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Fíbulas francas del s.

VI

No fue sino hasta al siglo XVII que el concepto


de Edad Media adquirió categoría
historiográfica, al ser utilizado por el filólogo e
historiador alemán Cristóbal Keller (1638-
1707), aunque expresiones similares se pueden
encontrar ya desde mediados del siglo XV. El
término refleja un prejuicio muy difundido en
la época del humanismo italiano de los siglos
XV y XVI, que concebía los mil años que le
precedían como una época oscura, en la cual
campeó la barbarie, tiempos estériles durante
los cuales la Humanidad se sumió en la
ignorancia, en contraste con su propio
momento histórico, cuando -en palabras del
sabio Lorenzo Valla (1407-1457)- "las artes
liberales, a saber, la pintura, la escultura, la
modelación y la arquitectura (...), son
reactivadas en esta época y reviven y florece el
nacimiento grande de buenos artistas como de
literatos". Es por ello que Giorgio Vasari (1511-1574) hablará de una Rinascità;
este discípulo de Miguel Ángel llegará a sostener que el arte clásico -el único que
valía la pena para él- se agota en el siglo IV, para recomenzar, tímidamente, en el
siglo XIII, cuando fue posible ver "tanta luz en tanta tiniebla". Sea desde una
perspectiva estética (el arte medieval es bárbaro), sea desde una perspectiva
filológica (el latín medieval es también bárbaro), la Edad Media aparecía como
una época cuyo único mérito consistía en haber perdurado, obstinadamente,
durante todo un milenio, como llegó a sostener Michelet (1798-1874) en la segunda
edición de su Historia de Francia; sólo una interrupción entre el Mundo Antiguo y
el Mundo Moderno, que retomaba aquellos fundamentos clásicos despreciando
todo lo que el hombre había creado entre una etapa y otra. Se impuso, así, el
prejuicio del oscurantismo y la barbarie, con una fuerza tal que todavía hoy muchos
siguen pensando de esa manera, y aun cuando entre los historiadores exista
consenso respecto de que se trata de una visión errónea, el término Edad Media ha
prevalecido como una convención al momento de periodificar la Historia.

Se podría decir que, en cierto modo, la Edad Media sí estaba sumida en la


oscuridad; pero no porque fuese oscura en sí misma, sino por lo poco que de ella se
sabía. Entre los siglos XVII y XIX comenzó una lenta pero progresiva valorización
del Mundo Medieval, a medida que se publicaban grandes colecciones de fuentes y
documentos (las Acta Sanctorum, la Monumenta Germaniae Historica, el Rerum
Italicarum Scriptorum, el Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae, o las Patrología
Griega y Latina, entre otras).
En los últimos años los estudios históricos de la época que cubre desde el siglo V al
XV han hecho progresos notables; aplicando nuevas metodologías de estudio y
recurriendo a ciencias auxiliares de la historia (arqueología y filología, entre otras),
los estudiosos -Marc Bloch, Henri Pirenne, Louis Halphen, Georges Duby, Régine
Pernoud, Jacques Le Goff, por nombrar algunos, y, en nuestro país, los trabajos de
Héctor Herrera Cajas- han develado ante nuestros ojos un mundo enteramente
nuevo, donde no solamente comparecen hechos de carácter político, sino también
de índole social o económica, un mundo lleno de matices, aproximándose a la vida
cotidiana y a la mentalidad de la época. Hoy podemos comprender los tiempos
medievales como una rica etapa histórica durante la cual se formó nuestra
Civilización Cristiana Occidental a partir de diversos aportes culturales del
Mundo Antiguo, del judeo-cristianismo y, por cierto, del Mundo Bárbaro
(germanos, esteparios, musulmanes, etc.).

José Marín R.

El problema del cambio y transformación del Mundo Antiguo es lo que se ha


llamado "Temprana Edad Media" o, más recientemente, "Antigüedad Tardía",
una época de transición que marca el nacimiento de nuestra Civilización Cristiana
Occidental. Aunque es muy difícil establecer una fecha precisa de inicio, es
menester recordar que tradicionalmente se han propuesto los siguientes hitos
cronológicos: año 313, cuando, mediante el Edicto de Milán, el catolicismo es
legalmente aceptado dentro del Imperio Romano por Constantino el Grande, o,
parte del mismo proceso, el año 380, cuando el catolicismo se transforma en la
religión oficial del Imperio Romano; todavía en el siglo IV, el año 395, cuando
Teodosio el Grande divide el Imperio en una parte occidental y otra oriental, y,
desde ese momento, estaríamos frente a dos historias distintas: la de la Civilización
Cristiana Occidental, latina, y la de la Civilización Cristiana Oriental, greco-
eslava. En cuanto al siglo V, normalmente se asume que el año 410, cuando Roma
es saqueada por los visigodos, o el 476, cuando es depuesto el último emperador
romano en Occidente, son las fechas que marcan el fin del Mundo Grecorromano;
por último, hay quienes señalan que las estructuras del Mundo Antiguo se
prolongan hasta mediados o fines del siglo VIII, cuando se produce un giro
importante en la vida histórica del Mediterráneo al aparecer en el horizonte de la
historia la Civilización Islámica.

La verdad es que buscar una fecha precisa es irrelevante frente a lo que realmente
sucedió: un proceso gradual de cambio, sin alteraciones bruscas, y con matices
distintivos según el lugar y la época que se estudie. Durante este proceso no es
posible hablar de una ruptura total entre el Mundo Antiguo y la Edad Media, ya
que ésta conservó buena parte del legado de aquél, y tampoco de una continuidad
total, puesto que, a pesar de las permanencias, hubo cambios importantes y
significativos. Por ejemplo, la lengua latina puede ser un factor de continuidad,
pero el latín medieval sufrió cambios semánticos y fonológicos -entre otros-, que lo
distinguen claramente, y tales cambios no son sino una expresión de un proceso a
mayor escala, y que abarca desde el campo institucional hasta el nivel de las
mentalidades. Ni ruptura ni cambio, sino encuentro fecundo de tradiciones
culturales diversas que, en ciertas concepciones fundamentales, están en una
verdadera consonancia histórica, lo que permite que el proceso de cambio sea
paulatino y provechoso, y no violento y destructivo. En el fin del Mundo Antiguo
está la simiente del Mundo Medieval.
LA CRISIS DEL IMPERIO ROMANO

a. Visión de Conjunto

b. El Cristianismo y el Imperio

a. VISIÓN DE CONJUNTO
Entre los siglos III y V, el Imperio Romano, que había llevado sus conquistas desde
las Columnas de Hércules hasta los ríos Tigris y Eufrates y, en sentido norte-sur,
desde los ríos Rhin y Danubio hasta el norte de África, convirtiendo al Mar
Mediterráneo en un "lago romano", entró en un período de agudas crisis que,
finalmente, llevaron a su decadencia y caída. Conviene que nos detengamos un
momento en el tema de la crisis del Mundo Antiguo, puesto que es una crisis
originante, de manera que el fin es, al mismo tiempo, un comienzo, gracias a la
lucidez de los protagonistas de aquella época, que supieron rescatar lo mejor del
mundo que terminaba para fundar otro. Como sabemos, las crisis en sí no son
negativas, si se encuentran las respuestas históricas apropiadas; no obstante,
cuando ello no ocurre, se acumula una crisis detrás de otra, agravando cada vez
más la situación, llevando finalmente al colapso. Eso fue lo que, de una u otra
manera, aconteció con el Imperio Romano.

La crisis de Roma puede ser catalogada como una crisis total, por cuanto abarcó
prácticamente todos los niveles de existencia histórica. El fin del expansionismo
romano, por ejemplo, afectará a distintos ámbitos del Imperio; de algún modo,
significaba pasar del plano del ideal -la conquista del mundo, dada la vocación
universal de Roma-, al de la realidad -no es posible continuar expandiéndose más
allá de las fronteras, estabilizadas desde el s. III- y al de la ficción -esto es, se sigue
actuando como si el ideal ecuménico continuase vigente-. Sin conquistas, ya no
habrá botín, y, en consecuencia, faltará una importante fuente de recursos para el
estado así como un incentivo para el ejército. Éste, por su parte, no contaba con el
número suficiente de efectivos para defender las extensas fronteras, lo que obligó a
contratar bárbaros, especialmente germanos, tantos que, para el siglo IV, miles
(soldado) era sinónimo de bárbaro. Además, el ejército no estaba en buenas
condiciones para hacer frente a las acometidas -cada vez más numerosas- de los
bárbaros en las fronteras: a la indisciplina y falta de recursos y entrenamiento, hay
que agregar el hecho de que no se hicieron las innovaciones técnicas adecuadas
para enfrentar a los enemigos externos del Imperio. Contrasta este hieratismo
romano con el caso del Imperio Chino en el siglo II a.C., cuando, enfrentado a la
amenaza de los Hiung-nu (antepasados de los hunos), caballeros armados, se
cambió la táctica de guerra adoptando el sistema de caballería y repeliendo así en
forma exitosa a las hordas bárbaras. Roma, no obstante, siguió confiando en la
legión que había hecho grande al Imperio. Un ejército gravoso y poco efectivo
implicará que el imperio no es capaz de garantizar la paz dentro de sus fronteras,
lo que genera una inseguridad generalizada; algunos hombres poderosos
contratarán, en consecuencia, mercenarios a su servicio, los buccellarii, situación
anómala y que combatirá el Imperio -puesto que no se puede aceptar la existencia
de ejércitos privados dentro del estado-, aunque finalmente sin éxito.

Esto último, la crisis y decaimiento del espíritu militar, estará, pues, en directa
relación con el debilitamiento del espíritu cívico, público, que lleva a que la
ciudadanía ya no considere los cargos públicos como un honor sino como una
pesada carga. Un ejemplo es el de los curiales, funcionarios encargados de
recaudar los impuestos; una ley del año 396 prohibía a los curiales abandonar sus
puestos, por mostrarse impíos hacia la patria. Para evitar que los funcionarios o
los soldados dejasen sus puestos, el Imperio aplicó un sistema de fijación social: las
personas debían permanecer en sus ocupaciones y en sus lugares de nacimiento de
por vida, lo mismo que sus hijos. Ello implicaba, no obstante, una pérdida de
libertad del hombre, no ya un ciudadano, sino un súbdito de la Majestad Imperial.
Ésta, influida por las formas políticas orientales, especialmente de Persia, había
entrado en un proceso de absolutización y sacralización del poder, proceso que
alcanzará una acabada expresión con Diocleciano (284-305), emperador que aplicó
una serie de reformas que vinieron a dar un respiro a la agotada maquinaria
imperial; sin embargo, se trataba de medidas de alcance solamente temporal, que
no servirán para salvar Roma, aunque algunas de las reformas tendrán una
amplia repercusión en tiempos posteriores. Es, pues, con este emperador, que el
Imperio se convierte en una suerte de Monarquía Absoluta, en la cual el
emperador es un dios, cuya palabra tiene fuerza de ley, ante el cual hay que hacer
una profunda reverencia hasta caer postrado, llamada proskynesis; el culto
imperial se transforma en religión oficial del estado; es la época del Dominado,
porque el emperador es el "señor" (dominus). Entre otras medidas tomadas por
Diocleciano podemos nombrar la reforma monetaria, orientada a detener el
proceso inflacionario, la heredabilidad obligatoria de los oficios, el famoso Edicto
de Precios Máximos para combatir la carestía y la inflación, la descentralización de
la administración con el sistema de la Tetrarquía.

