orga-
nization of American States, vol. 2, n.º 7, enero 1997, p. 1.
(41) Vid. OEA, GT/CCDS-51/96, rev. 2, de 26 de noviembre de 1996.
(42) Vid. FLENZ, G. H. (ed.), Constitutions of the Countries of the World, 1996. También, BOYD, DAVID RICHARD,
The Environmental Rights Revolution: A Global Study of Constitutions, Human Rights, and the Environment,
Vancouver, Toronto, UBC Press, 2012.

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En este sentido, muchos Estados, de una manera u otra, reconocen el derecho al


medio ambiente adecuado como un derecho fundamental, si bien este reconoci-
miento, a veces implícito, viene conectado con algún otro derecho ya positivizado.
Este es el caso, por ejemplo, de la Constitución italiana, promulgada en 1948, la cual
no contiene ningún artículo donde se haga referencia expresa al derecho al medio am-
biente adecuado, habiendo sido reconocido éste por vía jurisprudencial al relacionarlo
con los artículos 9, 32 y 41 de esa Constitución referidos respectivamente a la protec-
ción del patrimonio histórico y artístico de la nación, a la protección de la salud como
derecho fundamental del individuo e interés de la colectividad y a la iniciativa econó-
mica dentro de un marco que no se contradiga con su utilidad social ni perjudique la
seguridad, la libertad y la dignidad humana (43).
En el caso alemán, la Ley Fundamental de Bonn tampoco recogió inicialmente el
derecho al medio ambiente adecuado, aunque jurisdiccionalmente se aceptó el dere-
cho a su protección. Con posterioridad, se realizaron una serie de enmiendas a dicha
Ley Fundamental, siendo la más reciente la aprobada el 27 de octubre de 1994 por la
que se introduce un artículo 20 en el que se prescribe que en el marco del orden
constitucional y teniendo en cuenta su responsabilidad con las generaciones futuras,
el Estado protege las condiciones naturales indispensables para la vida (44).
La Constitución griega de 1975 establece en su artículo 24.1 que la protección del
medio ambiente natural y cultural constituye una obligación del Estado, el cual debe
tomar medidas especiales, preventivas o represivas, con el fin de su conserva-
ción (45). La Constitución portuguesa de 1976 (46) se convirtió en la primera que
adoptó un derecho constitucional «a un entorno humano saludable y ecológicamente
equilibrado». En su artículo 9 dispone el deber del Estado de proteger los derechos
fundamentales. Aunque de este artículo se podría desprender la garantía necesaria
para la protección de la naturaleza, el medio ambiente y la preservación de los recur-
sos naturales como requisito para la protección de la herencia cultural portuguesa, el
artículo 66 de la Constitución reconoce expresamente, en el marco de los derechos
fundamentales económicos, sociales y culturales, el derecho a un medio ambiente
«saludable y ecológicamente equilibrado», así como el deber correlativo de prote-
gerlo. Incluso, la Constitución portuguesa reconoce el derecho de las personas físicas
y jurídicas a recibir compensaciones por los daños causados al medio ambiente. El or-
denamiento constitucional portugués ha dado al derecho al medio ambiente una serie
de garantías, es decir, por ejemplo, el derecho a la información en cuestiones medio-
ambientales, el derecho a participar en la adopción de resoluciones administrativas,
así como al derecho de acceso a la justicia en su sentido más amplio. Este marco
constitucional portugués de protección al medio ambiente se ha visto reforzado por la
promulgación de una Ley Básica de Medio Ambiente de 1987 y la Ley de las Asocia-

(43) Vid. PECCOLO, G., «Le Droit a l’Environnement dans le Constitution Italienne», Revue Juridique de l’En-
vironnement, n. 4, 1994.
(44) Vid. BOTHE, M., «Le Droit a la Protection de l’Environnement en Droit Contitutionel Allemand», Revue
Juridique de l’Environnement, n. 4, 1994.
(45) Vid. SIOUTIS, G., «Le Droit de l’Homme a l’Environnement en Gréce», Revue Juridique de l’Environne-
ment, n. 4, 1994.
(46) Vid. GÓMEZ DA SILVA, J. C., «Human Rights in the Portuguese Constitution», Revue Juridique de l’Envi-
ronnement, n. 4, 1994.

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ciones de Defensa del Medio Ambiente, las cuales pretenden desarrollar en la prác-
tica el derecho al medio ambiente reconocido constitucionalmente.
Otro reconocimiento formal de un derecho sustantivo a un medio ambiente ade-
cuado se puede encontrar en la Constitución de Brasil de 1988 (47). En el artículo 225
esta Constitución (Título VIII, relativo al orden social) se proclama el medio ambiente
como un derecho perteneciente a las generaciones presentes y futuras y por otro
lado, se establece la evaluación de impacto ambiental con carácter obligatorio.
Todos estos documentos normativos nacionales e internacionales demuestran una
evolución y una voluntad de establecer un derecho a un medio ambiente adecuado,
pero sigue el análisis de los principales obstáculos que no han permitido establecer
un consenso en la determinación y la configuración del derecho humano a un medio
ambiente sano.

II.2. Principales obstáculos para el reconocimiento del derecho humano al


medio ambiente

A pesar de los diferentes documentos existentes en Derecho internacional que


declaran explícitamente la existencia de un derecho humano al medio ambiente, ac-
tualmente aun no se puede considerar que exista realmente este derecho, por no es-
tar contenido en un instrumento jurídicamente vinculante strictu sensu. El reconoci-
miento de este derecho humano, sin embargo, es predicable en relación con el
consenso internacional existente de proteger el medio ambiente en beneficio del ser
humano. En efecto, no se cuestiona que un medio ambiente adecuado o de calidad
constituye el presupuesto necesario para el respeto y garantía de los derechos huma-
nos. La idea de que los Estados deben adoptar medidas para garantizar el respeto y la
protección del medio ambiente como requisito indispensable para el cumplimiento de
los derechos humanos está bien cimentada en el ordenamiento jurídico internacional.
Considerar que un medio ambiente adecuado es componente necesario de los dere-
chos humanos es también la aproximación prioritaria en los órganos de Naciones Uni-
das competentes en la materia.
En realidad uno de los mayores obstáculos para el reconocimiento de este dere-
cho radica en la soberanía estatal, es decir, el conjunto de facultades que un Estado
ejerce de forma exclusiva sobre su territorio, reconocida por el ordenamiento interna-
cional. El único límite actualmente existente en el ejercicio soberano de las funciones
de gestión del medio ambiente e impuesto por el Derecho internacional es el de ges-
tionar el medio ambiente en él comprendido de tal manera que los demás Estados no
resulten perjudicados por el mal uso que realiza del mismo (48).

(47) Vid. D’AVILA RUFINO, G., «Le Droit de l’Homme a l’Environnement dans la Constitution de 1988 du Brè-
zil», Revue Juridique de l’Environnement, n. 4, 1994
(48) Esta cuestión se contiene en el Principio 21 de la Declaración de Estocolmo establece lo siguiente: «De
conformidad con la Carta de Naciones Unidas y con los principios del Derecho internacional, los Estados tie-
nen el derecho soberano de explotar sus propios recursos en aplicación de su propia política ambiental y la
obligación de asegurarse de que las actividades que se lleven a cabo dentro de su jurisdicción o bajo su con-
trol no perjudiquen al medio de otros Estados o de zonas situadas fuera de toda jurisdicción nacional». Asimis-
mo, la Declaración de Río en su Principio 2, reproduce lo establecido en el Principio 21 de la Declaración de
Estocolmo.

