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Matías Heer

A cabin on da wata

En la casa herrumbrada del pescador supremo,


Miguel, me paseo en busca
de una solución a los renacimientos
¿cuántas veces faccionar y refaccionarse,
el bote encallado en la orilla
renacido de entre la idea
de unas tablas desvencijadas?
Me acodo en el tablón del muelle
de la casa herrumbrada del pescador supremo,
Miguel, de boca al mar plato
bajo el goteo de la canilla de unas nubes,
gordas y negras. Un elemento solitario
de la naturaleza salta,
engulle y se dispara
por entre la efervescencia salitre
para reunirse con un cardumen de otra especie,
más naranja y social, bajo la proa de un velero.
No los quiere devorar, lo notan y lo toleran,
se camufa y renace en otra especie
por el tiempo que dicte su digestión,
su necesidad de ocultarse
que no es más que debilidad,
momentánea acaso, pero debilidad al fn,
la misma que me hace abandonar el tablón,
dar la espalda al viento salitre, inmiscuirme
en el herrumbre de la casa donde los hijos
del pescador supremo, Miguel,
cada cual en su vaina, me miran
los saludo: buen día y no me responden,
aunque me dejan estar, camufarme,
mientras digiero la idea de nuevo comienzo.
Stany Band

Todos los seres necesitan alimento,


pero el alimento llega a su tiempo,

la lluvia refresca lo que crece y provee;


la lluvia llega por sí misma,

no la podemos hacer venir,


ni podemos regar escupiendo,

no se trata de agitarse,
sulfurarse en la debilidad,

tranca, el momento propicio


llegará, si eres sincero, tendrás brillo;

pero sé sincero: aguas marinas y rayas,


alfombras en desuso puestas por inercia en la puerta

de un mar cerrado a contestar algo,


hay que ser imbécil, igual,

para preguntarle algo


al perreo de las olas;

no porque la vida
la tierra, las piedras, los aires del mundo,

no porque en su frente de playa


se formen nubes serenas,

no porque atente contra nuestra risa veraniega con un tsunami,


tiene conciencia de algo
no, el mar, sólo se revuelve con asco hacia sí mismo,
remueve la mugre en la orilla,

destraba a las piedras de su inmovilidad asumida,


desplaza cangrejales y conchas, sustrae

y revela cadáveres, crece y despierta


a los que ensiestan en la playa mojándoles los pies,

genitales enarenados de la iguana


sin rumbo coloreándose en busca de alimento,

hogar, los colores subsidiarios del espacio a su piel,


he visto mujeres parir frente a la orilla,

amigos enfermarse de dengue, que suene otra ola,


que gima la trola, pero no he visto tu despedida,

porque no pasaste, porque quizás ni te importo,


quizás te dió pudor, quizás nada,

normal, o estas tirada, descuartizada


en un tacho, o dormida con tu novio

en la tostadora de tu cuarto,
o viajando en moto con el Mime

rumbo a Huanchaco cargados de coca


para vender y tomar,

para no elegir, escuchás ese track


que dice que no te gastes en enamorarte
de quien no desea enamorarse,
no me gasto, no soy dinero,