Roma tenía una economía de gasto, de conquista, y, a medida que avanzamos en el


tiempo, el gasto va en aumento, de tal manera que llega un momento en que las
necesidades exceden la capacidad de producción, y la insatisfacción de las primeras
acarrea a la larga frustración y pesimismo en la sociedad. El Imperio no tenía un
sistema productivo eficiente, no poseía industria ni capacidad de inversión; la
única salida para aumentar los ingresos del estado era elevar los impuestos, cuya
base será la tierra; ya que no se podía confiar en una moneda progresivamente
devaluada, se cobrará el tributo en especie (que implicaba normalmente la pérdida
de dos tercios de la recaudación), lo que es en la práctica una economía natural,
frente a la economía monetaria que había sido la nota característica de Roma. El
aumento del impuesto y el consiguiente agobio tributario se tradujo rápidamente
en elevados índices de evasión y corrupción; en un intento por detener este
fenómeno, la burocracia imperial se transforma en un sistema de fiscalización y el
Imperio en un verdadero "estado policíaco", utilizando una terminología
moderna..

Característico de esta época es, pues, el desequilibrio, entre la resistencia del limes
(frontera) y la presión de los bárbaros, entre el costo de la guerra y los recursos del
Imperio, entre producción y consumo, entre la atracción de la ciudad y la del
ámbito rural, entre la autoridad senatorial y la imperial, etc.

Además, se irá acentuando cada vez más la diferencia entre la Parte Occidental y
la Oriental del Imperio, ya dividido desde el año 395, a la muerte del emperador
Teodosio el Grande (379-395). El Occidente, eminentemente latino, empobrecido,
ruralizado, contrasta con el Oriente, esencialmente helénico, rico, con una
economía monetaria sólida, de carácter urbano y mejor defendido. A la larga, será
precisamente el Imperio Romano de Oriente el que logrará sobreponerse a las
adversidades, prolongando la historia de Roma por todo un milenio: es lo que
conocemos como Imperio Bizantino o Imperio Griego Medieval, que sólo caerá en
manos de los turcos en 1453. Occidente, agobiado por los problemas, morirá en 476
de enfermedad interna -algunos de cuyos síntomas hemos explicado brevemente-;
las invasiones bárbaras jugaron un rol importante en el proceso, es cierto, pero no
lo explican por completo.

b. EL CRISTIANISMO Y EL IMPERIO
No obstante la grave situación de Roma, en su seno anidaban fuerzas capaces de
sobrevivir al colapso y, aún más, proyectarse como pilares fundamentales del
mundo que surgiría de las ruinas de la Antigüedad. La lengua latina y la poderosa
cultura que traía aparejada, el sentido jurídico de la existencia y el orden que
descansa sobre él, son rasgos sobresalientes de la Civilización Grecorromana que
encontraremos también en la época Medieval. Pero será en el plano espiritual
donde se operarán transformaciones capaces de cambiar por completo el sentido
de la existencia.

La religión romana, un culto "jurídico", formalista y ritualista, confundido con la


vida cívica, como que los sacerdotes son en verdad magistrados, no proporcionaba
un referente espiritual adecuado en momentos de angustia y dolor como eran los
del Imperio en su fase terminal. En la población romana existía una aspiración a
una religión menos externa y más íntima, que fuese capaz no sólo de proporcionar
un equilibrio en la vida presente, sino una promesa de salvación. Era un ambiente
propicio para la proliferación de los cultos llamados soteriológicos (del gr. soter,
salvador) o mistéricos, de los cuales el más representativo es el culto a Mithra,
importado desde Persia por las legiones romanas, y que llegó a tener numerosos
adeptos. A las crisis económica, social, política, administrativa, urbana, militar, hay
que agregar, pues, una de tipo religioso.

Fue en esa atmósfera de inquietud espiritual que hizo su aparición el cristianismo


que logrará imponerse sobre los cultos paganos gracias, por una parte, a su férrea
organización, la Iglesia, a su sentido misional de carácter universal (católico), y,
por otra, a una nueva moral inspirada en los Evangelios (la Buena Nueva), que
recogen la vida y enseñanzas de Jesús, el Cristo, quien llama a los hombres a una
conversión interior y verdadera que libere el alma del pecado y la conduzca a la
Vida Eterna. Pedro, uno de los doce apóstoles y discípulo de Cristo, fue constituido
por Él como piedra fundante de la comunidad que llamamos Iglesia (del gr.
ecclesía) y que llegará a expandirse por todo el orbe romano gracias a la labor
misional de los apóstoles y sus sucesores, quienes aprovecharon la unidad
territorial y lingüística del Imperio. La comunidad de cristianos ordenaba su vida,
como se aprecia en los Hechos de los Apóstoles, en torno al amor Dei (amor de Dios)
y la caritas (caridad), el amor fraterno; en efecto, Cristo exige dos cosas de los
hombres: amar a Dios por sobre todas las cosas y amar al prójimo como a sí
mismo, aun a los enemigos; también la vida sacramental (la eucaristía, el bautismo,
etc.) caracterizará a la Iglesia. Ésta se organizará, según el modelo romano, en
Diócesis y Provincias, y el obispo (del gr. episcópos, vigilante), será la cabeza de
cada una de ellas; naturalmente, los obispos de las ciudades más importantes del
Imperio adquirieron preeminencia dentro de este cuadro organizativo. Así, al
obispo de Roma, por tratarse del sucesor de Pedro y por ser Roma la capital del
Imperio, le será reconocida, paulatinamente, la supremacía y preeminencia -es
decir, el primado- sobre todo el mundo cristiano.

El cristianismo es una religión histórica, no sólo porque nace en una época y un


tiempo determinados y conocidos, sino también porque asume una postura
histórica; la Iglesia existe en la Historia, pero participa de una Historia Sagrada,
puesto que es una fundación divina, lo que la hace una institución trascendente que
no se agota en la Historia. Es decir, el cristianismo nace y se expande dentro del
Imperio, asumiendo esa realidad temporal, al mismo tiempo que la trasciende. La
mirada del cristiano está puesta en un "allá-después", en la Promesa del Redentor,
pero sabe que es en el "aquí-ahora" donde y cuando debe ganar la Jerusalén
Celeste; es superación, y no negación, de la existencia histórica, con todas sus
penurias y gozos, lo que se anhela.

Las relaciones entre el Imperio y la Iglesia atravesarán por diversas etapas:


primero, en el período más temprano, una indiferencia de aquél y una
comprensión de la segunda del rol histórico del Imperio, en el marco de un Plan
Providencial, lo que se refleja en la temprana aparición, a fines del s. I d.C., en la
liturgia, de la oración por los gobernantes para que Dios los ilumine en su tarea.
En segundo lugar, la etapa llamada de las persecuciones, cuando los cristianos se
niegan a adorar imágenes del emperador, por considerarlo un acto de idolatría. La
autoridad imperial respondió duramente frente a lo que juzgó un crimen de lesa
majestad, un acto de rebeldía contra Roma y sus prácticas. Siendo, pues,
perseguida la Iglesia, sus miembros se reunían secretamente en lugares ocultos,
corriendo siempre el peligro de ser vistos y denunciados. Fueron tiempos aciagos,
turbulentos y cruentos, pero también heroicos; muchos cristianos llevaron su fe
hasta las últimas consecuencias, prefiriendo entregar su cuerpo a los verdugos
antes que su alma. Quienes de esta manera obraron son los llamados mártires,
puesto que dieron testimonio de su fe. Al martirio estaban llamados todos los
cristianos, y encontramos en las Actas de los Mártires a hombres comunes y
corrientes, mujeres, niños y ancianos; es un nuevo tipo heroico -que calará
profundo en el Mundo Medieval- en el cual tiene cabida la santidad, la lucha
interna y personal contra la tentación y la debilidad, frente al antiguo heroísmo de
las grandes gestas protagonizadas por grandes y sobresalientes hombres. Este
triste episodio de las persecuciones llegará a su fin -salvo contadas excepciones- en
el año 313 con la promulgación del Edicto de Milán por el emperador Constantino
el Grande (306-337). No podemos detenernos aquí en la debatida cuestión de la
conversión de Constantino; bástenos con señalar que, aunque pudieron tener peso
en un primer momento cuestiones de tipo político o la pura superstición, no cabe
duda que su conversión, a la larga, fue sincera. No fue esta la única reforma de
Constantino, pero sí la más relevante y de mayor alcance, ya que implicó un giro
histórico de alcance universal. Su obra sería completada por Teodosio el Grande
(379-395), bajo cuyo gobierno -entre el 380 y el 391 se publicaron más de 25 edictos
contra el paganismo- el cristianismo fue declarado religión oficial del Imperio
Romano: la jurisdicción imperial coincidía con la eclesiástica, el ideal de la Pax
Romana se confundía ahora con el de la Pax Christiana, la concepción del Fatum
Romanum cedía ante la Providentia divina. Tanto los reinos como los imperios
medievales heredarán esta concepción de una verdadera "teología política" o
"teopolítica", sustentada en la estrecha colaboración entre el poder civil y la
autoridad eclesiástica para lograr no sólo la felicidad terrena de los hombres sino,
sobre todo, su Salvación.

De las otras innovaciones llevadas a cabo por Constantino, hay que recordar, por
una parte, la reforma monetaria con la creación del solidus, moneda de oro de 4,55
grs. y que dará un pequeño respiro a la alicaída economía imperial. Pero será en la
parte oriental del Imperio donde esta reforma tendrá una más amplia repercusión:
durante más de ocho siglos, hasta fines del siglo XI -hecho inédito en la historia-,
esta moneda mantedrá su valor como instrumento de cambio, llegando a ser
llamada por historiadores contemporáneos, el "dólar bizantino". Y esto nos lleva a
la otra medida exitosa tomada por el citado emperador, la creación de la Nueva
Roma, llamada Constantinopla en honor a su fundador, establecida en el sitio que
ocupaba la antigua Bizancio, y llamada a ser capital de uno de los imperios más
originales de la historia, el Imperio Bizantino, y cuya vida se prolongó por 1123
años, desde el 330 hasta 1453. Es interesante hacer notar que, justo en el momento
en que la Iglesia Católica es reconocida y, por tanto, adquiere importancia la
ciudad de Roma como sede del Sumo Pontífice, Constantino toma la decisión de
trasladarse a una nueva capital del Imperio, Constantinopla, lo que constituye la
promoción política, militar y económica del Oriente; no obstante, la Iglesia de
Roma se verá a la larga beneficiada al estar lejos de un poder que habría podido
intentar controlarla y someterla -como a veces sucedió en el Imperio Bizantino-,
esto es, Occidente ganaba en libertad frente al Oriente, que mantendría una rígida
organización heredada de la institucionalidad del Bajo Imperio. En este caso,
estamos frente a la promoción sacral de Roma. Se ha dicho muchas veces que el
emperador quiso fundar una nueva capital enteramente cristiana desde sus
cimientos, cuestión dudosa, al menos dadas las evidencias históricas, especialmente
arqueológicas (existencia de templos paganos en época temprana); es más real ver
en tal decisión el ponderado análisis del político que comprendió, primero, la
ubicación privilegiada de Bizancio, a medio camino entre Oriente y Occidente y
controlando también las rutas entre el Mediterráneo Oriental, el Mar Negro y la
estepa rusa, como también su fácil defensa frente a las acometidas bárbaras, al
mismo tiempo que la sólida situación política, social, económica y militar de la
Pars Orientalis del Imperio Romano.