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Desde el Derecho internacional consuetudinario se ha redefinido el concepto de


soberanía de los Estados, imponiendo límites al ejercicio de la soberanía referentes a
las obligaciones de prevención, cooperación, reparación y negociación con el objetivo
de proteger el medio ambiente, en cuanto representa un interés general de la comu-
nidad internacional y que, por lo tanto, no puede abordarse de forma unilateral por los
Estados, sino que requiere de una actuación conjunta.
Otro obstáculo que impide el reconocimiento y realización del derecho al medio
ambiente, al cual ya se había hecho referencia anteriormente, es la ausencia de un
instrumento internacional jurídicamente vinculante que reconozca expresamente este
derecho. Si bien algunos autores como MAKAREWICZ entiende que documentos
como la Declaración de Estocolmo o la de Río constituyen una interpretación general-
mente aceptada de la noción de derecho del hombre que figura en la Carta de Nacio-
nes Unidas (49), otros como HANDL afirma que ni tan siquiera existe una práctica es-
tatal que confirme este derecho (50), por entender que la práctica se produce en
relación con los derechos inalienables, los cuales no permiten derogaciones del dere-
cho, cosa que no sucede, según este autor, en el caso del derecho al medio am-
biente. Sin embargo, el derecho al medio ambiente, si bien limita algunos derechos
económicos y sociales, también refuerza y amplia su significado.
A pesar del carácter soft law de los instrumentos internacionales en los cuales se
ha reconocido el derecho al medio ambiente, este derecho es calificable de inaliena-
ble, en tanto que el deterioro del medio ambiente pone en peligro la supervivencia del
ser humano. Por otra parte, el carácter flexible de los instrumentos actualmente exis-
tentes en esta materia pueden proporcionar el desarrollo posterior de instrumentos
jurídicamente vinculantes, pues «...cuando nuevos valores emergen, necesitan pri-
mero ser formulados para preparar el terreno para futuros desarrollos en la forma de
instrumentos vinculantes» (51). De hecho, a través de los distintos instrumentos inter-
nacionales, antes mencionados, se refleja la voluntad de reconocer el derecho hu-
mano al medio ambiente para conseguir la protección ambiental y asegurar asimismo
la supervivencia humana. En este sentido, quizás la única forma de articular un dere-
cho humano al medio ambiente sea a través del reconocimiento de la existencia de
una costumbre internacional generada a través, precisamente, de una constante y rei-
terada práctica jurídica internacional, junto con la voluntad de concebir este derecho
humano a medio ambiente saludable (52).

(49) Vid. MAKAREWICZ, «La protección internationale du droit à l’environnement», op. cit., p. 81.
(50) Vid. HANDL, G., «Human Rights and Protection of the Environment: A Mildly «Revisionist» View», en
CANÇADO TRINDADE (Ed.), Derechos Humanos, Desarrollo sustentable y medio ambiente, San José de Cos-
ta Rica, 1995, pp. 120-129.
(51) Vid. KISS, A., CANÇADO TRINDADE, A., «Two Major Challenges of Our Time: Human rights and the Envi-
ronment», en CANÇADO TRINDADE (Ed.), Derechos Humanos, Desarrollo sustentable y medio ambiente, op.
cit., p. 287.
(52) Al respecto, vid. LEE, J., «The Underlying Legal Theory to Support a Well-Defined Human Right to a
Healthy Environment as a Principle of Customary International Law», en Columbia Journal of Environmental
Law, vol. 25, n.º 2, 2000, pp. 254-282. Este autor establece que las consecutivas reafirmaciones, sin reservas,
de este derecho en diferentes documentos no vinculantes, constituyen la evidencia de una amplia y consisten-
te práctica de los Estados en el ámbito internacional. Esta práctica puede contribuir a la creación definitiva de
un derecho a un medio ambiente adecuado y saludable como principio de Derecho internacional consuetudi-
nario.

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Otra dificultad presente en el reconocimiento del derecho al medio ambiente es la


imposibilidad de ejercer el derecho al medio ambiente adecuadamente ante los tribu-
nales debido a la misma indeterminación del concepto jurídico de «medio ambiente»
y la inexistencia de mecanismos procesales que permitan invocar su protección.
Todos estos obstáculos impiden el pleno reconocimiento de un derecho que aun
se encuentra en formación, aunque su puesta en marcha puede venir favorecida me-
diante el establecimiento de mecanismos como la información, la participación, los re-
cursos y la educación que influyan en la voluntad política de los Estados y permitan
configurar un derecho humano al medio ambiente jurídicamente vinculante.
Consecuentemente, el reconocimiento a un derecho humano al medio ambiente,
si bien ya constituye, hoy por hoy, una reivindicación social, los ordenamientos jurídi-
cos, en general, parecen desconocer el motor de impulso definitivo que actuó en el
reconocimiento de los demás derechos humanos. De manera que el vínculo de cau-
salidad existente en las anteriores generaciones de derechos humanos, parece no te-
ner virtualidad en los pretendidos derechos de tercera generación.

III. Naturalizar al ser humano

«Nosotros, los pueblos y naciones de la Tierra: considerando que todos so-


mos de la Madre Tierra, una indivisible comunidad viviente de seres interrela-
cionados e interdependientes con un destino común»

Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra,


Cochabamba, Bolivia, 2010

«Cada componente de la Comunidad Terrestre tiene tres derechos:


— El Derecho a Ser,
— El Derecho a un Hábitat,
— El Derecho a cumplir su rol en los procesos siempre renovadores de la comu-
nidad terrestre.»
Thomas Berry

Otra aproximación a la protección del medio ambiente es la «biocéntrica», desarro-


llada, principalmente, por países megadiversos y en vías de desarrollo, con poblacio-
nes indígenas con una cosmovisión diferente a la que plantea la «antropogénica», la
de reconocer y proteger la naturaleza, como titular de derechos y como persona jurí-
dica. Esta posibilidad es, sin duda, una perspectiva novedosa en el Derecho ambien-
tal, en cuanto se aleja de la perspectiva anteriormente analizada. Como ya se ha ob-
servado, tradicionalmente, los sistemas legales han considerado a la naturaleza como
«propiedad», como un objeto sobre la cual se desarrollan y protegen derechos (53). En
cambio, lo más habitual ha sido la promoción de leyes y contratos para proteger los
derechos de propiedad de los individuos, de las corporaciones y otras entidades lega-
les, como sujetos jurídicos. La consecuencia es que las leyes y normas de protección

(53) Sobre esta cuestión, vid. MARTÍN MATEO, Ramón, «El Ambiente como objeto del Derecho», en Derecho
y Ambiente, CEOTMA, Madrid, 1981.

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ambiental, que han ido proliferando en los últimos tiempos, a pesar de acentuar la
orientación preventiva, en realidad, legalizan el daño ambiental al regular cuánta con-
taminación o destrucción de la naturaleza puede producirse en el marco de la ley o
cómo enfrentarse a los retos del deterioro ambiental.
El reconocimiento de los derechos de la naturaleza constituye una concepción ho-
lística integral de todo modo de vida, que comprende todos los ecosistemas. A través
de esta perspectiva, la naturaleza ya no es objeto de protección, sino un sujeto de
protección con derechos que se reconocen a la naturaleza en todas sus formas de
vida: tiene el derecho de existir, persistir, mantener y regenerar sus ciclos vitales. La
contrapartida a este reconocimiento implica que los seres humanos tienen la autori-
dad legal y la responsabilidad de hacer cumplir estos derechos en representación de
la naturaleza. Esta concepción se basa en que los seres humanos forman parte de la
vida terrestre y viven dentro de los límites ecológicos.
La visión «biocentrista» surge por la gravedad del estado ambiental y la amenza
de los ecosistemas naturales. La concepción «biocéntrica» parte de la concepción de
que el ser humano es parte de la naturaleza y que la conservación de la naturaleza es,
antes que nada, un deber del ser humano: ambos, deben coexistir para el perfecto
equilibrio orgánico del planeta. Según esta argumentación, cualquier forma de vida es
importante para el equilibrio de la naturaleza, sin este equilibrio la naturaleza puede
responder con un nuevo equilibrio no propicio para la vida humana.
Al respecto, ya se cuenta con algunas experiencias que reflejan este cambio de
perspectiva jurídica. Así, al reconocer los derechos de la naturaleza en su Constitución,
Ecuador, en su legislación, Bolivia y en un creciente número de comunidades de los Es-
tados Unidos, están basando sus sistemas de protección ambiental sobre la premisa de
que la naturaleza tiene derechos inalienables, al igual que tienen los seres humanos.
Esta premisa es radical pero, a su vez, natural, surgida como reacción al esfuerzo «an-
tropogénico» de basar la protección ambiental supetitada a los intereses y/o necesida-
des humanas, reduciendo la naturaleza a una mera propiedad, bajo el dominio de la ley.