te memoricé para que no pase el tiempo,


pero las acciones que subsiguieron

me trajeron a este mar abierto


a recordarte sin ánimo.
In a mi cup

Llueve, me vengo al muelle de la casa


a ver el eco circular de las gotas en el mar.
Apoyo una taza rajada por el calor
en un tablón no que aqueja impacto
socavado como está por las termitas.
A mí me duele un poco la panza
y mi café sabe a arroz. El gato
atigra en las tablas, me mira
y se relame. Días en los que la realidad
se muestra tajada y dividida.
Cada elemento se pertenece.
Hay tigres que llegaron por camalote
desde la amazonía hasta el litoral.
Acá no hay camalotes, la tierra,
en algún punto, frme
se amarra a sí misma. El agua sabe a sal,
el café salado y al tabaco cuesta fumarlo
por la humedad y no ofrece
ningún contraste
como en las sierras gélidas;
todo luce atragantado en la humedad.
Un antillano deja una guitarra sobre un banco
donde se mete un geco,
mientras gran parte del pueblo
se prepara para una farra bajo lluvia,
el mar, las olas, los espectros de la selva,
los incitan igual a festejar
y no caer, por ejemplo, en la ridícula melancolía
de un pescador que vendió su muelle
por décimos y ahora duerme
en una plaza con un par de mitos
de él y el mar a sus espaldas,
a mi espalda el viento raspa los pelos
y los modela como si fueran de arena
mis empujes vitales
aquellos me trajeron hasta este mar
donde no hay camalotes,
donde estoy que vengo como el gato
que atigra en la madera rancia,
devolviendo cierta dulzura juvenil
al muelle desmoronado, huellas
no hay mías ya en la montaña
y las de la playa el agua
las desdibuja pronto.
Acaso el mirar a un punto originario,
el primer mar conquistado,
me hará más realista
que un pasado terco y torpe
de una ciudad cosmopolita
donde mi madre cambia de canal
para olvidar a los muertos
donde sí hay camalotes:
tierra amortajada
por una planta inforecente.
2

Aquella taza de café, solitaria,


quedó varada en las tablas
que auspician de mirador al mar.
La taza tiene toda mi mañana
contemplada de a sorbos.
Incluso, en su borra, veo las zambullidas
de otros días, incluso, presiento
las futuras. Detrás, albatros
se han desplegado a la pesca
y un pelícano es el que se inmiscuye
en las aguas, para que luego
aves de menores dimensiones,
después de planear en círculos,
recojan pescados de la misma ambición
que no caben en sus picos,
los suelten y terminen
derrotados, arrojando carnes
masticadas al mar. Como si se tratara
de algún tipo de altruismo ecológico
cardúmenes de diminutos peces
despedazan la carne muerta.
La taza, con cierta impertinencia,
se mantiene estática delante de la danza
de la pesca, de la cacería de vuelo alto
y nado de superfcie; los peces
no pueden ver
que de lo alto viene su muerte
ni pueden prever que en el fondo
quedan sus huevos y su misión
en la especie, que avanza a ciegas
en la vida del globo, ha sido realizada
y que muertos o vivos, a esta altura,
da igual. La taza
sigue imperturbable y si no fuera
por mi vista que mira
el vuelo de lo alto,
el nado de la bajo,
el equilibrio en la loza imperturbable de la taza,
esa taza no tendría lugar en ninguna
otra vida
permanecería inmóvil, secuestrada
de la dinámica
efímera y deslumbrante.
La plenitud del relámpago,
el surco de la lancha,
el nado de la raya.
Bocas luv