José Marín R.
La tensión entre Civilización y Barbarie, entre centro -donde transcurre y se hace
la Historia- y periferia -al margen de la corriente histórica-, acompaña al mundo
romano desde su misma formación; de hecho, la obra histórica de Roma se realiza
históricamente sobre territorio bárbaro, el cual es incorporado mediante la
Romanización, esto es, la integración al ser histórico latino. Así será, al menos,
hasta el momento en que el Imperio no pueda continuar su expansión, cosa que
ocurre en el s. III como ya dijimos. El contacto con la barbarie, pues, constituye un
problema secular de Roma y, en cierta manera, consustancial a su historia; por
tanto, no debemos considerar las llamadas "invasiones" de los siglos cuarto y
quinto como un capítulo aislado, y menos como un hecho sin precedentes.

a. Barbarie Interna

b. Barbarie Externa. El Mundo Germánico

c. De los contactos pacíficos a las invasiones

a. BARBARIE INTERNA

No sólo hay que tener en cuenta la barbarie externa, sino tamnbién la interna, tal
vez de una presencia histórica menos llamativa, pero no despreciable, toda vez que
contribuye a explicar la idea del "encuentro de tradiciones". En efecto, podemos
hablar en el Bajo Imperio Romano de una "barbarie soterrada", latente,
especialmente en las provincias y que se hace sentir en la medida que el poder
central decae, manifestándose como un retroceso de la Romanidad. Es el caso, por
ejemplo, de las Galias en los siglos IV y V, desde la época de Juliano (361-363)
hasta los inicios del Reino Visigodo de Aquitania (418), o el de las provincias
africanas cuya población presencia, dada la ruptura de las comunicaciones y el
aislamiento, un rebrote de berberismo y nomadismo. El repliegue de la vida
urbana frente a la creciente ruralización de la sociedad, puede entenderse en la
misma óptica. Se puede decir que el retroceso de la Civilización implica un retorno
a los orígenes, al espíritu privado y primitivo. Veíamos este fenómeno en el caso de
los ejércitos privados; podemos agregar ahora la "barbarie soterrada", la
ruralización, la regresión económica, e incluso el Derecho llamado "vulgar", de
carácter localista, provincial, casuístico y que apela a la costumbre.

También en el arte se observarán cambios que dicen relación con este proceso; la
aparición del "arte plebeyo", marginal en sus orígenes pero expresión ya de un
"nuevo gusto" en los siglos III y IV, un arte no oficial sino privado, se
caracterizará por alejarse de las formas "clásicas", recurriendo a soluciones
estéticas como la frontalidad rigurosa y selectiva, proporciones jerarquizadas (los
elementos o personajes más importantes de la obra son más grandes que el resto,
una "aparente" desproporción), la "desrealización" temporal y espacial,
representación de escenas de la vida cotidiana, lenguaje simbólico y abstracción.

Todas estas son, así, acarcterísticas del primitivismo interior que emerge y que nos
dice que había ciertos niveles en que romanos y bárbaros, los de fuera del limes,
podrían llegar a un entendimiento, esto es, a encontrarse culturalmente. De hecho
este mundo romanop parece estar más cerca, o anunciarla, de la Edad Media que
de la época clásica.

b. BARBARIE EXTERNA. EL MUNDO GERMÁNICO.

El mundo de las gentes externae (bárbaros) había entrado en relación con el


Imperio Romano desde épocas muy tempranas. Por causas que desconocemos -tal
vez sobrepoblación, cambios climáticos, deseo de aventuras, el peso de arcaicas
tradiciones como el ver sacrum- los pueblos germanos iniciaron una lenta
migración desde el norte de Europa -especialmente de Escandinavia, llamada en el
s. VI "matriz de pueblos" (vagina nationum) por el historiador godo Jordanes-
hacia regiones colindantes con el Imperio. Estamos hablando de un proceso que
duró varios siglos; iniciándose alrededor de los siglos I y II, culminará recién entre
los siglos IV y VI. Es por ello que es preferible hablar de un "migración de
pueblos" (Völkerwanderung) que de "invasiones", pues tal denominación se ajusta
sólo a períodos bien delimitados.

Los germanos -indoeuropeos como los latinos-, que hoy vemos como una gran
comunidad lingüística y étnica, estaban formados en realidad por una gran
cantidad de pueblos, y nunca se reconocieron como una unidad o llegaron a formar
una surte de confederación. Anglos, jutos y sajones en la actual Dinamarca,
visigodos y ostrogodos, al norte del río Danubio, suevos y vándalos, al este del Rhin
superior, o francos al oriente del Rhin inferior, comparten rasgos esenciales, pero
también poseían peculiaridades que, de una u otra manera, marcarán su vida
histórica cuando se funden los primeros reinos romano-germánicos. La mejor
fuente que poseemos para conocer a los germanos en su estadio primitivo es la
Germania, pequeño opúsculo escrito por Tácito hacia el año 98 d.C. Nos habla este
autor de pueblos de vida agrícola y pastoril, con una economía natural, de vida
seminomádica y de un carácter fundamentalmente guerrero, como que toda su
organización se basa en la actividad bélica. Tácito describe una institución, notable
por sus repercusiones históricas, propia de los germanos, y que llama comitatus,
que podemos traducir como "comitiva", entendida como el grupo de hombres que
"acompañan". Dice el autor latino que, cuando los jóvenes de una tribu han
alcanzado la pubertad, se les hace entrega de las armas, después de los cual cada
uno elige libremente a un caudillo o príncipe renombrado (por sus méritos o su
estirpe), para militar junto a él jurándole fidelidad y lealtad. El valor en el
combate distinguirá a los guerreros: los más destacados estarán más cerca del jefe,
lo que implicaba una gran emulación entre los miembros de la banda guerrera.
Estamos, así, frente a una organización de ejércitos privados donde la fidelidad, el
honor, la valentía, son valores esenciales; una sociedad "heroica". Andando el
tiempo, y con diversas transformaciones e influencias, veremos en el caudillo o
príoncipe al señor feudal, al vasallo en sus guerreros, y el juramento de fidelidad
tomará forma del homenaje feudal.
También nos dice Tácito que los germanos componían cánticos a modo de
memorias y anales, en los cuales se ensalzaban las gestas de los héroes míticos e
históricos del pueblo, como nos relata también Jordanes. Dicho de otra manera, los
germanos tenían una poesía épica; no conocemos sin embargo sus cantos
primitivos, pero gracias a testimonios posteriores -San Isidoro de Sevilla en el s.
VII o Eginhardo en el IX, por ejemplo-, sabemos que durante la Edad Media se
siguió cultivando esta tradición poética, hasta llegar a su culminación en los siglos
XII y XIII con el Poema de Mío Cid y la Chanson de Roland. No se puede negar la
influencia que tuvo la épica clásica antigua y el espíritu cristiano que le fue
incorporado, pero tampoco se puede hacer caso omiso de las profundas raíces
germánicas de la épica medieval.

En cuanto al Derecho, digamos finalmente que éste era de carácter privado y


fundado en la costumbre.

Los germanos, pues, eran unos rudos guerreros, pero no carentes de una cultura
propia y peculiar, la que, como hemos visto, se constituirá en un aporte de gran
trascendencia en la formación del Occidente Cristiano- Fue con esos "bárbaros" -y
no debemos emplear entonces este término en un tono demasiado despectivo- que
el Imperio Romano tuvo que combatir, comerciar y, finalmente, convivir.

c. DE LOS CONTACTOS PACÍFICOS A LAS INVASIONES

Comercio, pequeñas escaramuzas militares, incorporación de bárbaros al ejército


romano, intercambio de embajadas, marcan los primeros contactos entre Roma y
el barbaricum, muy esporádicos al comienzo, pero cada vez más frecuentes desde
fines del s. III y comienzos del siguiente.

De entre las numerosas embajadas, vale la pena destacar una enviada desde
Constantinopla, por el emperador Constancio (337-361), el año 341, y dirigida al
pueblo de los godos instalado en el norte del Mar Negro desde hacía más de un
siglo. Formaba parte de la legación el obispo Wulfilas (311-382), de origen
germano, el "apóstol de los godos", quien predicó el cristianismo -en su versión
arriana, herejía que niega la divinidad de Cristo- entre los godos de Crimea entre
los años 341 y 348. Se preocupó Wulfilas de traducir las Escrituras al gótico para
poder llevar a los germanos la Palabra, inventando para tal efecto un alfabeto
apropiado; en la ciudad de Upsala se conservaba hasta hace algunos años la
llamada Biblia de Wulfilas -una copia tardía en realidad- o Codex Argenteus,
porque está escrito con tinta de plata, primer testimonio escrito de la antigua
lengua germánica. Si bien la obra de Wulfilas, la evangelización de los godos, no
prosperó en lo inmediato, sí lo hizo en el largo plazo, ya que a la larga los godos se
convirtieron al arrianismo, un arrianismo militante, de carácter "nacional", para
marcar una diferencia frente al catolicismo romano-latino, hecho que afectó el
proceso de integración romano germánico.

Otra dimensión de los contactos entre ambos mundos lo constituye el ingreso


pacífico de los bárbaros al territorio imperial, como soldados como ya lo hicimos
notar, o como oficiales de alto rango -el caso de Merobaudo, un franco que llegó s
ser general de Valentiniano I (364-375)-, algunos de los cuales llegaron a ser altos
funcionarios -el vándalo Estilicón (360-408), por ejemplo, que llegó a ser el más
alto funcionario de la corte imperial de Honorio (395-423)- o, incluso, llegaron a
formar parte de la familia imperial -Eudoxia, esposa de Arcadio (395-408) era hija
del franco Bauto-.