III.1. Los cimientos de la protección de los derechos de la naturaleza

A raíz de esta otra visión de la protección ambiental, uno de los primeros casos en
los que se planteó la cuestión de los derechos de la naturaleza fue a partir del caso
del bosque californiano de los Sequoyas, en 1972, en donde el desmedido afán de lu-
cro corporativo pretendía convertir el hábitat de los enormes y milenarios árboles en
un parque de diversiones, generando una batalla legal en la que jueces y pensadores
se preguntaron si los árboles debían tener derecho a comparecer en juicio (54). Esta
misma reflexión, llevó a varios autores de alrededor del mundo a abordar esta cues-
tión. Solo para mencionar algunos: Christopher Stone en Estados Unidos (55), Godo-
fredo Stutzin (56) en Chile, o Cormac Cullinan (57) en Sudáfrica.

(54) United States Supreme Court. SIERRA CLUB v. MORTON. 405 U.S. 727 (1972). Decided April 19, 1972.
(55) En su artículo «Should Trees Have Standing? Toward Legal Rights for Natural Objects», 45 S. Cal. L. Rev.
450 (1972).
(56) En su obra: Un imperativo ecológico: reconocer los derechos de la Naturaleza. s/d
(57) En su obra: Wild Law: A Manifesto for Earth Justice, Siber Ink. 2002

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Unos años más tarde, en 1982, más de cien Estados Miembros de la Asamblea
General de las Naciones Unidas adoptaron una Carta Mundial de la Naturaleza, que
formula principios y obligaciones generales para guiar la conducta humana, las leyes y
las prácticas de protección de la Naturaleza (58). Reconociendo el valor intrínseco de
la naturaleza y que los seres humanos son parte de la naturaleza, la declaración llama
a los seres humanos para ser guiados por un código moral de conducta que no com-
prometa la «integridad de los otros ecosistemas y especies con las que conviven. La
Carta también regula las actividades humanas de acuerdo a los límites y los procesos
de la Tierra, y el patrimonio común y los principios de precaución. De acuerdo con
esta Carta «La humanidad es parte de la naturaleza y la vida depende del funciona-
miento ininterrumpido de los sistemas naturales que son fuente de energía y nutrien-
tes. Toda forma de vida es única y merece ser respetada, cualquiera que sea su utili-
dad para los seres humanos, y para los demás seres vivos reconocimiento, el ser
humano debe guiarse por un código moral de action».
Posteriormente, en el año 2000, un grupo de organizaciones y movimientos no gu-
bernamentales adoptaron la Carta de la Tierra (59), que «busca inspirar en todos los
pueblos un sentido de interdependencia global y responsabilidad compartida para el
bienestar de la familia humana, la gran comunidad de la vida y las generaciones futu-
ras.» Cuatro pilares de la sostenibilidad son: 1) El respeto y el cuidado de la comuni-
dad de la vida; 2) La integridad ecológica, 3) Justicia social y económica y; 4) Demo-
cracia, No Violencia y la Paz, y dieciséis principios fundamentales. La Carta también
reconoce el papel de los conocimientos tradicionales, culturales y espirituales de los
pueblos indígenas, la no discriminación y la libre determinación. A pesar que este do-
cumento no es jurídicamente vinculante, sus principios son considerados de relevan-
cia universal.
En 2009, Polly Higgins, abogado y activista del Reino Unido, comenzó una cam-
paña pidiendo a las Naciones Unidas la adopción de una ley que reconociera la des-
trucción masiva de los ecosistemas como un crimen contra la paz internacional, es
decir, como un delito de ‘ecocidio’ (60). El ecocidio se define como: «La extensa des-
trucción, daño o pérdida de ecosistema (s) de un territorio determinado, ya sea por la
acción humana o por otras causas, a tal grado que el goce pacífico de los habitantes
de ese territorio ha sido severamente disminuido» (61). Fundado sobre el deber de
cuidar al planeta, este crimen contra la paz sería de responsabilidad objetiva y erga
omnes (obligatorio para todos). Incluso aquellos Estados que no están inscritos a la
Corte Penal Internacional (CPI), las que promueven actividades de minería, extracción
de combustibles fósiles (por ejemplo, las arenas bituminosas en Alberta, Canadá) y la
deforestación podrían clasificarse como actividades del ecocidio. La visión de la cam-
paña de «Erradicación del ecocidio» defiende una ley del ecocidio que se aplicaría ple-
namente en 2020.

(58) Cit. Supra. Al respecto, consultar: http://www.un.org/documents/ga/res/37/a37r007.htm (consultado el 1


de agosto 2014).
(59) La Carta de la Tierra se encuentra disponible en línea en: http://www.earthcharterinaction.org/invent/ima-
ges/uploads/echarter_spanish.pdf (consultado 23 junio 2014).
(60) Consultar en línea: http://eradicatingecocide.com/(consultado 23 junio 2014). Vid. HIGGINS, P. et al., «Pro-
tecting the Planet: A proposal for a Law of Ecocide», 59 Crime Law and Social Change, 2013, pp. 251-266.
(61) Ibid.

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Así, más de 10 países ya han reconocido una forma de ecocidio en sus leyes na-
cionales, incluyendo Georgia, Kirguistán, Rusia y Vietnam. En 2011, Polly y el Grupo
Hamilton organizó un simulacro de juicio en el Tribunal Supremo del Reino Unido
para probar el delito propuesto de ecocidio (62). Esto fue seguido por un proceso de
Justicia Restaurativa (63) en 2012 entre una empresa ficticia y las víctimas inclu-
yendo a la Tierra (la voz de la Fundación Gaia), los pueblos indígenas y las generacio-
nes futuras. En Europa, más de 112.000 personas (a partir de enero de 2014) firma-
ron una petición por la Iniciativa Ciudadana Europea para una Directiva europea
ecocidio (64).
En 2014, una coalición, incluyendo End Ecocide en Europa, la Red Europea de
Fiscales de Medio Ambiente, el Globo de la UE y la Cruz Verde Internacional, lanza-
ron una campaña en el Parlamento Europeo pidiendo el establecimiento de un Tribu-
nal Penal del Medio Ambiente y la Salud, tanto en el Europeo e internacional, con
sanciones legales por daños al medio ambiente. Una vez que se reconozca el delito
de ecocidio, dicho tribunal podría permitir su aplicación, en todo caso la Carta de
Bruselas, que permitiría crear este Tribunal, está abierta a la firma desde septiembre
de 2014 (65).
Además de esta iniciativa del «ecocidio», el 22 de abril de 2010, día mundial de la
madre tierra, los participantes en la Conferencia Mundial de los pueblos sobre el cam-
bio climático y los derechos de la naturaleza elaboraron y adoptaron la Declaración
Universal sobre los derechos de la Madre Tierra. En esta Declaración se reconoce a la
Madre Tierra como un ser vivo con derechos, como el derechos a la vida, a la existen-
cia y a continuar sus ciclos vitales y procesos libres de cualquier intromisión humana.
En 2012 la Conferencia de las Naciones Unidas Rio+20 reconoció la necesidad de vivir
en armonía con la naturaleza y en el párrafo 39 de la Resolución de la Asamblea Gene-
ral de las Naciones Unidas, «El Futuro que Queremos» hace referencia a que algunos
países reconocen los Derechos de la Naturaleza.
También, en 2011 Peter Roderick, un abogado también del Reino Unido, propuso
un proyecto de Declaración de las Naciones Unidas sobre los límites del Planeta (66),
con el fin de reconocer y respetar los procesos del sistema terrestre que sostienen
toda la vida, y promover la responsabilidad de salvaguardar estos procesos de daño
grave o irreversible. La Declaración se basa en la investigación realizada por Rocks-
tröm et al, publicado en la revista Nature 2009 (67), que sostiene que hay 9 procesos
de la Tierra-críticos del sistema y los umbrales asociados, en los que tenemos que vi-
vir con el fin de evitar daños irreversibles a nuestro planeta Tierra. Según la investiga-

(62) Consultar en línea: https://www.youtube.com/playlist?list=PLFB4F5595F6740619&feature=viewall(consu


ltado 23 junio 2014).
(63) Consultar en línea: http://www.gaiafoundation.org/blog/the-sentencing-justice-for-the-earth-community
(consultado 23 junio 2014).
(64) Consultar en línea: http://www.endecocide.eu/end-ecocide-continues-collect-signatures/?lang=en(consultado
23 junio 2014).
(65) Para más información: http://iecc-tpie.org/en(consultado 23 junio 2014).
(66) Consultar en línea: http://planetaryboundariesinitiative.org/about-2/declarations/draftonpb/(consultado 23
junio 2014).
(67) Consultar en línea: http://www.nature.com/news/specials/planetaryboundaries/index.html(consultado 23
junio 2014).