En el banco de arena, tras el barco abandonado,


a quince minutos de nado constante del embarcadero
donde habito, entre la mar evaporada, hay
un cuerpo femenino. Camina hacia mi muelle.
El refejo del sol en el agua le mueve las curvas.
Se detiene: panea el horizonte que me encuadra.
Me halago de la pequeña posibilidad, permitida
por la distancia y la invisibilidad de sus ojos,
de que me observe, incluso desee. Sorprendida
revisa el mar a sus pies, se pone en cuclillas,
quizás un alga balanceó su fsiología neuronal
y reveló cierta belleza marina a la que le es indiferente
su estructura en términos estéticos. Hundo
mi sonrisa alusiva que ya luce estúpida
en la uniformidad de mi cara. La mujer difusa
retrocede con susto y como el temor al mar
se explica con miedos personales, me imagino
que vio su refejo en lo cristalino, pero al acercar
la mano y revolver el agua no pudo desvanecerse.
Se vuelve a erguir: ha soltado el temblor de la mente
al enfocar unas palmeras peinándose y recuerda
lugares paradisiacos, charlas sobre lugares
paradisíacos y la inmunidad de los que volvieron
para contarlo. Arrima a su balsa y se me pierde
tras el barco abandonado que, a modo de corona mortuoria,
le han dejado unas macetas con hierbas, recuerdos
de tierra frme en un camalote de hierro desprendido
del pueblo mohoso y metálico. Me esperanzo con el amor:
ella vendrá todos los días para que la observe
y luego fje mi atención en un papel
como ella en su refejo. uelve, me entusiasmo,
se encima al punto superior de la giba de arena,
aparece un hombre y la abraza por detrás, me confundo,
con el cuerpo húmedo y salado, pronuncian
unas palabras que recela de mí la distancia.
Ella, al parecer, dice algo inoportuno,
él reacciona mal y agita sus brazos. No,
no quiere imitar al gallinazo sobre el techo
de mi casa. Se van en la balsa, tambaleante,
con los cuerpos tensos y las caras rojas. El mar
planchado, el verde palmeral, pese a la lluvia,
no destiñe y más bien prepara su explosión
para los brochazos rosas de la tarde.
oy a equilibrar la escena: nado
hasta el banco de arena y no hay huellas,
ni refejo, unos peces surcan el agua
y no han retenido ningún perfume.
Hincho los pulmones, busco algún horizonte
que me quite algo de encima y me percato
que desde el barco con la bandera de enezuela,
ella me observa y luego fja su atención sobre las manos
en las cuerdas de una guitarra percudida por la sal.
Noche estrellada, sin luna.
Las aguas mansas duplican.
Un cardúmen fuorece, pero no ciega,
las únicas luces capaces de encandilarme
los milenios estelares
son la de los precarios embarcaderos
luego de amarrarme a ellos un rato.
Los gatos de la casa no aparecen,
salieron a cazar; los murciélagos
relampaguean, pican y se llevan una joya escamada
bajo los aleros de bambú.
Algunos botes regurgitan, las rayas
como fantasmas se aparecen
por entre las fosforescencias marinas.
También están de caza.
Deduzco que 10 metros debajo
un pez león sumerge su fgura
entre los corales y plásticos del fondo
y liquida a un pez con un azote de púa
de una manera anodina. A esta hora,
cuarto a las doce, la alimentación
parece poner en funcionamiento
los organismos a mi alrededor. Sin embargo,
los bares y restaurantes ya han cerrado
en Bocas Town, apenas
dos o tres carritos de papi pollo con patacón
y chuzos, permanecen iluminados
y humeantes cerca de los boliches turísticos.
Yo no comí. Se me retuerce la panza,
trago saliva y me engaño
con sabores de hace horas
encallados en los molares.
Salí, más bien, a cazar el orden
que impone la alimentación nocturna:
una fna cadena alimenticia
donde al hombre le toca, al fn,
observar y hacer perecer su ambición
en el espectro de una raya
que lenta se desplaza hacia el fondo
de la arena para unirse al suelo,
en un rito abyecto lleno de igualdad
como si en la vida
no hubieran contrastes.
Tratado de Panamá

Mañana de lluvia en la isla, lo gris afecta al verde.


Las aves, chispas. Los departamentos caros vistos
por la ventana del comedor donde sorbo,
desde este espacio rentado al chino Sam,
un café de Chiriquí, donde tiempos ha
que estancian potentados panameños.
Me tiembla un romance y la frontera está complicada.
Se fue de voluntaria en un barco hasta Cartagena.
La extraño, ayer dormí entre la ropa sucia que dejó,
la quería oler pero tenía la nariz tapada.
Aún sigo resfriado y eso tara el recuerdo de sus olores.
La extraño más porque ni siquiera puedo recordar
lo que ayer era un hecho: su aroma a sexo juvenil.
Me lastimó, sí, pero todo puede perdonarse
cuando al ego lo entendemos como una excusa
para comunicarnos. El perdón está más allá
del ego. Puedo perdonar también
los departamentos caros en frente mío
en vez de juzgarlos como mejores condiciones
de vida y desarrollo. Ellos no tienen en mente mis poemas,
yo no tengo en mente sus salarios.
Panamá – Costa Rica - Nicaragua – Guatemala – México - Cuba

2016-2017

Banghoo,
Linux Mint

Avenir Frutinger

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