Por último, en los siglos IV y V, lo que constituye propiamente el período de las


invasiones, el ingreso violento de los germanos al Imperio y, con él, a la Historia, y
sentido tan dramáticamente por los contemporáneos. Algunas fechas dan cuenta de
la rapidez con que se sucedieron los acontecimientos: en el año 376 los hunos
-procedentes de las estepas euroasiáticas- golpean duramente a los godos de
Crimea y, mientras los ostrogodos sucumben ante tal embate, los visigodos, con la
venia imperial, ingresan colectivamente al Imperio en un número estimado de unas
cuarenta mil almas; dos años después, las tropas romanas son derrotadas por los
visigodos en Adrianópolis, pereciendo el emperador Valente (375-378); el año 410
Roma, la Ciudad Eterna, es tomada y saqueada durante tres días, después de los
cual los visigodos devastan Italia hasta quedar instalados finalmente en Aquitania,
origen del Reino Visigodo de Tolosa (418-507). En otro flanco, el año 406, suevos,
vándalos y alanos (germanos los primeros, estepario el tercero), atraviesan el limes
del Rhin superior e invaden el sur de las Galias; en el año 409 pasan a la península
ibérica, instalándose los suevos en la actual Galicia, donde se constituirá un reino
que verá su fin el año 585 y del cual se sabe muy poco, mientras que los vándalos y
alanos se reparten el resto de Hispania. El año 429 los vándalos de Genserico (428-
477) cruzan el estrecho de Gibraltar y, ya en África, fundan un poderoso reino en
la región de la antigua Cartago, el cual, después de poner en graves aprietos al
Imperio (el año 455 Roma sufre un segundo saqueo), es aniquilado por las tropas
de Justiniano el Grande el año 534. Entretanto, en la región del Ródano, se
instalan los burgundas, formando un pequeño reino que, tras un breve período de
esplendor a fines del siglo V y comienzos del VI, es anexado por los francos. Los
ostrogodos, por su parte, después de la muerte de Atila acaecida en 453 y la
disolución del poderío de los hunos, dejan la Panonia para, tras algunas correrías
por el norte balcánico, quedar instalados en el Norte de Italia, constituyendo un
poderoso reino bajo el largo y proficuo gobierno de Teodorico el Grande (473-526),
época durante la cual Ravenna, la capital del reino, se transformó en un verdadero
centro cultural, destacándose no sólo importantes construcciones sino, sobre todo,
un verdadero florecimiento cultural personificado en Casiodoro († 583), por una
parte, que fundó en el monasterio de Vivarium un centro de estudios de la cultura
antigua, literalmente un "vivero" de la cultura, y, por otra, en Boecio († 524),
filósofo y matemático imbuido de la cultura helénica. En el noroeste del Imperio,
mientras tanto, avanzan lentamente los francos que, bajo el mando de Clodoveo
(482-511), forman un reino que será el núcleo de la futura Francia.

El Imperio Romano poco o nada pudo hacer frente al incontenible avance de los
bárbaros; finalmente, uno de ellos, Odoacro, despojará en el año 476 a Rómulo
Augústulo de sus insignias imperiales enviándoselas a Zenón (474-491), emperador
en Constantinopla. En Occidente, el Imperio Romano ha dejado de existir.

Las obras de Paulo Orosio, Salviano de Marsella, Hidacio o San Agustín, entre
otros, nos hablan del pesimismo, el dolor y la angustia que se apoderó de la
sociedad romana, al mismo tiempo que son capaces de vislumbrar una luz, una
esperanza, que sólo se puede explicar providencialmente: estos bárbaros no
carecen de valores ni cultura, y son además cristianos -arrianos herejes, pero
cristianos al fin-; es, pues, posible construir con ellos un nuevo mundo. Si los
romanos veían en los bárbaros la ruina del Imperio dentro de una concepción
cíclica del tiempo, los cristianos incorporan una dimensión histórica, lineal, donde
existe un futuro por edificar. San Agustín (354-430), la mente más preclara de la
época, advierte que la caída de Roma no es más que el fin de una forma histórica,
no necesariamente el fin del mundo, y que, en definitiva, el desenlace de los
acontecimientos que se viven sólo Dios lo conoce. Frente al misterio y a la
incertidumbre está la esperanza y la posibilidad de proyectarse al futuro sin el
pesimismo fatalista de los paganos. Es éste uno de los grandes aportes del
cristianismo: la visión optimista y positiva del decurso histórico en el marco de un
Plan Providencial. La Iglesia Católica será, consecuentemente, la única institución
universal que se proyectará históricamente tras el colapso de Roma, y sus hombres
más connotados, los obispos -especialmente el de Roma-, los únicos garantes de un
orden futuro.

José Marín R.
a. El Rol Histórico de los Pueblos Estepáricos

b. Bizancio, el Imperio griego Medieval

c. El Imperio Persa Sassánida

a. EL ROL HISTÓRICO DE LOS PUEBLOS ESTEPÁRICOS

San Ambrosio (c.340-397), obispo de Milán, escribía a fines del s. IV: "Los hunos se
han precipitado sobre los alanos, los alanos sobre los godos, los godos sobre los
taifas y sármatas; los godos, arrojados de su patria, nos han rechazado a su vez en
Iliria, ¡y éto no ha terminado todavía!" Palabras llenas de clarividencia; en efecto,
el movimiento de los pueblos bárbaros fue una verdadera "reacción en cadena"
cuyo origen último se encuentra en el fondo de la estepa euroasiática, verdadero
corredor cultural que comunica Europa y Asia, Occidente y Oriente, y por el cual
transitarán diversos pueblos dejando su impronta, más o menos duradera, al
relacionarse, desde su mundo nomádico, con las civilizaciones sedentarias (Europa,
Bizancio, Persia, India, China), llevando y trayendo influencias de uno a otro
extremo del mundo. También acierta San Ambrosio cuando señala que tal
fenómeno no ha cesado: a los hunos (que relevan a escitas y sármatas), seguirán los
ávaros en el siglo VI, serbios, croatas y búlgaros en el siguiente, los húngaros en el
s. IX, y podemos continuar esta enumeración con los kházaros, petchenegos,
cumanos, mongoles, etc., hasta fines de la Edad media con los turcos selyuquíes,
primero, y otomanos después. Estamos frente a un fenómeno de larga duración
que abarca, pues, más de un milenio.

El testimonio tanto de autores occidentales como orientales da cuenta del impacto,


un verdadero "shock", que provocó la irrupción de estos pueblos en las
civilizaciones sedentarias. Paradigmático resulta el caso de los hunos de Atila,
tristemente célebres en la historia, que los recuerda como bestias sanguinarias sin
moral ni ética algunas; no obstante, también poseemos testimonios que llevan en
dirección contraria, como el caso de los escritos de Priscus, enviado por el gobierno
de Constantinopla a la corte de Atila hacia el 448, quien señala que existía allí todo
un protocolo, que Atila era un caudillo sencillo, para nada ostentoso, y tan querido
por su pueblo que su nombre significa "padrecito". Y todavía más: entre los hunos
se encuentran romanos que han preferido vivir entre bárbaros, porque, como
dijera Salviano de Marsella, es mejor "vivir libres bajo apariencias de
servidumbre, a ser siervos bajo apariencias de libertad". Es preciso, pues,
aproximarse, aunque sea someramente, a estos pueblos y sus costumbres.
Se trata de pueblos nómadas guerreros y con una fuerte vocación imperial. En su
táctica bélica destaca la caballería pesada, incorporando el uso de la armadura
para caballo y jinete; esto fue posible gracias al uso del estribo, que permite al
jinete no sólo sujetarse firmemente a su cabalgadura, sino también maniobrar
libremente en el combate. La poderosa caballería esteparia causó gran estupor
entre los pueblos sedentarios, como es el caso de China y Roma, con la diferencia
que la primera cambió su estrategia defensiva adoptando el modelo bárbaro,
mientras que la segunda no fue capaz de hacer algo similar. La dicha vocación
imperial implica que cada cierto tiempo se formen grandes confederaciones de
tribus al mando de un líder (khan) carismático -v.gr. Atila (445-453), Gengis Khan
(1196-1227), Tamerlán (1360-1405)-, cuya expansión pone en movimiento a los
pueblos vecinos, generándose esa verdadera "reacción en cadena" a la que ya
hicimos refrencia.

Fue, grosso modo, de esa manera que los pueblos germánicos, especialmente los
que estaban más al oriente (visigodos y ostrogodos), entraron en relación con las
hordas esteparias, recibiendo un significativo aporte, directamente de estos
pueblos o, a través de ellos, de Persia o de China. No nos podríamos explicar el
surgimiento de la caballería pesada en Occidente en el siglo VIII, si no
consideramos estas influencias (es preciso destacar que el testimonio más antiguo
del uso del estribo en Occidente, data del siglo VI, cuando los ávaros se instalan en
la Panonia). Un símbolo político tan importante como lo es la corona, tan
típicamente "medieval", recibió en su largo proceso de elaboración, influencias
persas o, aun, chinas, como se desprende del estudio de los pendientes de las
coronas. El arte propio de las estepas, con su tendencia a la abstracción y la
estilización de formas animalísticas, también tuvo acogida entre los germanos, toda
vez que en algunos aspectos coincidían con sus propias concepciones estéticas (y
recordemos que el arte romano plebeyo avanzaba en parecida dirección). Las
construcciones civiles y religiosas, especialmente las iglesias, se cubrieron
interiormente de mosaicos o frescos que, al modo de los tapices bordados de las
tiendas, creaban un espacio interior hóspito frente al mundo hostil del exterior,
aunque abordando el problema desde una óptica espiritual: cada iglesia así
ornamentada se constituye en un verdadero microcosmos que prefigura la
Jerusalén Celeste.

b. BIZANCIO, EL IMPERIO GRIEGO MEDIEVAL

A lo largo de toda su historia los bizantinos se sintieron herederos del Imperio


Romano, por lo que siempre se llamaron a sí mismos "romanos", y su emperador
era el basileus ton reméon, el emperador de los romanos. Efectivamente, , la
organización administrativa, militar y económica revelan la fuerte filiación entre
Roma y Bizancio. Pero también hunde sus raíces la civilización Bizantina en el
Mundo helénico y, más exactamente, helenístico: el lujo asiático y la refinada
liturgia imperial, junto a la lengua griega, de uso corriente en el Imperio, dan
cuenta de ello. Finalmente, el cristianismo, que modeló el ser histórico bizantino,
un cristianismo que se distanciará cada vez más de la Roma Católica hasta
constituirse en lo que hoy llamamos cristiandad ortodoxa o greco-oriental, cuyo
centro, por siglos, fue el Patriarcado de Constantinopla, cuya existencia data del
año 381, cuando se celebró en dicha ciudad un Concilio Ecuménico. Las
características fundamentales del Imperio Bizantino se pueden resumir así:
Romano por convicción, helénico por lengua y cultura, oriental en muchas de sus
costumbres y sujeto a los imperativos cristianos. Se llegó así a configurar una
verdadera "nacionalidad" bizantina, sustentada en una lengua y cultura comunes
a todo el Imperio, y en el cristianismo como factor de unidad espiritual -a pesar de
una primera época marcada por las disputas cristológicas, especialmente duras
contra los nestorianos y monofisitas-. De esta forma, la Civilización Bizantina es la
maduración del Mundo Grecorromano, pues supo añadir a la unidad política, la
unidad religiosa y cultural.

Los años que corren entre los siglos IV al VI y hasta comienzos del VII, constituyen
un período que podemos llamar de transición desde un universalismo romano a un
ecumenismo "bizantino", esto es, el paso desde el Imperio Romano Antiguo al
Imperio Griego Medieval.