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ción, tres de estos límites ya se han violado: el cambio climático; la biodiversidad y el


ciclo del nitrógeno. En esta línea, en 2013, la «Planetary Boundaries Iniciative», una le-
gal think-tank, presentó al Grupo de Trabajo abierto de las Naciones Unidas sobre los
Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), una petición para la adopción de un
acuerdo sobre la protección del sistema de la tierra como principal prioridad global
para los objetivos del desarrollo sostenible para después de 2015 (68).
Estos son solo algunos ejemplos de las tendencias existentes a nivel internacio-
nal, en su mayoría provinientes del mundo académico y de los movimientos sociales,
que reclaman la protección ambiental a través del reconocimiento de la personalidad
jurídica de la naturaleza. Esta tendencia «biocentrista», como se analiza a continua-
ción, se ha visto plasmada en algunos cambios relevantes, jurídicamente hablando, y
que merecen cierta atención.

III.2. El reconocimiento legal y constitucional de los derechos de la naturaleza

Entre las legislaciones protectoras de la naturaleza, la más antigua a nivel constitu-


cional es la Constitución de Weimar de 1919 que si bien tiene fama de ser una de las
constituciones pioneras en incorporar los derechos sociales juntamente con la Consti-
tución de Querétaro de 1917, la de Weimar es la primera también que protege a la na-
turaleza. La Constitución de Weimar establece, en su artículo 150, que «la Naturaleza
goza de la protección y auxilios del Estado». A pesar de este precedente, en las cons-
tituciones de la época no figuraban temas de protección de la naturaleza ni de dere-
chos humanos relativos a la naturaleza, incluyendo la Declaración Universal de Dere-
chos Humanos de 1948. Esto se debe a que la conciencia de los daños ambientales
todavía no era un tema muy relevante.
Significativamente, después de 89 años de Weimar, tanto la nueva Constitución
Política del Estado Plurinacional de Bolivia aprobada el año 2009, como la ecuatoriana
aprobada un año antes en setiembre de 2008, incluyen en sus contenidos sendas
secciones referidas a reconocer los derechos de los pueblos originarios y los dere-
chos de todos los ciudadanos a un medio ambiente sano y equilibrado. Todo ello con-
siderando que en las primeras constituciones de América se ignoraba totalmente la
existencia de otros seres vivos. El esfuerzo estuvo en reconocer los derechos de pro-
piedad que se reconocían sobre la tierra, el agua y, la naturaleza. Durante las décadas
de 1980 y 1990 tuvo lugar una ola de reformas en el marco legal ambiental en casi to-
dos los países sudamericanos y se pasaron a reconocer los llamados derechos de ter-
cera generación, incorporando a los temas ambientales vinculados, como ya se ha
analizado, desde una óptica de los derechos humanos. En realidad van a ser escasas
las cartas magnas que se refieran a la protección ambiental desde la perspectiva de
derechos de la naturaleza y de deberes respecto a la naturaleza.

(68) Para más información: http://planetaryboundariesinitiative.org/2013/12/03/recommendations-evidence-


from-the-planetary-boundaries-initiative-on-sdgs/(consultado 23 junio 2014). En 2012 Kate Raworth propuso
combiner la comprensión de los límites del planeta con los límites sociales, por ser esencialmente interdepen-
dientes. En su informe «A Safe and Just Space for Humanity: ‘Can we live within the doughnut’?» integra el
estudio de Rockström y otros ‘9 Earth-system Processeses’ con las «11 dimensions of human deprivation».

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De forma pionera, en la Constitución de Colombia (1991) y la de Bolivia (con las re-


formas del 2002) se establecía que «todas las personas tienen el derecho a gozar de
un ambiente sano, ecológicamente equilibrado» y se mencionaban los derechos de las
futuras generaciones. En la Constitución del Perú, en cambio, la mención al medio am-
biente es más limitada, no se trata de un derecho en sí mismo, sino una obligación de
regulación. En la Constitución de Ecuador, codificada de 1984, se introdujo «el derecho
a vivir en un ambiente libre de contaminación y la obligación del Estado a tutelar la pre-
servación de la naturaleza». Y en la del 1998 se reconocía el principio de precaución y
el derecho a que cualquier persona interponga acciones por la protección del ambiente.
En la de Venezuela (2007) se señala que es un derecho y un deber de cada generación
proteger y mantener el ambiente en beneficio de sí misma y del mundo futuro. Según
esta constitución, toda persona tiene derecho individual y colectivamente a disfrutar de
una vida y de un ambiente seguro, sano y ecológicamente equilibrado.
En la Constitución de Bolivia (2007) se reconocía el derecho a un ambiente sano
para que los individuos y colectividades de las presentes y futuras generaciones, ade-
más de otros seres vivos puedan desarrollarse de manera normal y permanente. Ac-
tualmente, la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia, en con-
creto en sus artículos 33 y 34, establece los derechos reales de los habitantes y a las
futuras generaciones de ese país, a gozar de un medio ambiente saludable, protegido
y equilibrado, otorgándole a cualquier persona, a título individual o en representación
de una colectividad, la facultad para ejercitar las acciones legales en defensa del dere-
cho al medio ambiente. En el Preámbulo de la Constitución boliviana refleja esta la
cosmovisión indígena, cuando se refiere a que:

«En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron


ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonia, nuestro chaco, nuestro alti-
plano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores. Pobla-
mos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes y comprendimos
desde entonces la pluralidad vigente de todas las cosas y nuestra diver-
sidad como seres y culturas. Así conformamos nuestros pueblos y jamás
comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos
tiempos de la colonia».

En este preámbulo se observa el rescate del origen en el que todo tenía su lugar y
en el que seres humanos y naturaleza convivían en armonía. Este texto refleja un diá-
logo desde el pasado en el presente, que se expresa en la afirmación de que desde
tiempos inmemoriales se respetaba la pluralidad y la diversidad. Primero se refiere al
entorno natural y el territorio, así como a la Madre Tierra y en ese contexto original sur-
gieron los distintos pueblos indígenas. Ese pasado armónico fue roto por la colonia,
que implementó el racismo y alteró el orden en el que vivían los pueblos indígenas.
Bolivia incluso ha legislado sobre la cuestión. Si bien la Ley del Medio Ambiente
N.º 1333 de 27 de abril de 1992 (69) constituye el precedente normativo más inmediato
que reconocía, por primera vez, el derecho al ambiente sano en favor de las personas y
seres vivos en la legislación boliviana, no es hasta 2010 que Bolivia aprueba el primer

(69) BOLIVIA, Gaceta Oficial. Ley del Medio Ambiente. Ley 1333. 27 de abril de 1992.