Justiniano (527-565), con justicia llamado "el Grande", es el "último" emperador


romano y el "primero" del Imperio Bizantino. Fue bajo sus auspicios que se
construyó la iglesia más grande, hasta entonces, de la cristiandad: la catedral de
Hagia Sophia o santa Sofía, dedicada a la Santa Sabiduría que debe iluminar al
Imperio, y que hoy sigue en pie desafiando el paso de los siglos, testimonio
inigualable del espíritu bizantino, verdadera joya arquitectónica y artística,
decorada con hermosos mosaicos que aún conmueven interiormente a quien los
contempla, y coronada con una majestuosa cúpula de treinta metros de diámetro
que, al decir de los contemporáneos, parece estar suspendida en el aire. Los
enviados del príncipe Vladimir de Kiev, en el año 988, nos legaron la siguiente
impresión de la megalé eklesia (gran iglesia): "Los griegos nos condujeron a sus
edificios donde honran a Dios, y no sabíamos si nos encontrábamos en el cielo o en
la tierra, ya que en la tierra no hay tanto esplendor ni belleza y no sabemos cómo
describirlo. Sólo sabemos que Dios habita allí entre los hombres y que su culto es
más bello que las ceremonias de otras naciones. Nos será imposible olvidar tanta
belleza". A un costado de Santa Sofía, se erigió la iglesia de Hagia Eirene, santa
Irene, dedicada a la Santa Paz del Imperio; Santa Irene es a Bizancio, lo que el Ara
Pacis a la antigua Roma

Con Justiniano -que ha sido llamado un "Jano colosal" a horcajadas entre el


mundo antiguo y el medieval- se cierra prácticamente el "ciclo latino" y triunfan
las tendencias helenizantes. Por un lado, fiel a la tradición romana, y después de
sellar la paz con el Imperio Persa en 532, se lanza a la aventura de reconquistar
para el Imperio el Mediterráneo (logrando imponer un dominio efectivo en: el
Levante español, 554-626; norte de Africa, 535-698; Italia, 553-568/751), empresa
en la que comprometió todos los recursos económicos, militares y diplomáticos del
Imperio, pero que no tuvo resultados duraderos y después de la cual Bizancio
concentrará sus energías en el Oriente. Por otra parte, bajo su mandato se realiza
una hercúlea labor de recopilación del Derecho Romano, el Corpus Iuris Civilis
(528-535), en latín; sin embargo, es en su época cuando se comienza a legislar en
griego, de más fácil comprensión puesto que era la lengua corriente en el Imperio.
El patriotismo romano, así, cede ante el patriotismo griego, ya que es el griego,
ahora, la "patrios foné", la lengua patria. El predominio de la lengua helénica en el
oriente bizantino permitirá la comunicación fluida con el pasado helénico clásico y
con la patrística cristiana que, como se aprecia en los escritos de San Basilio
Magno (330-379) o de Gregorio Nacianceno (379-381), se había nutrido del
pensamiento filosófico griego. Efectivamente, la lógica aristotélica fue puesta al
servicio del pensamiento teológico, convirtiéndose en la más estudiada por los
teólogos bizantinos. Este contacto con el pasado clásico se mantendrá siempre en el
Imperio, y puede decirse que el helenismo bizantino es a la Edad Media lo que el
helenismo clásico es a la Antigüedad.

Se debe a Teodosio II (408-450), en 425, aunque existía ya una Escuela fundada por
Constantino, la creación de la llamada "Universidad" de Constantinopla -en
Occidente habrá que esperar siete siglos (!) para ver algo similar-, destinada a
formar funcionarios idóneos para el Imperio; esta institución era, en palabras de
Charles Diehl, un verdadero seminario de la cultura antigua. Rápidamente se
impuso el griego como lengua de la enseñanza. Allí se realizaban estudios de
gramática, retórica, dialéctica, derecho, filosofía, aritmética, música, geometría,
medicina y física. Existían, además, otras Escuelas de Estudios Superiores en el
Imperio, como las de Antioquía y Edessa, dedicadas especialmente a los estudios de
teología; la de Beiruth, donde se estudiaba el derecho; las de Alejandría y Atenas,
verdaderas capitales de la filosofía. Si bien esta última fue clausurada en el año 529
por un Decreto Imperial -a fin de terminar con la enseñanza pagana-, la filosofía
griega continuó estudiándose en Bizancio, como algo propio y necesario, incluso
por hombres de Iglesia. La importancia de la "Universidad" de Constantinopla
queda de manifiesto al evocar la figura del armenio Mesrop (s.IV-V), quien
aprendió el griego y la cultura helénica en sus aulas para después crear un alfabeto
armenio que le permitiera traducir obras griegas a su lengua materna. La
literatura armenia, pues, tiene su origen en las aulas de esta institución de estudios
superiores.

También en los niños la educación era esencialmente helénica. A los seis años se
iniciaban los cursos de gramática griega leyendo y comentando a los clásicos; entre
estos, se atribuía primerísima importancia a Homero, cuyos versos eran
aprendidos de memoria. Miguel Psellós (s.XI), uno de los pensadores más
importantes de la historia bizantina, se jactaba diciendo que a los catorce años
podía recitar la Ilíada de memoria. A pesar de la distancia temporal, Homero sigue
siendo "el educador de la Hélade", pues Bizancio es parte y continuación natural
de ella. Pero, junto a Homero, no hay que olvidar la Biblia, también aprendida de
memoria; en ella los cristianos encontraban enseñanzas morales, toda una filosofía
de vida y, lo que explica algunos episodios decisivos de la Historia del Imperio, una
respuesta trascendente frente a un mundo que en muchas ocasiones mostraba en
forma dramática su caducidad.

En esta primera época se destacan figuras de gran valor intelectual, como, por
ejemplo, el neoplatónico Synésios de Cirene (370-415); el patriarca Juan
Crisóstomo (398-404), destacado orador -su nombre significa "boca de oro"-, que
escribe en un griego casi clásico; la emperatriz Athenais-Eudoxia, humanista y
poeta, entre otros. Entre los últimos representantes de este brillante período no se
puede dejar de nombrar al patriarca Sergio, en el siglo VII, quien estudió la
historia y la filosofía antiguas estableciendo una relación de continuidad entre la
época clásica y la suya. Todos ellos -y muchos otros- estudiaron las obras griegas
antiguas, se preocuparon de escribir como sus antiguos maestros y, hecho de gran
relevancia, comenzaron en Bizancio la labor de recopilación y copia de los
manuscritos antiguos, conservando y difundiendo la herencia helénica.
Al finalizar este período, a principios del siglo VII, ya estamos frente a un Imperio
griego y cristiano, hecho que quedó plasmado en el título imperial que adoptó en
629 el emperador Heraclio (610-641): "Basiléus Roméion Pistós en Christo",
"Emperador de los Romanos fiel en Cristo". Fue bajo el gobierno de este
emperador que Bizancio vivió algunos de sus momentos más críticos, asediado por
ávaros y eslavos en el oeste y por persas en el este. El año 626 es especialmente
significativo, puesto que -estando el basileus ocupado en el frente oriental- ávaros,
eslavos y persas lanzaron un ataque concertado contra Constantinopla, cuya
defensa, en ausencia del emperador, fue asumida por el patriarca Sergio. Ello nos
habla de la estrecha unión que existía entre el patriarca y el emperador, y el
desenlace de estos acontecimientos, de la vitalidad del Imperio: los ávaros y
eslavos, derrotados, dejaron de constituir una amenaza, y los persas, después de
sucesivas campañas, son también definitivamente vencidos el año 629,
recuperándose la Santa Cruz -la reliquia más venerada de la cristiandad- que los
persas habían sustrído de Jerusalén, donde la llevará de vuelta Heraclio -los
contemporáneos, como el poeta Jorge Pisides, lo verán como un Nuevo david, ya
que como aquel llevó el Arca de la Alianza al templo, éste hacía lo propio con la
Santa Cruz; la posteridad reconocerá en Heraclio al "Primer Cruzado" y su
nombre y hazañas entrarán en la literatura épica bizantina-.

De los tres imperios en pugna sólo el bizantino logrará proyectarse históricamente;


los ávaros desaparecerán del horizonte histórico a fines del siglo VIII en época de
Carlomagno, y la Persia sassánida no podrá hacer frente a los musulmanes que se
hacen con el poder en la región entre el 636 y el 642. El Imperio Bizantino por su
parte, perderá durante doscientos años las provincias balcánicas en manos de los
eslavos, y trampoco pudo defender Siria, Palestina y Egipto del Islam que
avanzaba en una expansión fulminante: Damasco cayó en 635, Jerusalén en 638,
Alejandría en 642. Frente a esta grave situación, Heraclio impulsó una amplia
reforma administrativa creando las circunscripciones provinciales llamadas
themas, provincias de carácter militar dirigidas por un general (strategos) que
reúne en sus manos tanto el poder civil como el militar, y en las cuales son
instalados solados como colonos: de esa forma, el Imperio garantizaba la defensa,
la producción de la tierra y, por consiguiente, la percepción del impuesto. La
ciudad se transformó en un kástron, esto es, un recinto amurallado, elocuente
testimonio de los duros tiempos que se vivían entonces. El tiempo demostrará que
las reformas respondían a las necesidades y exigencias históricas del momento, ya
que gracias a ellas Bizancio fue capaz de recuperar, entre el s. VII y el IX, el
territorio de los Balcanes y gran parte del de Anatolia.

El Imperio Bizantino, a mediados del s. VII está conformado por provincias


orientales de raigambre esencialmente helénica, hecho que repercutirá
profundamente en su cultura. Podemos decirque aún quedará parte de la tradición
romana, sí, pero enriquecida por la experiencia helenística, humanizada por la
concepción griega de la dignidad humana y su noción del bien común, y temperada
por el cristianismo.
c. EL IMPERIO PERSA SASSÁNIDA

El antiguo Irán (Persia) es un mundo que se debate entre dos polos. La región del
suroeste, la Mesopotamia, es un espacio acogedor donde abundan las tierras
fértiles que posibilitan un desarrollo agrícola y el establecimiento de centros
urbanos; los antiguos Aqueménidas, precisamente, se ubicaban en este tipo de
espacio, que contrasta con el noreste, estepa estéril donde la caza y el nomadismo
se constituyen en el modo de vida habitual. Si la Mesopotamia limita con el Mundo
Grecorromano -igualmente urbano y sedentario-, la región que abarca la zona
comprendida entre el Mar Caspio y las inmediaciones del Oxus hasta la cuenca del
Pamir, está abierta al influjo de la estepa euroasiática, de donde provenían,
precisamente, los Parthos, sucesores de los Seléucidas y que se rebelan contra el
poder establecido a partir de una resistencia desde una región que podríamos
llamar "marginal". Los Parthos conservaron la herencia del Asia Central, como se
aprecia en el uso de la caballería pesada que incorpora la coraza para el jinete.
Esta herencia será transmitida a los Sassánidas.

El año 226 Ardechir (226-241), hijo de Sassán, descendiente de los Aqueménidas,


acaba con el poder de los Parthos Arsácidas -que tantos problemas había causado
al Imperio Romano en su frontera oriental-; con este hecho se funda el Imperio
Persa de los Sassánidas, que se mantendrán en el poder durante más de cuatro
siglos. Si bien los Sassánidas retoman el estilo de guerra partha, la novedad la
constituye la toma de conciencia de su propio pasado -en abierto rechazo a las
tendencias helenizantes heredadas desde la época de Alejandro Magno (336-323
a.C.)-, como se refleja en el título real del propio Ardechir, "Rey (Sha) de Reyes de
Irán", evocando la antigua titularia Aqueménida; sus sucesores, desde Shapur
(241-271) ostentarán el título de "Rey de Reyes de Irán y de no Irán", clara
manifestación de la vocación universal del Imperio. Resulta del todo comprensible,
pues, que tanto romanos, primero, como bizantinos después, hayan tenido que
enfrentarse con Persia por el "dominio del mundo"; aunque enemigos, existía un
mutuo reconocimiento entre la Civilización Romana (o Bizantina, según el caso) y
la Persa, como los únicos rivales dignos en un mundo de bárbaros o, recogiendo
palabras de un embajador del s. III, como las "dos luminarias" del mundo.

Tal como se deduce de los títulos reales citados, los Sassánidas impulsaron un
procesop de unificación que no desconocía la existencia de numerosos reinos
autónomos, pero que debían jurar fidelidad al Sha. Era, pues, una suerte de
"monarquía feudal" que, con una clara orientación hacia la centralización del
poder, se apoyaba en la antigua aristocracia terrateniente, verdaderos príncipes
"vasallos". La organización imperial contemplaba una amplia burocracia civil y
militar donde destacaban el Gran Visir, que dirigía la administración central, el
Eran Spahbadh, ministro de guerra, y el Eran Dibherbadh, una suerte de primer
ministro que tenía autoridad sobre todos los "secretarios de estado". Dentro de la
burocracia imperial ocuparán un lugar destacado los sumos sacerdotes de la
religión de Zoroastro, culto oficial del Imperio -otra manifestación de la renovada
vigencia de las tradiciones aqueménidas-, especialmente el Gran Mobedh, de
poderosa influencia religiosa y política.
Siendo la agricultura la base económica del Imperio, éste es eminentemente
urbano, rasgo que se evidencia en la preocupación de los emperadores Sassánidas
por fundar ciudades (sólo Ardechir fundó ocho): es el suroeste agrícola, urbano y
sedentario que reemerge con gran vitalidad. Una poderosa marina, junto con una
sólida moneda de plata, el direm, son los pilares de un activo comercio
internacional que, en los mercados orientales, rivalizaba con Bizancio. Sociedad
eminentemente aristocrática, con profundas desigualdades sociales, debió
enfrentar revueltas religiosasa, como la rebelión mazdekí -se trata de una herejía
dualista-, en abierta oposición a la religión oficial y, por consiguiente, al Imperio.
Para hacer frente a estos hechos que amenazaban la estabilidad del reino,
Anushirván (531-579) reorganizó social y territorialmente el Imperio, al mismo
tiempo que creaba un ejército de base "feudal". La época de Anushirván es el
período más brillante del Imperio, no sólo por sus reformas tributarias o
administrativas, sino también por el esplendor artístico de las grandes
construcciones, como el Iwan, edificio abovedado (tal vez inspirado en las tiendas
de los antepasados parthos nómadas), o los grandes palacios en general, los relieves
rupestres monumentales que exaltan la figura del Sha, como los de Naqsh-i-
Rustam que retratan a Bahram II (276-293); así también las artes menores como la
orfebrería, tejidos de seda, etc. En la corte de Anushirván los sabios persas
trabajaban junto a otros de origen cristiano, en un clima de gran tolerancia,
estudiándose a los filósofos griegos o los secretos de la medicina, saberes que
heredarán los musulmanes más tarde.

A fines del siglo VI y comienzos del siguiente, el poder del Sha se verá amenazado
por generales poderosos al mismo tiempo que, en el plano exterior, el Imperio
Bizantino golpeará mortalmente el reino de los Sassánidas infringiéndole sendas
derrotas en los años 624 (destrucción del templo de Gandzak), 627 (batalla de
Nínive) y 628 (toma del Palacio de Dastgard). Los últimos reyes Sassánidas apenas
si ostentan el título; el Imperio debilitado por las duras guerras contra Bizancio no
podrá hacer frente a los árabes musulmanes que, en 634, llegan hasta Ctesifonte, la
capital imperial. Pocos años después, la caída de Kabul y Kandahar, en 655,
quedaba definitivamente sellada la suerte del Imperio Persa.

Entre los siglos III y VI, así, se operan en Persia una serie de cambios de gran
importancia, en los cuales juegan un rol destacable tanto los pueblos nómadas de la
estepa como las influencias recibidas desde el mundo romano o bizantino,
influencias todas que se entretejerán con las antiguas tradiciones propiamente
iráneas. El Imperio Sassánida es un mundo aristocrático y "caballeresco" (gran
relevanci tiene la caza, el torneo; existe una caballerís pesada), una "monarquía
feudal" como ya indicamos donde la tierra implica un lazo moral con el Sha que la
otorga; también reconocemos una iglesia oficial junto con una clara concepción de
ortodoxia frente a corrientes heréticas, todo lo cual prefigura o adelanta rasgos
típicos de lo que denominamos corrientemente como "medieval". De allí la
particular importancia que los estudiosos han asignado al poderío persa Sassánida.

José Marín R.
ISLAM, GUERRA Y JIHAD

(Publicado originalmente en Archivum, 4, 2002, Viña del Mar, Chile)

a. Orígenes y fundamentos del Islam

A comienzos del siglo VII en Arabia, una región marginal a las grandes corrientes
históricas de la época y que identificamos con la Persia Sassánida y el Imperio
Bizantino, un hombre iluminado, el Profeta Mahoma (c.570-632), comenzó a recibir
una serie de Revelaciones que constituirán la base no sólo de una nueva religión, sino
de toda una Civilización. Rescatando algunos elementos de las tradiciones preislámicas,
pero aportando también con aspectos novedosos, se dio forma a una nueva creencia que
habría de tener un gran protagonismo en la Historia del Mediterráneo, desde entonces y
hasta hoy en día.

Difícil es entrar al tema de la vida de Mahoma, ya que en el relato que de ella elaboró la
tradición musulmana, se mezclan datos históricos y legendarios; las biografías del
Profeta se escriben en forma tardía, destacándose en ese género, la Sirat al-Rasul de Ibn
Hisham, del siglo IX. Sabemos que Mahoma nació en La Meca, y que descendía de la
tribu de los Quraysíes, y del clan de los Hassemitas. Huérfano a temprana edad, fue
criado por su tío Abu-Talib, y más tarde se empleó a las órdenes de Jadicha, una viuda
rica que tenía intereses en el comercio caravanero, casándose luego con ella. Con fama
de hombre piadoso, Mahoma realizaba retiros espirituales (tahannut) en el monte Hira.
Hacia el año 610, en uno de esos retiros, se le apareció al Arcángel Gabriel, quien le
transmitió por vez primera la voluntad de Dios (Alá). Guardó Mahoma en secreto esta
Revelación, confiándosela sólo a sus más cercanos: Jadicha, Abu Talib, Abu Bakr y
Utmán, entre otros. Hacia el año 612 las Revelaciones se reanudaron y Mahoma
comenzó a predicar la palabra que Dios había hecho descender desde lo Alto.

Esa "palabra" revelada a Mahoma constituye el Corán, en árabe qur'ân, es decir,


"recitación", el libro (Kitab) sagrado de los musulmanes, y que, para ellos, es la primera
y más auténtica fuente del Islam, palabra eterna e increada de Dios. Para el musulmán, a
diferencia de la Biblia -escrita por hombres bajo inspiración divina-, el Corán es la
palabra divina; Mahoma sólo la transmite, y es el último de una larga serie de profetas.

Revelado en árabe, lo que elevó esta lengua al rango de sagrada constituyéndose en un


pilar de la unidad de la religión islámica, el Corán se divide en suras (capítulos) y
aleyas (versículos), que fueron reveladas a Mahoma en distintos momentos y lugares,
entre los años 612 y 632, y que se refieren a variados temas. Las suras más religiosas se
relacionan con la época de la predicación en La Meca, y dicen relación con la
aceptación de la voluntad de Dios y ser agradecido por sus dones, la condena a la
idolatría y la noticia del Juicio Final, para el cual deben prepararse los creyentes
llevando una vida piadosa. Las restantes suras corresponden al período de Medina, y sus
disposiciones legales reflejan la experiencia de la primera comunidad islámica.
Transmitido en un principio en forma oral, en un lenguaje poético y rítmico, confiado a
los "memoriones", después de la batalla de Yamama (633) en que muchos de ellos
murieron, se ve la necesidad de poner por escrito el Corán. Esta tarea la llevaron a cabo
los califas Umar (634-644) y Utmán (644-656), de manera que hacia el año 651 se pudo
contar con un texto "oficial", canónico, llamado "Vulgata Coránica", y que fue enviado
a las principales ciudades islámicas de la época.

El Corán es un código religioso, ético, moral, civil, que involucra el ordenamiento


completo de la comunidad o Umma, donde se reconoce un fuerte sentido comunitario
que descansa en la fe y la lengua. La Umma es la más perfecta realización del plan
divino, y se la entiende como una verdadera comunidad "matriz" (del ár. umm,
"madre"), portadora de todos los valores religiosos que anticipan el Reino de Dios sobre
la tierra. Esta nueva forma de organización social tiene una base esencialmente
religiosa, que reemplaza a los lazos de parentesco de las antiguas comunidades tribales,
como vínculo de unidad. Fue en Medina, después de la Hégira (622) cuando Mahoma
fundó históricamente la primera comunidad islámica.

Teóricamente, la jefatura de la Umma corresponde a Dios, cuyo representante o vicario


es el Profeta o su sucesor. Se constituye así la Umma en una comunidad politico-
religioso-jurídica, y se instaura el Corán como Ley suprema sobre la costumbre tribal.
Cuando se plantee a la comunidad un problema cuya solución no está en el Corán, se
puede recurrir a los hadices del Profeta, esto es, dichos, sermones o proverbios
inspirados por Alá. Mahoma, en efecto, es el ejemplo vivo del Corán, y existe entre los
musulmanes lo que podríamos llamar una "Imitatio Muhammadis". El conjunto de lo
hadices conforma la sunna o "tradición". El problema de la autenticidad de los hadices
llevó a la elaboración de una verdadera ciencia de la crítica que floreció entre los siglos
XIII y XIV, pero recurriendo a colecciones elaboradas más tempranamente por
tratadistas como al-Bukhari (810-870) o Muslim ibn al-Hajjaj (817-875), entre otros. La
crítica del hadith analiza el Isnad o "cadenas de transmisores" y el maten, es decir, el
"mensaje" propiamente tal.