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paquete legislativo en el mundo, en el que se que introduce la concepción indígena ori-


ginaria ancestral de la naturaleza como ser vivo y que le otorga a la naturaleza los mis-
mos derechos que a los seres humanos. En concreto, las leyes son: la Ley N.º 071 de
derechos de la Madre Tierra (70) y la Ley N.º 300 Marco de la Madre Tierra y el Desarro-
llo Integral del Buen Vivir. (71) En concreto, la Ley de los Derechos de la Madre Tierra re-
frenda principios rectores, incluido el bien común, la interculturalidad y la no mercantili-
zación de la naturaleza, y requiere que el Estado y los ciudadanos a respetar los
derechos de la Tierra. Conforme a la Ley, las empresas y los individuos pueden ser res-
ponsables de los daños medioambientales que causen y por su reparación. La Ley tam-
bién prevé incluso un Defensor de la Madre Tierra para proteger sus intereses.
En 2008, los pueblos y la Asamblea Constituyente aprobaron, con una votación
abrumadora mayoría, la Constitución ecuatoriana que es la primera Constitución en el
mundo en reconocer los derechos jurídicamente exigibles de la Naturaleza. En este
sentido, establece que «la naturaleza o Pacha Mama, de la que la vida se reproduce y
se envuelve en sí, tiene derecho al respeto integral de su existencia y el manteni-
miento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evoluti-
vos». La naturaleza también tiene derecho a la restauración, independientemente de
los daños a los seres humanos. Así mismo, se reconoce que los ciudadanos tienen
derecho a un ambiente sano y ecológicamente equilibrado, y el deber recíproco de
respetar los derechos de la Naturaleza. Las comunidades pueden obligar a las autori-
dades públicas para cumplir con los derechos de la naturaleza. La gobernabilidad de
los ecosistemas se guía, según la Constitución, por los principios de «sumac kawsay»
o buen vivir, las responsabilidades intergeneracionales, y la estricta aplicación del prin-
cipio de precaución. Los derechos de los pueblos indígenas a la libre determinación, la
participación pública y el consentimiento fundamentado previo, la gobernanza de las
tierras / territorios sagrados, a través de las costumbres y de las autoridades tradicio-
nales también son reconocidos y protegidos.
Actualmente, ambas Constituciones, la ecuatoriana y la boliviana, mencionan a la
naturaleza, pero mientras que la ecuatoriana le respeta como un ser vivo con el cual
se debe convivir para poder llegar a un «Buen Vivir», la boliviana la considera como un
objeto desamparado y vulnerable, que requiere de la defensa del Estado. Sin em-
bargo, en este caso, la naturaleza aparece siempre en el contexto de los conocimien-
tos ancestrales, conocimientos que sin duda alguna, fueron adquiridos gracias a una
intensa convivencia con la misma naturaleza.
Los textos también divergen radicalmente en otro punto: en la Constitución de
Bolivia, la industrialización de los recursos naturales es una meta, mientras que en
el caso ecuatoriano se presentan por primera vez a la Naturaleza como sujeto de de-
rechos. El texto boliviano termina reproduciendo el apego de la modernidad por el
progreso, mientras que la opción ecuatoriana permite una ruptura con esa perspec-
tiva bajo un giro puramente biocéntrico. En efecto, la Constitución de Ecuador esta-
blece que debe existir una relación dinámica entre sociedad, Estado y mercado,
equilibrada y en armonía con la Naturaleza, otorgándole derechos inalienables y con-

(70) BOLIVIA, Gaceta Oficial. Ley de derechos de la Madre Tierra. Ley N.º 071, 21 de diciembre de 2010.
(71) BOLIVIA, Estado Plurinacional de. Gaceta Oficial. Ley marco de la Madre Tierra y Desarrollo Integral para
Vivir Bien. 15 de Octubre 2012.

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virtiéndola de esta manera en sujeto de derecho (72). En cambio, la Constitución Po-


lítica del Estado Plurinacional de Bolivia no trata a la naturaleza como sujeto, sino
habla de su protección por el Estado. Al respecto se refiere en su artículo 381 a que
el Estado protegerá todos los recursos genéticos y microorganismos que se en-
cuentren en los ecosistemas del territorio, así como los conocimientos asociados
con su uso y aprovechamiento y en el 382 que es facultad y deber del Estado la de-
fensa, recuperación, protección y repatriación del material biológico proveniente de
los recursos naturales, de los conocimientos ancestrales y otros que se origen en el
territorio. Y el artículo 387 se refiere a que la ley regulará la protección y aprovecha-
miento de las especies forestales de relevancia socioeconómica, cultural y ecoló-
gica. Especial importancia da la Constitución boliviana a la protección de la coca, su
símbolo vegetal nacional: «El Estado protege a la coca originaria ancestral como pa-
trimonio cultural, recurso natural, renovable de la biodiversidad de Bolivia y como
factor de cohesión social» (art. 384).
Asimismo, en las dos Constituciones, pero principalmente en el caso boliviano, los
pueblos indígenas han incorporado sus demandas y propuestas para construir Esta-
dos Plurinacionales que los representen, así como sus valores culturales expresados
en la alternativa del «Vivir Bien» (Suma kamaña en aymara), que en el caso de las
Constituciones de Ecuador (2008) y la legislación de Bolivia dieron un verdadero salto
normativo, elevando a la Naturaleza a la calidad de «Sujeto de Derechos».
En Ecuador, se le llama «Buen vivir» (Sumak kausay, en quichua) y se expresa la vi-
sión indígena, al tomar en cuenta los derechos de la Naturaleza. En el capítulo séptimo,
el Art. 71 establece que: «La naturaleza o Pachamama, donde se reproduce o realiza la
vida, tiene derecho a que se respete íntegramente su existencia y el mantenimiento y
regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos».
Fruto de estas novedades constitucionales, el 22 de abril de 2009 la Asamblea Ge-
neral de las Naciones Unidas en su 63.ª sesión aprobó por unanimidad el proyecto
presentado por el Presidente de Bolivia, Evo Morales Ayma, de que cada 22 de abril
sea celebrado como el Día Internacional de la Madre Tierra. (73) En consecuencia, ya
no se trata del Día de la Tierra, sino del Día de la Madre Tierra.
Para finalizar este apartado de reconocimiento jurídico, cabe mencionar que en los
Estados Unidos de Norte América, más de 24 pueblos y ciudades han implementado

(72) El texto constitucional ecuatoriano contiene tres artículos en los que establece los siguientes derechos
para la Naturaleza: Art. 71.—La naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene dere-
cho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales,
estructura, funciones y procesos evolutivos… Art. 72.—La naturaleza tiene derecho a la restauración. Esta
restauración será independiente de la obligación que tienen el Estado y las personas naturales o jurídicas
de indemnizar a los individuos y colectivos que dependan de los sistemas naturales afectados. En los casos
de impacto ambiental grave o permanente, incluidos los ocasionados por la explotación de los recursos na-
turales no renovables, el Estado establecerá los mecanismos más eficaces para alcanzar la restauración, y
adoptará las medidas adecuadas para eliminar o mitigar las consecuencias ambientales nocivas. Art. 73.—El
Estado aplicará medidas de precaución y restricción para las actividades que puedan conducir a la extinción
de especies, la destrucción de ecosistemas o la alteración permanente de los ciclos naturales. Se prohíbe la
introducción de organismos y material orgánico e inorgánico que puedan alterar de manera definitiva el pa-
trimonio genético nacional.
(73) Resolución aprobada por la Asamblea General el 22 de abril de 2009, n. 63/278. Día Internacio-
nal de la Madre Tierra. Disponible en línea en: http://www.un.org/en/ga/search/view_doc.asp?symbol=A/
RES/63/278&Lang=S:, (consultado el 21 de diciembre 2013).

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ordenanzas por los Derechos de la Naturaleza. Una de las más relevantes es la orde-
nanza de la ciudad Pittsburgh en la que se prohíbe las empresas de perforación de
gas natural en la ciudad. Esta ordenanza eleva los derechos de las personas, la comu-
nidad y la naturaleza sobre los «derechos» corporativos y se convierte así en la pri-
mera ciudad de los EE.UU. en reconocer los derechos jurídicamente vinculantes de la
naturaleza. Al reconocer los derechos de la naturaleza, se protege eficazmente los
ecosistemas y las comunidades frente a las empresas y a otros niveles de gobierno,
que puedan autorizar dicha perforación y se autoriza a los residentes de Pittsburgh a
ejercer esos derechos en nombre de los ecosistemas amenazados (74).

III.3. Haciendo realidad los derechos de la naturaleza

Los movimientos sociales, especialmente los indígenas, han sido los promotores
de la perspectiva «biocentrista», basada en la cosmovisión, valores y demandas del
reconocimiento jurídico de los derechos de la naturaleza. No obstante, resulta del
todo necesario analizar la efectividad de estos derechos más allá del reconocimiento
jurídico formal. En este sentido, la práctica ha abarcado no solo la protección de la na-
turaleza en sí, sino también la protección de bienes inmateriales y espirituales, que
garantizan su preservación, como la protección de sitios sagrados o de los conoci-
mientos ancestrales.
El primer caso en que se tuvo conocimiento de aplicación judicial de los dere-
chos de la naturaleza se dio en el año 2011. La Acción de Protección, resuelta en se-
gunda instancia por la Sala Penal de la Corte Provincial de Loja (75), fue presentada
por Richard Frederick Wheeler y Eleanos Geer Huddle en contra del Gobierno Pro-
vincial de Loja «a favor de la Naturaleza particularmente a favor del río Vilcabamba»
por los trabajos de ampliación de la carretera Vilcabamba-Quinara. En su demanda
se refieren, además, a los daños que sufrió su propiedad y las vecinas. La Sala con-
cedió el recurso, acceptando que «la acción de protección resulta la única vía idó-
nea y eficaz para poner fin y remediar de manera inmediata un daño ambiental foca-
lizado» y aplicando el principio de precaución, dicen los jueces «...hasta tanto se
demuestre objetivamente que no existe la probabilidad o el peligro cierto de que las
tareas que se realicen en una determinada zona produzcan contaminación o conlle-
ven daño ambiental, es deber de los Jueces constitucionales propender de inme-
diato al resguardo y hacer efectiva la tutela judicial de los derechos de la Naturaleza,
efectuando lo que fuera necesario para evitar que sea contaminada, o remediar. Nó-
tese que consideramos incluso que en relación al medio ambiente no se trabaja
sólo con la certeza de daño sino que se apunta a la probabilidad...» (76).

(74) Para más información: http://earthlawcenter.org/static/uploads/documents/Marcellus_Shale_Ord_Pitts-


burgh_1.pdf (consultado el 2 de agosto 2014). También en la ciudad de Santa Mónica se adoptó el 12 de marzo
de 2013 la «Ordinance of the City Council of the city of Santa Monica establishing sustainability rights», dispo-
nible en: http://www.smgov.net/departments/council/agendas/2013/20130312/s2013031207-C-1.htm (consulta-
do el 2 de agosto 2014).
(75) Sentencia Causa de 30 de marzo del 2011, Acción de Protección No. 11121-2011-00010, Sala Penal de la
Corte Provincial de Loja. Wheeler versus Director de la Procuraduria General Del Estado en Loja, Juicio) http://
therightsofnature.org/first-ron-case-ecuador/(consultado 23 junio 2014).
(76) Ibíd., considerando quinto.

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La Sala recuerda asimismo que la Constitución «...sin precedente en la historia de


la humanidad, reconoce a la naturaleza como sujeto de derechos...»; asume como un
hecho evidente e indiscutible la «importancia de la Naturaleza», a tal punto que consi-
dera «que cualquier argumento respecto a ello resulta sucinto y redundante», incorpo-
rando en la decisión la idea de que los daños causados a ella son «daños generaciona-
les», que define como «aquéllos que por su magnitud repercuten no sólo en la
generación actual sino que sus efectos van a impactar en las generaciones
futuras...» (77). Además modifica la carga de la prueba liberando a los accionantes de
probar los perjuicios, estableciendo que es el «...Gobierno Provincial de Loja tenía que
aportar pruebas ciertas de que la actividad de abrir una carretera no afecta ni afectará
el medio ambiente, Sería inadmisible el rechazo de una acción de protección a favor
de la Naturaleza por no haberse arrimado prueba, pues en caso de probables, posibles
o bien que puedan presumirse ya provocado su daño ambiental por contaminación,
deberá acreditar su inexistencia no sólo quien éste en las mejores condiciones de ha-
cerlo sino quien precisamente sostiene irónicamente que tal daño no existe...» (78).
Pese al entusiasmo que provocó este fallo en los defensores del reconocimiento
de la naturaleza como sujeto de derechos, la Sala no niega la posibilidad de la obra,
sino que establece que debe hacerse respetando «los derechos de la Naturaleza» sin
especificar como se los vulneró, se limita a repetir el texto constitucional: «se está
violentando el derecho que la Naturaleza tiene de que se le respete integralmente su
existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructuras, fun-
ciones y procesos evolutivos». En realidad, todo el razonamiento se reconduce hacía
el derecho humano al medio ambiente sano, de hecho la acción parte de la defensa
de un interés particular «En cuanto al alegato ... de que la población ... necesita carre-
teras, es de indicar que: en caso de conflicto entre dos intereses protegidos (sic)
constitucionalmente, la solución debe ser encontrada de acuerdo con los elementos
jurídicos que proporcione el caso concreto y a la luz de los principios y valores consti-
tucionales. Esta labor de interpretación es función primordial del Juez constitucional.
Pero en este caso no hay qué ponderar porque no hay colisión de derechos constitu-
cionales, ni sacrificio de uno de ellos, pues no se trata de que no se ensanche la ca-
rretera Vilcabamba-Quinara, sino que se haga respetando los derechos constituciona-
les de la Naturaleza. En todo caso, el interés de esas poblaciones en una carretera
resulta minorado comparándolo con el interés a un medio ambiente sano que abarca
un mayor número de personas» (79). En consecuencia, la sentencia declara que el
Consejo Provincial es responsable por los daños causados, ordenándole que se aco-
jan las recomendaciones ambientales y pida disculpas públicas por iniciar la construc-
ción de una carretera sin contar con el licenciamiento ambiental.
También en Ecuador, el 26 de noviembre de 2010, una alianza internacional de ac-
tivistas del medio ambiente presentó una demanda en contra de British Petroleum
(BP) en el Tribunal Constitucional ecuatoriano, en defensa de los Derechos de la Natu-
raleza, que se reconocen en la Constitución ecuatoriana de 2008. El grupo incluía a
Nnimmo Bassey de Nigeria y Vandana Shiva de la India (ambos ganadores del Right

(77) Ibíd., considerandos séptimo y octavo.


(78) Ibíd., considerando décimo.
(79) Ibíd., considerando decimosegundo.

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Livelihood Award), y activistas de México, Perú y Ecuador, entre ellos el Presidente


del Panel de Revisión Constitucional de Ecuador. En este sentido, la Constitución
ecuatoriana reconoce el derecho de la naturaleza para ser restaurado y permite que
un ciudadano o grupo para presentar un caso ante la Corte Constitucional de Ecuador
por una violación que ocurre en un país diferente, pero que afecta a la Tierra en su
conjunto. En lugar de buscar una compensación económica, la coalición pide a BP a
que divulgue los datos e información sobre la destrucción ecológica causada por el
derrame de petróleo, y que se abstenga de BP desde la extracción hasta el petróleo
bajo tierra, ya que se derramaron en el Golfo de México desastre (80).
Siguiendo con este reconocimiento de la naturaleza como sujeto de derechos, en
Belice, el Presidente del Tribunal Supremo dictaminó en 2010 que un arrecife no es pro-
piedad, sino un ser vivo que forma parte del patrimonio nacional de Belice y no puede
ser sacrificado a los intereses comerciales (81). El caso se situa en el 13 de enero de
2009, cuando un buque de carga chocó con el Arrecife Mesoamericano, cerca de Caye
Glory en Belice, dañando 6.000 metros cuadrados de arrecife prístino. El arrecife meso-
americano con más de 225 millones de años, es el mayor arrecife de coral en el Océano
Atlántico y alberga más de 60 especies de los arrecifes de coral y 500 especies de pe-
ces. El Tribunal consideró la compañía naviera responsable y le obligaba a pagar $ 11 mi-
llones de dólares de Belice (5,5 millones de dólares), más un interés del 3% anual para
la pérdida ambiental y ecológica y el costo de los servicios de restauración.
En esta línea, también es interesante analizar como desde 1997, Oxlajuj Ajpop,
una organización de líderes espirituales mayas indígenas ha estado abogando por y
en desarrollo, una propuesta de Ley de Lugares Sagrados en consulta con las comu-
nidades indígenas. Este proyecto de ley tiene por objeto garantizar el reconocimiento
de los sitios sagrados y territorios y su gobernabilidad, el acceso, el uso y la conser-
vación de las comunidades. Y a pesar de no haber sido aceptada aún por todos los
miembros del Congreso de la República y el gobierno, las negociaciones continuan.
Oxlajuj Ajpop también está pidiendo una nueva Constitución y la reforma legal que
respete la madre tierra, los ecosistemas y los territorios indígenas, y un Estado plura-
lista «social y legalmente» (82).
En 2012, los «Custodios de los sitios sagrados naturales» de Kenya, Sudáfrica, Etio-
pía y Uganda adoptaron una Declaración de leyes consuetudinarias africanas comunes
para la Protección de los Sitios Sagrados Naturales, en Nanyuki, Kenia (83). La Declara-