El Corán y la Sunna, pues, son las fuentes de la ley (shari'a); a partir de ambos los
juristas musulmanes establecen y estudian la jurisprudencia (fikh), recurriendo al
consenso o a la deducción analógica, según la época, lugar de procedencia o escuela
teológica en la cual se inscriba el estudioso del derecho. El buen musulmán debe
observar escrupulosamente las reglas del fikh, partiendo por lo que se conoce como "los
pilares de la fe" (arkan al-islam), los deberes respecto a Dios, que expresan lo más
propio del Islam, esto es, la fe y la sumisión completa a su voluntad. Los pilares
corresponden a las prescripciones de culto (ibadat), y son: la shahada, "testimonio", o
profesión de Fe; la salat, u oración ritual; el zakat o limosna legal; el sawn, ayuno del
Mes de Ramadán; y el hadjdj, la peregrinación a La Meca, que se debe hacer al menos
una vez en la vida, y siempre que no haya impedimento justificado. Algunos juristas
musulmanes incluyen el jihad entre los pilares del islam; más adelante volveremos
sobre este concepto, central para nuestro análisis.
b. De La Meca a Medina

La religión de Mahoma provocó el más vivo rechazo y oposición de los mercaderes


mequíes, ya que amenazaba la peregrinación a La Meca, que también era una "feria".
En ese entonces, las instituciones religiosas y comerciales estaban controladas por la
tribu de los Quraysíes. Habiéndose tornado insostenible su situación, Mahoma y sus
compañeros se retiraron a la ciudad de Yatrib en el año 622, fecha de la Héjira, el año 1
de la era musulmana. Desde entonces, Yatrib pasará a llamarse Madinat al-Nabi, la
Ciudad del Profeta, o simplemente Medina.

Allí se formó la primera Comunidad Islámica, la primera Umma, a partir de la llamada


"Constitución del Año 1" o "Pacto", por el cual todos -judíos y árabes que se
encontraban hasta entonces sumidos diputas internas- se sometieron a la autoridad de
Mahoma, quien asume, así, funciones propias de un Juez, de un general y de un
gobernante, además de ser el líder religioso y el guía espiritual. De este modo, quedaron
indisolublemente ligadas las esferas civil y religiosa.

Con la expulsión de los judíos en 625, Medina se transformó en una comunidad


islámica homogénea, una umma hegemónica y combatiente. Este momento marca el fin
de una época, la de la predicación, y el comienzo de otra, la de la práctica.

c. Guerra y Jihad.

En este ambiente, la guerra adquiere nuevo sentido, se "totaliza", transitándose desde la


antigua razzia, necesaria por las exigencias materiales de la nueva comunidad, a una
guerra "total", dado su carácter religioso. La experiencia militar del profeta será clave
para su prestigio en Arabia y, por tanto, para conseguir nuevas adhesiones.

Sería, justamente, en el período medinés cuando el Profeta habría recibido las primeras
revelaciones que hacen lícita la guerra en defensa de la fe, lo que dice relación con la
precaria condición de la naciente comunidad islámica. Muchos autores han visto en la
Batalla de Badr (624) el inicio del primer jihad; en efecto, tal batalla fue el gran
acontecimiento de la primera comunidad musulmana, y se entiende como una
continuación de la ghazawat o razzia que, dadas las circunstancias, se transforma en la
primera victoria contra los infieles, con la intervención de ángeles enviados por Dios;
así, el ataque contra una caravana de La Meca, se transforma en una guerra de los fieles
contra los infieles, en la cual triunfaron los primeros gracias a una intervención divina.
También la conquista de La Meca en el año 630 se verá revestida de un aspecto
religioso. Para algunos las guerras del Profeta son las únicas y verdaderas "guerras
santas" del islam.

La doctrina de la guerra se nutre del Corán y la Sunna, donde se exhorta al combate


contra el infiel; se trata de un problema complejo, que obliga a tener en cuenta también
la realidad histórica, fundamentalmente las etapas coránica y de las primeras conquistas,
cuando realmente se elabora una idea de la guerra en relación al infiel. Existen en
lengua árabe distintas palabras para referirse a la guerra, como las que se forman a partir
de la raíz triconsonántica q.t.l., "combatir, matar", o g.z.w. que involucra la idea de
"razzia, atacar", o la raíz h.r.b., la más corriente para referirse a la "guerra". El concepto
de jihad, corresponde a otro ámbito semántico, y su codificación se dio en los dos
primeros siglos de la historia islámica, marcada por tanto por la experiencia de la
conquista.

Es preciso desmitificar aquella idea según la cual la "guerra santa" cristiana tiene su
origen en el jihad musulmán, esto es, que los cristianos elaboran una idea de "guerra
santa" cuando se sienten amenazados por los musulmanes, especialmente en la
Península Ibérica. Tampoco es acertado señalar lo contrario, es decir, que en el Mundo
Islámico se concibe el jihad como respuesta a la amenaza de las Cruzadas; es cierto que
en el siglo XII se avivan los sentimientos religiosos respecto de la guerra, pero las raíces
del jihad son mucho más profundas y complejas.

El término jihad se forma a partir de la raíz árabe j.h.d, y significa "esfuerzo",


sobreentendiéndose que es "en la vía de Alá". Se trata del combate por el triunfo de la
fe, un esfuerzo físico y moral del creyente, conteniendo la idea de "hacer lo posible,
esfuerzo dirigido a un fin preciso y difícilmente accesible, con valor de prueba y
sufrimiento". Se entiende como una acción piadosa que trae nuevos adeptos al Islam y,
según algunos tratadistas, como un deber colectivo de defender y expandir el islam.
Dicho esfuerzo se puede llevar a cabo por la palabra, es decir, la predicación; también
por el pensamiento, abarcando la lucha contra sí mismo y el demonio; y también por
acciones contra los infieles y, en ese caso, puede incluir la guerra. Dice un hadith:

"El hombre combate por el botín; el hombre combate por la gloria; el


hombre lucha por demostrar la superioridad de su temple; ¿quién es el
que combate en el camino de Alá? El que combate para que sea exaltada
su palabra, ése está en el camino de Alá" (Al-'aïnî, 6557)

Por otra parte, algunos teóricos, especialmente pertenecientes al sufismo, intentaron


definir el jihad como un combate estrictamente interior, espiritual, contra las pasiones,
para llegar a un estado de contemplación mística. Se distinguió así un jihad mayor,
espiritual, de otro menor, que dice relación con la guerra. Esta noción se apoya en el
siguiente hadit, proclamado presumiblemente por Mahoma al regresar de una batalla:

"He aquí que volvemos del jihad menor. Nos queda entregarnos al jihad
mayor, el de las almas".

Quien combate en la vía de Alá es el muyahid, "el que se esfuerza", "el combatiente" (en
la vía de Alá), y si muere en esta acción, se transforma en un shahid, "testigo", "mártir",
ya que la muerte en el combate borra las faltas y abre las puertas del paraíso, según un
conocido hadit:

"El Paraíso está bajo el relámpago de los sables".

El jihad (menor) se entiende dentro de una concepción universalista que divide el


mundo en dos: dar al-islam, la casa del islam, esto es, el mundo de los creyentes,
quienes están sometidos a la autoridad y la ley islámicas, y dar al-harb, la casa de la
guerra, que incluye a los Pueblos del Libro y a los infieles (kafir, pl. kuffar), los cuales
deben someterse a la autoridad islámica, convertirse o morir, según sea el caso. Así, el
jihad islámico se entiende sólo desde una perspectiva universalista y misional, por
cuanto intenta convertir el mundo a la fe islámica (a diferencia de la Cruzada cristiana,
que no intenta convertir al infiel, sino expulsarlo de territorios injustamente
arrebatados). James Turner Johnson afirma que la concepción islámica de la guerra dice
relación con la integración a un orden político y religioso que se encuentran
confundidos, en contraste con la concepción occidental de la separación de las esferas
de lo temporal y espiritual. Fue después de la Hégira, en Medina, cuando se fundó esta
concepción teopolítica, al transformarse Mahoma en el líder religioso, político y militar,
como señalamos líneas atrás.

De allí, pues, que el jihad, como "guerra santa" adquiera un carácter más total y
absoluto. Por cierto que la aplicación del concepto corresponde a un uso post-coránico,
más bien tardío en relación con los juristas clásicos. Mair Ali, desafía a cualquier
intelectual -en una página web- a encontrar en el Corán o en los hadices, la palabra
jihad significando "guerra santa", expresión que en árabe se traduciría como al-harbu
al-muqaddasatu. El problema, pues, y sólo en el ámbito conceptual es muy complejo al
referirse a la realidad islámica respecto de la guerra. No obstante, debemos aceptar el
hecho de que la palabra jihad ha sido la que ha gozado de mayor recepción en el público
-erudito o no- para describir lo que denominamos una "guerra santa" musulmana.

Usando la palabra jihad (menor), entonces, en un sentido restringido -y aceptando que


podría ser inexacto- como sinónimo de "guerra santa", ya se puede afirmar que,
efectivamente, se justificaría asimilar uno y otro término por cuanto también se
incorpora en el islam la noción de martirio, de recompensa celeste.

d. Recapitulación final.

Si aceptamos que una "guerra santa" se define por el martirio, y que en Occidente la
encontramos ya en el s. IX, es evidente que su origen es independiente del jihad, y que
la "guerra santa" del siglo XI en adelante, sea en España o en el Cercano Oriente, no es
una reacción frente al Islam, sino la culminación de un largo proceso que involucra las
nociones de guerra justa y guerra "de religión". Las relaciones entre jihad y "guerra
santa" hay que buscarlas en profundas raíces semíticas, que en el caso cristiano
corresponden al Antiguo Testamento, mientras que en el caso musulmán, además, están
muy vivas y cercanas, adaptándose al espíritu de conquista universal que busca una
conversión y dominación también universales.

El jihad musulmán, entendido como "el esfuerzo en el camino de Alá", puede llegar a
constituirse en una "guerra santa", y comparte así ciertos elementos con el cristianismo,
pero tiene un origen diferente, influido por la experiencia semítica hebrea y árabe
preislámica. Se funda, desde el origen del Islam, en una concepción misional y
universal de la fe, cuyos fundamentos se encuentran en el Corán, los hadices y la
jurisprudencia islámica.
Después de recorrer el Imperio de un extremo a otro, los visigodos firmaron un
foedus con Roma, instalándose en Aquitania, donde se formó el primer reino
germánico en suelo imperial: el Reino Visigodo de Tolosa (418-507). Los éxitos
militares de los primeros reyes –que combatían a otros bárbaros en nombre de
Roma- fueron acrecentando su prestigio y consolidando su poder, mientras el
Imperio declinaba irremediablemente. Con Eurico (466-484) el reino llegó a su
apogeo; no sólo de su época data la expansión hacia la Tarraconense sino, más
relevante aún, comenzó una labor legislativa, en latín, que, teniendo su punto de
partida en el llamado Código de Eurico (c.476), se prolongó a través de toda la
historia visigoda, culminando en la promulgación del Liber Iudicum o Fuero Juzgo
en el siglo VII, base de la legislación hispánica. Los visigodos, así, asumieron el
legado jurídico de la Roma del Bajo Imperio, creando un derecho con
personalidad y rasgos propios, tanto por su contenido como por su construcción. El
reino de Tolosa significó estabilidad en la sucesión real basada en el principio
hereditario, la existencia de una corte real fastuosa, sedentarización definitiva y
profundización en el proceso de romanización. El año 507, con el desastre de
Vouillé, marcó el fin de la etapa tolosana y el comienzo de la toledana.