(80) Consultar el documento ‘Justice for the Earth Community: Defending the Rights of Nature and Holding
Corporations to Account’, Gaia Learning Centre, September 2011.
(81) Supreme Court OF Belize, A.D. 2009 Claim No. 45 OF 2009 Admiralty the Attorney General of Belize Clai-
mant between and Ms Westerhaven Schiffahrts GMBH & CO KG 1rst Defendant Reider Shipping BV 2nd De-
fendant; y también consultar Court of Appeal of Belize, A.D. 2011 Civil Appeal No. 19, 2010, between: Ms Wes-
terhaven Schiffahrts GMBH & CO KG Redier Shipping BV vs. The Attorney General of Belize respondent.
(82) Consultar el documento de la Organización para la recuperación, conservación, dignificación y administra-
ción de los lugares sagrados Mayas (NIM Q’ATB’AL TZIJ KECH AJQ’IJAB’OXLAJUJ AJPOP), de 18 de enero de
2008, Conferencia Nacional de Ministros de la Espiritualidad Maya de Guatemala -Oxlajuj Ajpop. Disponible en:
http://sacrednaturalsites.org/es/items/nim-qatbal-tzij-kech-ajqijab-oxlajuj-ajpop/?COLLCC=1422104073 (consul-
tado 23 junio 2014).
(83) Ver «Statement of Common African Customary Laws for the Protection of Sacred Sites», 28 april 2012, Nanyu-
ki Custodian Meeting, Kenya. Disponible en línea en: http://sacrednaturalsites.org/es/items/statement-of-the-com-
mon-african-customary-laws-for-the-protection-of-sacred-sites/?COLLCC=1400401888 (consultado 23 junio 2014).

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ción reconoce que los sitios sagrados naturales y territorios son lugares de importancia
ecológica, espiritual y cultural, donde las leyes y los límites del ecosistema deben ser
respetados. La Declaración proporciona una importante orientación sobre cómo los si-
tios sagrados naturales deben ser respetados como áreas prohibidas para cualquier ac-
tividad, con excepción de las prácticas espirituales necesarias, y que los sistemas de
gobierno tradicionales de las comunidades depositarias deben ser reconocidos.
A parte de estos casos, es meritorio mencionar que el 17 de enero de 2014 se ins-
tauró el primer Tribunal Ético Permanente por los Derechos de la Naturaleza y de la Ma-
dre Tierra, gracias a la Alianza Mundial para los Derechos de la Naturaleza. Su sesión in-
augural, a la que asistiron más de 400 personas, se celebró en Quito, Ecuador, el país
en el que se reconocieron, por primera vez, estos derechos a nivel Constitucional. El Tri-
bunal, presidido por Vandana Shiva, celebró esta primera audiencia preliminar para de-
terminar la admisibilidad de numerosos casos relativos a los derechos de la naturaleza,
incluidos los afectados por la minería y la agricultura comercial. La vocación de este Tri-
bunal es impulsar el establecimiento de un futuro Tribunal permanente que contribuya al
desarrollo de la normativa que reconoce los derechos de la naturaleza. El Tribunal cele-
brará sus sesiones en distintos lugares del mundo, por ejemplo, en las negociaciones
sobre cambio climático (COP 20) en Lima en diciembre de 2014 (84).
Está iniciativa surgió y fue la expresión de la acción coordinada de un amplio con-
junto de movimientos y organizaciones sociales de distintas partes del mundo, todos
movilizados por la voluntad de denunciar las agresiones que sufre la naturaleza y que
viene sufriendo desde los últimos, sistemáticamente y cada vez con más intensidad,
en nombre del «progreso». Este Tribunal, pionero en la búsqueda de construir cami-
nos de justicia global frente a los delitos contra la vida en sus fuentes, se constituyó
como una plataforma permanente para escuchar y juzgar casos de violación a los de-
rechos de la Madre Tierra sucedidos alrededor del mundo.
Los primeros miembros del Tribunal Ético por los Derechos de la Naturaleza y la
Madre Tierra fueron: Alberto Acosta, economista y ex presidente de la Asamblea
Constituyente del Ecuador; Blanca Chancoso, lideresa kichwa y educadora de Cotaca-
chi, Ecuador; Cormac Cullinan, abogado y autor (Ley Salvaje, Wild Law), Earth Demo-
cracy Coop, Cape Town, South Africa; Tom Goldtooth, Dine’/Dakota director de Indige-
nous Environmental Network de Minnesota, EEUU; Julio César Trujillo, abogado
constitucionalista representante de Yasunidos, Ecuador; Elsie Monge, activista de De-
rechos Humanos y Presidenta de CEDHU y FIDH, Ecuador; Atossa Soltani, fundadora
y directora de Amazon Watch, EEUU; Enrique Viale, abogado ambientalista y activista
de Argentina; y Tantoo Cardinal, actriz (Danza con Lobos) y activista contra las arenas
bituminosas, Canadá. En la primera sesión del Tribunal Ético Permanente de los Dere-
chos de la Naturaleza participaron representantes de Australia, Suiza, Sudáfrica, Esta-
dos Unidos, España, Canadá, India, Rumania, Bolivia, Argentina e Inglaterra, Colom-
bia, Alemania, Francia, así como de Ecuador.

(84) Para más información: «La Explotación Petrolera en el Parque Nacional Yasuní y los Derechos de
la Naturaleza», de Carlos Larrea, disponible en http://therightsofnature.org/wp-content/uploads/ITTDere-
chosNaturaleza.pdf (consultado 23 junio 2014). De Alberto Acosta, disponible en http://therightsofnature.
org/alberto-acosta-yasuni-itt-case/, (consultado 23 junio 2014) y también consultar la siguiente informa-
ción en línea, visitada el 23 junio 2014, en: https://www.youtube.com/watch?v=LrD7CdQMA6g y http://
derechosdelanaturaleza.org/.

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Resulta coherente que el Tribunal de los Derechos de la Naturaleza se origine en


Ecuador, primer país en reconocer estos derechos en su Constitución. Es irónico, sin em-
bargo, que Ecuador haya abandonado su liderazgo y su compromiso de respetar los De-
rechos de la Naturaleza establecidos en su Constitución, que fuera aprobada mayoritaria-
mente por el pueblo ecuatoriano en las urnas. El Gobierno de Ecuador, actualmente,
promueve la ampliación de la explotación petrolera y la minera a gran escala, amena-
zando tres millones de hectáreas de sus bosques amazónicos remanentes, mientras ac-
tiva una sistemática campaña contra aquellas personas y organizaciones que defienden
los derechos de la Madre Tierra, protegidos por la Constitución ecuatioriana. La criminali-
zación de la resistencia popular es, sin duda, la herramienta gubernamental para seguir
ampliando el extractivismo: megaminería, petróleo, agrocombustibles, etc.
Durante su sólida argumentación para admitir al caso Yasuní-ITT y debido a las
amenazas urgentes, el Tribunal aceptó establecer una sala especial para procesar in-
mediatamente ese tema y el caso del ostigamiento a los defensores de la Naturaleza,
incluyendo a los recolectores de firmas para la consulta popular, con las que se quería
frenar la explotación del crudo en el Yasuní-ITT. Adicionalmente habría que considerar
la suspensión de las actividades extractivistas en el bloque 31 y en el 43 (ITT) y una
auditoría general para todas las actividades en el Parque Nacional Yasuní.
Después de todo un día de sesión, con presentaciones y deliberaciones, el Tribu-
nal tomó la decisión unánime de admitir nueve casos considerados emblemáticos en
la violación a los Derechos de la Naturaleza. Se presentaron seis casos puntuales: la
contaminación del caso Chevron-Texaco (Ecuador); el derrame de la British Petroleum
(BP) en la plataforma Deep Horizon (EEUU); el proyecto de extracción de petróleo en
el Yasuní-ITT (Ecuador); la amenaza contra el Gran Arrecife de Coral debido a la minería
de carbón (Australia); la minería metálica a cielo abierto en la cordillera del Cóndor, el
caso del yacimiento Mirador (Ecuador); y los casos de fractura hidráulica (EEUU). Se
admitieron además dos casos de escala global que representan violaciones sistémi-
cas de los Derechos de la Madre Tierra: la amenaza de los organismos genéticamente
modificados o transgénicos y el cambio climático. Finalmente, el Tribunal estableció la
fecha para la siguiente sesión del Tribunal para diciembre de 2014 en Lima, Perú, en
ocasión, como ya se ha mencionado, de la XX Conferencia de las Partes de la Conven-
ción Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
Todos estos casos ejemplifican, en mayor o menor medida, ciertos cambios en la
forma de proteger el medio ambiente, que se alejan de la perspectiva tradicional an-
tropogénica.

IV. Conclusiones

La concienciación ambiental, generada por la degradación progresiva del medio


ambiente, ha conllevado desde diferentes ámbitos el reclamo de un reconocimiento
formal de la importancia de la protección del medio ambiente para el bienestar del ser
humano. Sin embargo, la aproximación antropocentrista de protección del medio am-
biente no ha sido suficiente, por ello la nueva perspectiva biocéntrica se abre camino
alejándose del modelo de desarrollo occidental a una visión más holística, basada en
los conceptos indígenas, como el de «Vivir bien» o «Buen vivir», y permite la evolu-
ción del «derecho al ambiente sano» a «los derechos de la naturaleza». La concepción

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de la dimensión ambiental como una parte integrante de la realización de los dere-


chos humanos ha contribuido a una mayor falta de atención de la protección ambien-
tal en beneficio del bienestar humano. La consecuencia ha sido la supeditación del
bienestar de los ecosistemas a la satisfacción de los intereses humanos, no siempre
respetuosos con los ciclos naturales.
La nueva orientación de la protección ambiental, que se ha examinado en este ar-
tículo, establece una nueva relación entre el hombre y la naturaleza y la armonía entre
ambos, que debe de ser preservada como garantía de su regeneración. Es decir, los
Estados estarían obligados a priorizar el bienestar de sus ciudadanos y el mundo natu-
ral, desarrollando políticas públicas que promuevan la sostenibilidad y el control de las
industrias. La economía nacional debería operar dentro de los límites de la naturaleza:
esta, sin duda, no será una tarea fácil. Lo que puede parecer una utopía, poco a poco
está siendo una realidad en numerosos países del mundo. La clave está en cambiar
las políticas y las leyes relacionadas con el ambiente, que simplemente codifican su
contaminación y destrucción.
A pesar de las posibles contradicciones a nivel práctico, las nuevas regulaciones
emergentes basadas en el enfoque biocentrista plantean, al menos, la necesidad
del hombre de cambiar la manera en la que trata a la naturaleza. Esta nueva concep-
ción aun no ha sido trasladada de forma generalizada al mundo de las leyes y las po-
líticas, ni a la sociedad en general. No obstante, se observan cambios, que recor-
dando al profesor Martín Mateo, advierten el camino a una «revolución ambiental
pendiente» (85).

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(85) MARTÍN MATEO, RAMON, La revolución ambiental pendiente, Universidad de Alicante, 1999.

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Trabajo recibido el 19 de septiembre de 2014.


Aceptado por el Consejo de Redacción el 10 de octubre de 2014.

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LABURPENA: Ingurumenak —giza ongizatearen zerbitzura dagoen ondasun juridiko


babestuak— giza eskubideak indartu eta bidea eman die eskubide berriei, adibidez inguru-
men osasungarriaren eskubideari, munduko konstituzio askotan onartua. Nolanahi ere, in-
gurumena hondatzeak agerian jarri du hura babesteko eta lehengoratzeko tresna juridikoen
eskasia. Gero eta larriagoa eta kezkagarriagoa den ingurumen-krisiak zalantzan jarri du giza-
kiak naturarekin duen harremana, eta nabarmen utzi du ingurumena babesteko ikuspegi an-
tropozentristaren porrota. Horren aurrean, lege-aldaketa txiki baina garrantzitsuak hasi dira
agertzen hainbat arautegitan, ingurumenaren babesa bideratuz, Natura pertsona juridikotzat
hartu eta hari eskubideak emanez zuzenbideko beste edozein subjekturi bezala. Ikuspegi
berri hori, zalantzarik gabe, urrats berri bat da Ingurumen Zuzenbidearen eboluzioan, eta
ezinbesteko erreferentzia da Martín Mateo eta Demetrio Loperena Rota irakasleen lana.
HITZ GAKOAK: Ingurumena. Ingurumen osasungarriaren eskubidea. Naturaren eskubi-
deak. Ongi bizitzea. Biozentrismoa.

RESUMEN: El medio ambiente, concebido como bien jurídico de protección, al servicio


del bienestar humano ha reforzado los derechos humanos e incluso ha permitido la emer-
gencia de nuevos derechos, como el derecho a un medio ambiente saludable reconocido
en muchas constituciones del mundo. No obstante, la degradación ambiental ha puesto en
evidencia la insuficiencia de los instrumentos jurídicios para prevenir, proteger y restaurar el
entorno. La creciente y preocupante crisis ambiental no solo cuestiona la relación del ser hu-
mano con la naturaleza, sino que a su vez evidencia el fracaso de la perspectiva antropocen-
trista de proteger el medio ambiente. Frente a esta realidad empiezan a aflorar tímidos, pero
importantes cambios jurídicos en diferentes sistemas normativos, que reorientan la protec-
ción ambiental, reconociendo la Naturaleza como persona jurídica y atribuyéndole derechos
exigibles ante cualquier otro sujeto de derecho. Esta perspectiva abre, sin lugar a dudas, una
nueva etapa en la evolución del Derecho ambiental, que deja como referencia imprescindible
la obra heredada de los profesores Martín Mateo y Demetrio Loperena Rota.
PALABRAS CLAVE: Medio ambiente. Derecho humano a un medio ambiente sano.
Derechos de la naturaleza. Vivir bien. Biocentrismo.

ABSTRACT: Enviroment as a legal right worthy of protection to the service of the


human welfare has reinforced human rights and has even allowed the arising of new
rights, as the right to a healty enviroment acknowledged in many Constitutions of the
world. Nevertheless, enviromental deterioration has revealed the insufficiency of legal
instruments to prevent, protect and restore sorroundings. The growing and worrying
enviromental crisis does not only call into question the relationship of human beings with
nature but also the failure of protecting enviroment froom a human centered perspective.
In from of that reality, timids but important legal changes are appearing in different
normative systems that reorientate the enviromental protection recognizing Nature as a
legal person with enforceable rights vis-a-vis any other individual subject to the law. This
approach undoubtely opens a new stage in the evolution of enviromental law which leaves
as a essential reference the inherited work of professors Martín Mateo and Demetrio
Loperena Rota.
KEYWORDS: Enviroment. Human Right to a healthy enviroment. Rights of the Nature.
Living well. Biocentrism.

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