Instalada la corte en Toledo, y después de un período de asentamiento y


organización, el reino habría de conocer períodos de grandeza, pero tras lo cual se
ocultaban los gérmenes de su propia disolución. Con Atanagildo (555-568), que se
hizo con el poder usurpándolo –llamando en su apoyo a los bizantinos, que habrían
de quedarse hasta el 625 en el sur y levante de la Península- nace una tímida
conciencia de unidad, expresada en la centralización del poder como contrapeso
frente a los particularismos y divisiones del reino. Leovigildo (568-586) buscó
incansablemente la unidad fortaleciendo la monarquía, anexando al Reino Suevo
(585), restándole presencia a los bizantinos y, por otra parte, intentando superar
las divisiones entre católicos hispanorromanos y godos arrianos, procurando
transformar la doctrina de Arrio en religión oficial, política que resultó un
completo fracaso. La rebelión de su hijo Hermenegildo no hizo sino agravar la
situación. Su otro hijo, Recaredo (586-601), recogió la experiencia de sus
antecesores y, en el III Concilio de Toledo (589), proclamó su conversión al
catolicismo. Habiendo vencido una mínima resistencia arriana, el reino todo se
convirtió siguiendo a su rey. A partir de entonces, los concilios toledanos se
transformaron en una institución esencial del reino, prácticamente una asamblea
constituyente, llegándose a convocar, después del 589, otros quince concilios hasta
el año 704. Se había llegado, así, a la fórmula "un rey, un pueblo, una religión", lo
que podríamos denominar como un "estado confesional", con una fuerte
compenetración entre la monarquía y la iglesia. Aparte de temas de incumbencia
política, los concilios trataban materias propiamente eclesiásticas; por ejemplo, en
el III Concilio se estableció una reforma al Credo (el filioque) que, aceptado más
tarde por la Iglesia de Roma, habría de provocar serios problemas con Bizancio.
Famoso es también el IV Concilio (633) que estableció el principio de la elección
del rey, mecanismo que debe entenderse como ultima ratio y orientado a terminar
con las usurpaciones del trono y el asesinato de los reyes; es por ello que durante
mucho tiempo pareció ser "letra muerta". De hecho, la única elección canónica
que conocemos fue la de Wamba (672-680); pero es indudable que a la Iglesia le
cupo un rol destacado en la moralización de la Monarquía.

El IV Concilio fue presidido por una de las personalidades más notables de la


época: San Isidoro de Sevilla (c.560-636). Prolífico escritor, una de sus obras más
conocida es una enciclopedia ordenada por temas, las Etimologías, el libro más
copiado en la Edad Media después de la Biblia, lo que nos habla ya del importante
legado cultural visigodo. El Hispalense escribió además opúsculos dogmáticos,
interesantes epístolas, y fue el primer gran historiador de los visigodos. Su historia
de los godos se abre con una loa a Hispania en la cual se identifica nítidamente y
por vez primera al pueblo godo con la Península Ibérica: pueblo y territorio,
verdadera noción de patriotismo hispanovisigodo.

En la segunda mitad del siglo VII el reino se vio enfrentado a problemas de índole
religiosa, particularismos regionales, un proceso de protofeudalización que
promovió lealtades personales y no institucionales, catástrofes naturales hacia el
fin de la centuria y comienzos de la siguiente que afectaron las cosechas, y los
permanentes problemas de sucesión, todo lo cual nos lleva a considerar que la
unidad completa del reino fue más bien una aspiración que una sólida conquista.
Así, cuando los musulmanes llegan a la Península (711), no encuentran gran
resistencia y, en pocos años, se hacen con el poder . Muchos visigodos huyeron
hacia el norte, donde se formarán los primeros reinos hispánicos (Asturias, León);
otros, llegaron incluso al Reino Franco, donde encontraron acogida y un suelo
fértil para que su acervo cultural diera allí sus frutos.

El legado visigodo en el arte y la arquitectura es difícil de evaluar, puesto que la


mayor parte de sus monumentos fueron destruidos. Sin embargo, algunos edificios
preservados en el norte peninsular nos hablan de una cierta originalidad
arquitectónica –es el prerrománico-, destacándose el uso del arco de herradura,
que se hará tan conocido en la arquitectura hispanoárabe. En el plano intelectual,
ya hemos señalado la importancia de la Era Isidoriana. Por otra parte, la unción
de los reyes fue una costumbre que se inició en el año 672 con el rey Wamba,
ceremonia que se transmitió después a otras monarquías europeas. En el plano
jurídico, el derecho visigodo se vio proyectado en la obra legislativa de Alfonso X el
Sabio, en sus Siete Partidas que datan del siglo XIII. Pero fue tal vez la noción de
unidad peninsular (religiosa, jurídica, política, territorial) su legado más profundo,
y aunque nunca la lograron cabalmente, la dejaron como una rica herencia
histórica, una aspiración que se verá renacer más tarde en el Reino de Asturias.

El Reino Franco tiene a su haber el mérito de haber formado una entidad política
y cultural que, hundiendo sus raíces en los siglos V y VI, se proyecta
históricamente hasta hoy en Francia. Su fundador fue Clodoveo (Clovis, Luis;
Clodwig, Ludwig), de quien traza un cuadro elocuente –aunque plagado de
retórica- Gregorio de Tours (538-595), el primer historiador de los francos.
Clodoveo (481-511), de la dinastía merovingia, tras una serie de campañas
militares, logró unificar el reino –casi el mismo territorio de la Francia histórica- y
fundar sólidamente su poder. El hecho más notorio fue su conversión al catolicismo
–y con él la de todo su pueblo-, en una fecha cercana al año 496 ó 500, fundándose
así la primera monarquía germana católica, sin mediar una etapa arriana. Este rey
era violento e inescrupuloso –nada raro en la época-, pero con un claro sentido
político, logrando unificar las Galias del norte y del sur, una más urbanizada y
romanizada que la otra, más germánica y rural, y además, por su conversión,
comenzaron a estrecharse los lazos con la Roma Pontifical, cuestión clave para el
futuro del reino y de Occidente. A su muerte, y siguiendo una costumbre ancestral,
Clodoveo dividió el reino entre sus cuatro hijos, comenzando una oscura etapa
marcada por las guerras de sucesión. No obstante, en algunos momentos el reino
logró reunificarse, demostración patente de que su obra logró proyectarse en el
tiempo.

La dinastía merovingia gobernó hasta mediados del siglo VIII; empero, desde
mucho antes se había debilitado ostensiblemente. Dagoberto I (629-639) marca el
punto más alto –o tal vez el menos bajo, como dijera un conspicuo historiador
francés- de la época merovingia. Fue éste, tal vez, el último rey que ejerció
efectivamente el poder personal; en su época el reino pudo gozar de un período de
paz y estabilidad que los biógrafos del rey –monjes de la abadía de Saint Denis- se
encargaron de exaltar. Además, fue una época de bonanza climática y buenas
cosechas, a diferencia de los años que le precedieron.

Durante los siglo VII y VIII dos situaciones marcan profundamente al reino: el
paulatino declinar de los merovingios y el ascenso de los pipínidas, más tarde
conocidos como carolingios. La realeza merovingia se debilitó económica y
políticamente, mientras que, a partir del fundamento de las clientelas
galorromanas y del comitatus germánico, se iba avanzando hacia una sociedad de
características feudales en la que los protagonistas son los grandes señores de la
aristocracia terrateniente, que van concentrando las fidelidades y el servicio
militar antes debidos al soberano. Los reyes merovingios terminaron ostentando
un poder prácticamente nominal con limitadas funciones: convocar al ejército,
presidir la asamblea anual, atender las súplicas de los súbditos o firmar
documentos reales. El resto de la administración del reino descansaba en manos
del Mayordomo de Palacio, una suerte de "Primer Ministro". Así, los reyes
merovingios pasarán a la historia como los "reyes holgazanes" o "rois fainéants",
los reyes que no hacen nada, imagen explotada después por los carolingios. El
ascenso de los Mayordomos de Palacio –hombres poderosos frente a una
monarquía debilitada- constituye uno de los fenómenos esenciales y decisivos de las
instituciones merovingias.

Ya en época de Dagoberto I encontramos a Pipino de Landen, piedra fundante de


una verdadera dinastía de Mayordomos de Palacio, cargo que, efectivamente,
quedó arraigado en la familia pipínida. Carlos Martel (714-741) heredó el cargo de
Pipino de Heristal, hábil político que con sus campañas militares ganó prestigio
entre los francos y que supo además ganarse el apoyo espiritual de la Iglesia, cosa
nada despreciable en aquel entonces. Carlos Martel pasó a la historia por haber
detenido el avance musulmán en Poitiers el año 732, célebre batalla que hizo del
Mayordomo el "príncipe" más poderoso de un Occidente que, enfrentado al Islam,
manifiesta ya una incipiente conciencia de su propia unidad "europea".

A Carlos Martel le sucedieron sus hijos Pipino y Carlomán, retirándose éste último
a un monasterio en el año 747 y dejando las riendas del reino en manos de su
hermano. Pipino el Breve (741/747-768), fue elevado al trono en el año 751,
marcando el fin de la dinastía merovingia, cuyo último rey, Childerico III, fue
confinado en un monasterio. En 750 los francos enviaron una embajada al Papa
Zacarías (741-752) para consultarle acerca del problema que les afectaba: había
reyes que sólo tenían el nombre de tales, pero otros gobernaban. Zacarías
respondió que debe ser rey quien ejerce el poder, pues de otro modo se perturba el
orden que debe reinar por mandato divino en el mundo, según los principios
agustinianos. Así, con un fundamento teórico y jurídico emanado de la autoridad
pontificia, Pipino fue proclamado y ungido como rey de los francos. La unción
regia –que ya se conocía entre los visigodos- le otorgó un principio de legitimidad
nueva: la sacralidad del rey –del cargo se entiende-, y especialmente de uno que no
podía reclamar legitimidad dinástica, que sí tenían los merovingios, lo que explica
que se hayan mantenido en el poder tanto tiempo, aun sin gobernar. En 754,
agobiado por sus problemas con los lombardos y necesitado de un brazo secular
que lo defendiera, el Papa Esteban II (752-757) se encaminó al Reino Franco,
donde confirmó la unción de Pipino, al tiempo que ungió también, como rey y
patricio, a cada uno de sus hijos, uno de los cuales era Carlomagno (768-814),
futuro emperador. Así, la legitimidad alcanzaba ahora a todo el linaje: una nueva
dinastía había sido consagrada. Quedaba sellada una alianza definitiva entre
Roma y los francos, cuyos reyes constituían el único poder firmemente asentado en
Occidente, cerrándose de tal manera un proceso que había comenzado en la
segunda mitad del siglo VII y que, según Pirenne, marca el fin de la Antigüedad.